En pri­mer plano.

Eso le co­mu­ni­có la doc­to­ra que aten­día a Jonathan Koch, pro­duc­tor de se­ries tan exi­to­sas co­mo 'O. J. Sim­pson'. El mag­na­te de la te­le­vi­sión so­bre­vi­vió. Pe­ro la gan­gre­na de­vo­ró sus ex­tre­mi­da­des. Un ci­ru­jano pio­ne­ro lo eli­gió pa­ra efec­tuar un re­vo­lu­cio­na­rio

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR AMY WA­LLA­CE / FO­TO­GRA­FÍA: MI­CHAEL LE­WIS

Una ex­tra­ña en­fer­me­dad de­vo­ra­ba las ex­tre­mi­da­des de Jonathan Koch, uno de los pro­duc­to­res más exi­to­sos de Holly­wood. Un ci­ru­jano le ha de­vuel­to más que una mano con un re­vo­lu­cio­na­rio tras­plan­te.

ES UNA MANO HER­MO­SA, FUER­TE, con los de­dos del­ga­dos y la piel sua­ve. Nun­ca sos­pe­cha­rías que fue an­tes de otra per­so­na. La ci­ca­triz ape­nas es vi­si­ble. En el in­te­rior del an­te­bra­zo sí se ve una gran mar­ca en for­ma de 'Y'. La ci­ca­triz im­pre­sio­na y ha­bla de la gran des­tre­za téc­ni­ca que es­tá de­trás de un mi­la­gro de la me­di­ci­na. Ha­ce dos años, Koch era uno de los pe­ces gor­dos de Holly­wood, uno de los re­yes de la crea­ción de con­te­ni­dos. Tam­bién era un ob­se­so del ejer­ci­cio. Me­día 1,85, pesaba 95 ki­los, te­nía 49 años. Jonathan Koch no be­bía ni fu­ma­ba. Su no­via, Jen­ni­fer, y él so­lían acos­tar­se so­bre las nue­ve de la no­che. Su es­ta­do car­dio­vas­cu­lar era pro­pio de un de­por­tis­ta de éli­te. El lu­nes 26 de enero de 2015 te­nía pre­vis­to em­bar­car­se en el pri­mer vue­lo pa­ra Los Án­ge­les. Pe­ro esa ma­ña­na se sin­tió fa­tal. No fue al ae­ro­puer­to. Se di­ri­gió al hos­pi­tal, don­de su mé­di­co –quien no en­con­tró la cau­sa de su ma­les­tar– le pu­so una in­yec­ción de mor­fi­na y le di­jo que po­día mar­char­se. Dro­ga­do de mor­fi­na, Koch se pre­sen­tó en Was­hing­ton. A la ma­ña­na si­guien­te fue a la pri­me­ra de sus reunio­nes. Pe­ro em­pe­zó a ver tri­ple. Un ta­xi lo de­jó en el Geor­ge Was­hing­ton Uni­ver­sity Hos­pi­tal a las on­ce de la ma­ña­na. Te­nía ca­si 39 gra­dos de fie­bre. El jue­ves por la no­che en­tró en cui­da­dos in­ten­si­vos. Su en­fer­me­dad era un mis­te­rio. A las dos de la ma­dru­ga­da, una doc­to­ra le di­jo a las cla­ras:

«En­víe un men­sa­je a to­dos sus se­res que­ri­dos... Se­gu­ra­men­te va a mo­rir es­ta no­che».

MA­LAS NO­TI­CIAS. Su no­via, Jen­ni­fer, vo­ló a Was­hing­ton de in­me­dia­to. Los mé­di­cos ha­bían su­mi­do a su no­vio en un co­ma in­du­ci­do. Al día si­guien­te su­frió un shock sép­ti­co; su san­gre ape­nas cir­cu­la­ba. Te­nía las ma­nos y los pies azu­la­dos y cu­bier­tos de am­po­llas; su or­ga­nis­mo es­ta­ba des­vian­do la san­gre de las ex­tre­mi­da­des al ce­re­bro. Con las ex­tre­mi­da­des pri­va­das de san­gre oxi­ge­na­da, la gan­gre­na hi­zo apa­ri­ción.

LA MANO IZ­QUIER­DA ES­TA­BA DES­TRO­ZA­DA. CUAN­DO EL DOC­TOR LE VIO EL PIE, DI­JO: «QUÍTESELO DE EN ME­DIO. NO TIE­NE RE­ME­DIO»

