"Karl Marx le hi­zo un hi­jo a su cria­da y se lo en­do­só a En­gels"

Juan Es­la­va Ga­lán Ar­jo­na (Jaén), 1948. Soy ca­te­drá­ti­co de In­glés, pe­ro la His­to­ria es mi pa­sión. He tra­ba­ja­do en la en­se­ñan­za 30 años y pu­bli­ca­do 90 li­bros. El úl­ti­mo: 'La Re­vo­lu­ción ru­sa con­ta­da pa­ra es­cép­ti­cos' (Pla­ne­ta).

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Ella&él -

Xl­se­ma­nal. Es un en­sa­yo ri­gu­ro­so y se lee co­mo una no­ve­la. ¿Se ha di­ver­ti­do? Juan Es­la­va Ga­lán. Pues sí; la Re­vo­lu­ción ru­sa tie­ne mu­chos ele­men­tos no­ve­lís­ti­cos y ha­bía que sa­car­les pun­ta. Me reía de mis pro­pias ocu­rren­cias. XL. Si el zar Ni­co­lás II no hu­bie­ra si­do tan inep­to, ¿se hu­bie­ra evi­ta­do la re­vo­lu­ción? J.E.G. Muy di­fí­cil. Qui­zá po­dría ha­ber­se es­ca­pa­do vi­vo con su fa­mi­lia, aun­que su ase­si­na­to fue una orden di­rec­ta de Le­nin. XL. La Re­vo­lu­ción ru­sa pa­re­ce una his­to­ria de ma­los, ¿no sal­va a na­die?

J.E.G. No hay buenos y ma­los: to­dos son lo que son, ca­da uno abu­sa en su pa­pel: el cam­pe­sino, en cuan­to co­gió el fu­sil, so­lo qui­so ase­si­nar sin re­mor­di­mien­tos. XL. Cuen­ta que Marx, ca­sa­do con una ba­ro­ne­sa ri­ca, le hi­zo un hi­jo a su cria­da. J.E.G. Y se lo en­do­só a En­gels, que era la bue­na per­so­na que te­nía más a mano. XL. Y que Marx nun­ca pi­só Ru­sia. J.E.G. ¡Nun­ca! Pen­sa­ba que era el úl­ti­mo país don­de po­día triun­far el co­mu­nis­mo. Es­cri­bió El ca­pi­tal en Lon­dres pa­ra los obre­ros in­gle­ses. Si le­van­ta­ra la ca­be­za...

XL. Ha­bla del ‘pro­fe­ta’ Marx… J.E.G. Por­que el co­mu­nis­mo es una re­li­gión y sus cre­yen­tes siem­pre se­rán cre­yen­tes, lo que pa­sa es que, des­pués de la caí­da del Mu­ro, se les van mu­rien­do. XL. Que­da Cuba, Co­rea, Chi­na… J.E.G. ¿Chi­na?: ya na­da. Es ca­pi­ta­lis­ta, pe­ro les da ver­güen­za re­co­no­cer­lo. XL. ¿Có­mo ve el dis­cur­so de Pa­blo Igle­sias? J.E.G. Si ras­cas un po­co, tras él hay un au­tó­cra­ta, lo mis­mo que Le­nin: «O es­tás de acuer­do con­mi­go o es­tás con­tra mí». Ya se ha ca­brea­do con los pe­rio­dis­tas. XL. ¿Le ha man­da­do es­te li­bro? J.E.G. No se me ha ocu­rri­do, pe­ro du­do que lea al­go; de­di­ca mu­cho tiem­po a las Eva Braun que se bus­ca [ríe]. XL. Ha di­cho: «Ad­mi­tir mu­sul­ma­nes en Eu­ro­pa es un sui­ci­dio». J.E.G. Sí; an­tes de ser ad­mi­ti­dos ten­drían que ju­rar la De­cla­ra­ción de De­re­chos Hu­ma­nos: si­ne qua non, no en­tran aquí. XL. ¿A Trump le ha­ría ju­rar al­go? J.E.G. Con­tar has­ta cien an­tes de ha­blar. XL. Di­jo que a Za­pa­te­ro le fal­ta­ba un her­vor: ¿al­gún con­se­jo a sus su­ce­so­res? J.E.G. Sán­chez de­bía es­tar ya en su ca­sa. Lo eli­gie­ron por gua­pe­ras y per­dió. Des­pués de Za­pa­te­ro te­nían que ha­ber de­ja­do de pro­po­ner a tíos gua­pos [ríe]. XL. Por cier­to, ¿es ver­dad que es­cri­bió un best se­ller y lo fir­mó con pseu­dó­ni­mo pa­ra no de­cep­cio­nar a sus lec­to­res? J.E.G. Y ven­dió tres ve­ces más que yo, y la edi­to­rial me pe­día más li­bros de esos; es una de mis ma­yo­res hu­mi­lla­cio­nes. Pe­ro Pé­rez-re­ver­te di­jo que era yo y no es­cri­bí más su­per­ven­tas [ríe].

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