Le­vá­ba­mos diez mil años sien­do ami­gos. Te­nía­mos un pac­to. Los perros nos ayu­da­ban a ca­zar, nos pro­te­gían de otros de­pre­da­do­res, cui­da­ban de nues­tros re­ba­ños y ju­ga­ban con nues­tros hi­jos... A cam­bio, te­nían un te­cho, un lu­gar jun­to al fue­go y una par­te de

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Conocer Veterinaria -

pe­ro eso no es lo mis­mo que que­rer­los. Los sie­te mi­llo­nes y me­dio de perros re­gis­tra­dos (con mi­cro­chip) en Es­pa­ña son los re­yes de la ca­sa en cin­co mi­llo­nes de ho­ga­res. Has­ta que de­jan de ser­lo... Se aban­do­na a unos 137.000 ca­da año. Pe­ro aban­do­nar­los no es la úni­ca 'pe­rre­ría' (o más bien ha­bría que de­cir 'hu­ma­na­da') que les ha­ce­mos. Es­ta­mos con­vir­tien­do a los perros en en­fer­mos cró­ni­cos. Un ca­so pa­ra­dig­má­ti­co es el del bull­dog in­glés. Los cru­ces se­lec­ti­vos los han he­cho ca­da vez más ca­be­zo­nes; con el mo­rro más cha­to y los ojos más desor­bi­ta­dos. Nos ha­cen gra­cia por­que los he­mos ca­ri­ca­tu­ri­za­do. Y nos re­sul­tan irre­sis­ti­bles con ese as­pec­to tan sim­pá­ti­co. Pe­ro sus ho­ci­cos no son idó­neos pa­ra res­pi­rar. Tie­nen la trá­quea muy es­tre­cha. Los dien­tes y la len­gua ape­nas les ca­ben en la bo­ca. El pa­la­dar es­tá hen­di­do y, cuan­do son ama­man­ta­dos, la le­che va a los pul­mo­nes y mue­ren va­rios en ca­da ca­ma­da. Las arru­gas del mo­rro, en fin, acu­mu­lan ba­ba y mi­cro­bios; y les pro­vo­can in­fec­cio­nes. No eran así ha­ce so­lo unas dé­ca­das. Y lo peor es­tá por ve­nir. In­ves­ti­ga­do­res de la Uni­ver­si­dad de Ca­li­for­nia han cons­ta­ta­do que su ge­no­ma ya no tie­ne diversidad su­fi­cien­te co­mo pa­ra ali­viar sus pro­ble­mas de sa­lud. Los cria­do­res han in­tro­du­ci­do tan­tas mu­ta­cio­nes en aras de un ideal es­té­ti­co per­ver­so, y tan da­ñi­nas, que qui­zá ya no hay vuel­ta atrás. AN­TI­GUOS PAS­TO­RES An­tes, ca­da ra­za te­nía una fun­ción es­pe­cí­fi­ca: pas­to­res, ca­za­do­res, de­fen­so­res... Los in­ves­ti­ga­do­res con­si­de­ran que los perros tam­bién fue­ron decisivos pa­ra nues­tra evo­lu­ción. Era un to­ma y da­ca. La re­vo­lu­ción ga­na­de­ra y el se­den­ta­ris­mo no hu­bie­ran si­do po­si­bles sin ellos. Y son los más en­tu­sias­tas de­fen­so­res de la pro­pie­dad pri­va­da. «El ser hu­mano do­mes­ti­có al pe­rro, pe­ro el pe­rro tam­bién do­mes­ti­có al ser hu­mano», re­su­me el an­tro­pó­lo­go Co­lin Gro­ves en la re­vis­ta Der Spie­gel. Pe­ro hoy su fun­ción es ha­cer­nos com­pa­ñía, mo­les­tar lo me­nos po­si­ble y, con de­ma­sia­da fre­cuen­cia, que po­da­mos pre­su­mir de ellos. An­tes te­nían un ofi­cio, hoy tie­nen un va­lor or­na­men­tal. Nues­tros perros se pa­san la vi­da El ca­va-poo-chon –cru­ce de ca­va­lier, ca­ni­che y bi­chón– se ha crea­do con un fin: te­ner siem­pre as­pec­to de ca­cho­rro. Es lon­ge­vo e hi­poa­ler­gé­ni­co. Un pe­lu­che de ca­rác­ter ado­ra­ble.

La úl­ti­ma mo­da es la crian­za de perros pa­si­vos, sin tem­pe­ra­men­to ni im­pul­si­vi­dad

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