Po­si­bi­li­dad de su­per­vi­ven­cia: diez por cien­to. Na­die sa­bía el mo­ti­vo de la en­fer­me­dad. Los mé­di­cos se di­je­ron que qui­zá te­nía un ra­ro cán­cer de mé­du­la y le pro­por­cio­na­ron qui­mio­te­ra­pia. Fun­cio­nó. Koch se­guía con vi­da. Pe­ro su­fría do­lo­res atro­ces en las ex­tre­mi­da­des. Los doc­to­res em­pe­za­ron a ha­blar de ampu­tar. Has­ta que, 85 días des­pués de su in­gre­so en el hos­pi­tal, al­guien men­cio­nó el nom­bre de un mé­di­co: Ko­di Aza­ri. Aza­ri, de 48 años, es el di­rec­tor qui­rúr­gi­co del pro­gra­ma de tras­plan­te de ma­nos en la UCLA. Un ge­nio que ya ha­bía con­se­gui­do el pri­mer tras­plan­te de dos ma­nos y de bra­zo en Es­ta­dos Uni­dos. En 2015, es­te ci­ru­jano te­nía al­gu­nas hi­pó­te­sis que que­ría po­ner a prue­ba, pe­ro pa­ra ello ne­ce­si­ta­ba con­tar con un pa­cien­te con las con­di­cio­nes idó­neas: salud ex­ce­len­te, enor­me au­to­dis­ci­pli­na, ac­ti­tud po­si­ti­va y –lo más com­pli­ca­do de to­do– una mano que ne­ce­si­ta­ra ser re­em­pla­za­da pe­ro que aún no hu­bie­ra si­do ampu­tada. Aza­ri creía que, si ampu­taba el bra­zo de una for­ma es­pe­cí­fi­ca, eso fa­vo­re­ce­ría el en­gan­che de la nue­va ex­tre­mi­dad. Si su teo­ría era cier­ta, se de­cía, ese pa­cien­te hi­po­té­ti­co des­per­ta­ría de la ope­ra­ción y al mo­men­to po­dría mo­ver los de­dos. Na­ci­do en Lon­dres, Aza­ri vi­vió en Irán has­ta los 11 años, cuan­do la re­vo­lu­ción obli­gó a su fa­mi­lia a es­ca­par del país. La fa­mi­lia lle­gó a Con­nec­ti­cut sin ape­nas na­da. El ni­ño ha­bía so­ña­do con ser pi­lo­to de avio­nes de ca­za; pe­ro una vez en Es­ta­dos Uni­dos com­pren­dió que es­ta­ba obli­ga­do a pro­por­cio­nar se­gu­ri­dad ma­te­rial a su fa­mi­lia. Lo que pa­ra sus pa­dres, ira­níes, im­pli­ca­ba es­tu­diar Me­di­ci­na. Aza­ri no es­ta­ba muy en­tu­sias­ma­do con la idea, has­ta que le­yó ar­tícu­los de pren­sa so­bre el doc­tor Tho­mas Starzl, con­si­de­ra­do el pa­dre de los mo­der­nos tras­plan­tes. Se hi­zo mé­di­co y se com­pro­me­tió del to­do. Du­ran­te los años pos­te­rio­res a su pri­mer tras­plan­te de mano en la UCLA, Aza­ri se des­per­ta­ba por las no­ches pen­san­do en có­mo iba a ha­cer­lo me­jor la pró­xi­ma vez. «Hay bue­nos ci­ru­ja­nos rá­pi­dos y ma­los ci­ru­ja­nos rá­pi­dos, pe­ro no hay bue­nos ci­ru­ja­nos len­tos. Lo que te lle­va a tra­ba­jar con len­ti­tud es la au­sen­cia de un plan pre­ci­so en tu men­te». Y Aza­ri lo te­nía: ne­ce­si­ta­ba era el pa­cien­te ade­cua­do... Y lo en­con­tró. Cuan­do exa­mi­nó la mano iz­quier­da de Jonathan, es­ta­ba des­tro­za­da: su ex­te­rior pa­re­cía car­bón, y tan so­lo una di­mi­nu­ta por­ción de la pal­ma pre­sen­ta­ba buen as­pec­to. La mano de­re­cha es­ta­ba me­jor; los de­dos es­ta­ban en­ne­gre­ci­dos ca­si por com­ple­to, pe­ro lo de­más po­dría sal­var­se, o eso pa­re­cía. Cuan­do el mé­di­co mi­ró los pies, vio que el de­re­cho es­ta­ba des­trui­do. «Quíteselo de en­ci­ma. Es­te pie no tie­ne re­me­dio», di­jo Aza­ri. «Le pro­me­to una co­sa –aña­dió el ga­leno–. No voy a ha­cer al­go que em­peo­re su es­ta­do».

BUS­CAR UN DO­NAN­TE. El 23 de ju­nio de 2015, Aza­ri le am­pu­tó la mano iz­quier­da y gran par­te de los de­dos de la de­re­cha. Aho­ra fal­ta­ba en­con­trar a un do­nan­te de una mano.

