A NUES­TRO HI­JO RE­CIÉN NA­CI­DO

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Portada -

for­ma de tré­bol', don­de los ojos es­tán si­tua­dos fue­ra de las ca­vi­da­des or­bi­ta­rias. La bra­qui­dac­ti­lia es la fu­sión de los hue­sos en las ma­nos y pies, que ad­quie­ren un as­pec­to pal­mea­do o si­mi­lar al de unas ga­rras. La atre­sia anal es la au­sen­cia del ano, sin­to­má­ti­ca de ano­ma­lías po­ten­cial­men­te mor­ta­les. To­do es­to lo apren­dí des­pués. En aquel pri­mer mo­men­to no po­día en­ten­der qué era lo que es­ta­ba vien­do. 'Han vuel­to a lle­vár­se­lo al qui­ró­fano', me di­jo Prin­ce unas ho­ras des­pués. Le ha­bían co­si­do los ojos pa­ra ce­rrár­se­los. Lo ha­bían en­tu­ba­do. Le ha­bían apli­ca­do ven­ti­la­ción. Es­ta­ban ha­cién­do­le un 'no­se­qué' ex­plo­ra­to­rio... Re­sul­ta­ba im­po­si­ble asu­mir to­do aque­llo. Dos días más tar­de, mi ma­ri­do se mar­chó un ra­to a ca­sa pa­ra du­char­se y asear­se. Du­ran­te su au­sen­cia, hi­ce que me lle­va­ran en si­lla de ruedas a ver a mi hi­jo. Su piel era in­creí­ble­men­te sua­ve. Te­nía pe­ga­das las ar­ti­cu­la­cio­nes de los de­di­tos, por lo que era in­ca­paz de aga­rrar mi pro­pio de­do, pe­ro se las arre­gló pa­ra do­blar su mano di­mi­nu­ta en torno al can­to de la mía, afe­rrán­do­se a ella con to­das sus fuer­zas. Mi ma­ri­do vol­vió. Te­mí que se en­fu­re­cie­ra, pe­ro no fue el ca­so. Se sen­tó en el sue­lo, con el cuer­po apo­ya­do en mi ro­di­lla y se pu­so a su­su­rrar y can­tu­rrear­le co­sas a Amiir. Así se­gui­mos du­ran­te ho­ras se­gui­das. Hu­bo más in­ter­ven­cio­nes. Prin­ce se ne­gó a que nues­tro hi­jo es­tu­vie­ra a so­las en el qui­ró­fano. Ca­da día sur­gía una nueva com­pli­ca­ción. Al ca­bo de seis días te­nía problemas pa­ra res­pi­rar. Pre­gun­té al mé­di­co: 'No va a sa­lir de es­ta, ¿ver­dad?'. Evi­tó res­pon­der y pa­só a ha­blar de medidas más in­va­si­vas, en­tre ellas una tra­queo­to­mía. Yo ca­da vez es­ta­ba más his­té­ri­ca. '¡Lo que es­tán ha­cien­do es tor­tu­rar­lo! ¡Mi hi­jo no pue­de vi­vir así!'. Mi ma­ri­do me lle­vó a un cuar­to con­ti­guo e hi­zo lo po­si­ble por cal­mar­me. Nos abra­za­mos con fuer­za y nos pu­si­mos de acuer­do. 'Si lo des­co­nec­tan de esa má­qui­na y pue­de res­pi­rar, se­gui­re­mos lu­chan­do. Si no es ca­paz de vi­vir sin la má­qui­na... qui­zá es me­jor que no es­té aquí'. Vol­vi­mos y ha­bla­mos con los mé­di­cos. Tra­ta­ron de re­con­for­tar­nos y vi­nie­ron a de­cir­nos que ha­bía­mos to­ma­do la me­jor de­ci­sión po­si­ble. Qui­zá, pe­ro no nos sen­ti­mos me­jor. Fir­ma­mos unos pa­pe­les y acor­da­mos a qué ho­ra le qui­ta­rían el so­por­te vi­tal. Me en­via­ron a ca­sa. Los anal­gé­si­cos y el Va­lium hi­cie­ron su efec­to, y me su­mí en un sue­ño os­cu­ro. Al des­per­tar, oí el tim­bre de un te­lé­fono. Mi ma­ri­do vino y di­jo: 'Ya es­tá he­cho. Le han re­ti­ra­do los tu­bos'. '¿Có­mo? ¡No! ¡Se su­po­nía que yo iba a es­tar a su la­do!'. 'No sa­bía si ibas a po­der re­sis­tir­lo'. El te­lé­fono vol­vió a so­nar. Prin­ce res­pon­dió. Col­gó y di­jo: 'Se ha ido pa­ra siem­pre'. Pa­sa­mos ca­si to­do el día si­guien­te abra­za­dos, llo­ran­do.

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