LA AMPUTACIÓN DE LA MANO IZ­QUIER­DA FUE PA­RA ÉL UNA LI­BE­RA­CIÓN, POR LOS TE­RRI­BLES DO­LO­RES QUE PA­DE­CÍA

Por sor­pren­den­te que re­sul­te, Koch no la­men­tó la pér­di­da de la mano iz­quier­da. Le ha­bía cau­sa­do ta­les do­lo­res que su au­sen­cia re­sul­ta­ba un ali­vio. «No veía el mo­men­to de que la sa­ja­ran de una vez», ex­pli­ca. To­da­vía que­da­ba mu­cho por ha­cer an­tes del tras­plan­te. Fue pre­ci­so en­con­trar un em­pa­re­ja­mien­to ade­cua­do en lo re­fe­ren­te al ta­ma­ño, la pig­men­ta­ción, el tono cu­tá­neo y el pa­trón del ve­llo. El 17 de agos­to de 2015, Koch y Jen­ni­fer se ca­sa­ron en el jar­dín pos­te­rior de su re­si­den­cia. Al día si­guien­te, a Jonathan le ampu­taron la pier­na y ex­tir­pa­ron los de­dos ne­cró­ti­cos de su pie iz­quier­do. Koch ha­bía es­ta­do ha­cien­do lo po­si­ble por qui­tar­le hie­rro al ho­rror de la des­apa­ri­ción de par­tes en­te­ras de su cuer­po, re­fi­rién­do­se a sí mis­mo co­mo a 'Mis­ter Po­ta­to Head'. Pe­ro la pér­di­da del pie fue un gol­pe du­ro. Dos se­ma­nas des­pués, le ajus­ta­ron una pró­te­sis. Al mo­men­to se pu­so a an­dar. Tam­bién em­pe­zó a lle­var una pró­te­sis pa­ra co­rrer. «Con el tiem­po ten­dré una pró­te­sis pa­ra co­rrer, otra pa­ra el tenis y otra es­pe­cial pa­ra asis­tir a los Emmy –bro­mea­ba–. Y a ver si arre­gla­mos lo de la pró­te­sis pa­ra el se­xo». SOR­PRE­SAS PE­LI­GRO­SAS. Aza­ri es­ta­ba preo­cu­pa­do. «Con los tras­plan­tes de mano siem­pre te lle­vas sor­pre­sas. Nun­ca sa­len se­gún lo desea­do. Nun­ca. Apa­re­cen gran­des com­pli­ca­cio­nes que pue­den lle­var su tiem­po. Y no hay recetas in­fa­li­bles». Al igual que un chef que prue­ba con un pla­to com­pli­ca­do an­tes de ser­vir­lo a los co­men­sa­les, Aza­ri y sus co­la­bo­ra­do­res en­sa­ya­ron la in­ter­ven­ción qui­rúr­gi­ca de Koch va­rias ve­ces en el la­bo­ra­to­rio. El 24 de oc­tu­bre de 2016 apa­re­ció un candidato a do­nan­te que com­par­tía el ti­po san­guí­neo de Koch y te­nía una mano pa­re­ci­da a la su­ya. En el mun­do de los tras­plan­tes, la pe­ti­ción de una mano fí­si­ca re­sul­ta más com­pli­ca­da que la pe­ti­ción de un ór­gano in­terno. Por­que la mano es muy per­so­nal, muy vi­si­ble, muy de­fi­ni­to­ria de la iden­ti­dad. El ci­ru­jano reunió un equi­po de 13 pres­ti­gio­sos ci­ru­ja­nos y es­pe­cia­lis­tas en tras­plan­tes. Na­die iba a co­brar un dó­lar por par­ti­ci­par y mu­chos mé­di­cos iban a te­ner que pos­po­ner in­ter­ven­cio­nes de pa­go pa­ra to­mar par­te en él. A las 9:45 de la ma­ña­na si­guien­te, Jonathan en­tró por su pro­pio pie en el UCLA Me­di­cal Cen­tre. Aza­ri lo re­ci­bió con un abra­zo y una pro­me­sa: «Va­mos a ha­cer­lo». Pa­ra Aza­ri, Koch –con quien es­ta­ba en con­tac­to se­mi­per­ma­nen­te des­de ha­cía 19 me­ses– se ha­bía con­ver­ti­do ca­si en al­guien de la fa­mi­lia. «Un fa­mi­liar que me es­ta­ba sa­lien­do por un ojo de la ca­ra –co­men­ta el ci­ru­jano–. ¡Tu­ve que con­tra­tar un plan de men­sa­jes de tex­to ili­mi­ta­dos con la com­pa­ñía te­le­fó­ni­ca!». A las 3:32 de esa tar­de rea­li­za­ron el pri­mer cor­te pa­ra pre­pa­rar el bra­zo de Koch. Tic-tac, tic-tac. Tan so­lo lle­va­ban unas ho­ras de ope­ra­ción y aún que­da­ban por lo me­nos 12 más. A las 11:01 de la no­che, los mé­di­cos qui­ta­ron los tor­ni­que­tes. La mano de Koch pa­só del blan­co al ro­sa­do y el ro­jo. La tur­gen­cia vol­vió a los te­ji­dos, y el pul­so em­pe­zó a la­tir. El equi­po po­só pa­ra una foto. A las 7:07 de la ma­ña­na –16 ho­ras des­pués del ini­cio de la ope­ra­ción–, el equi­po de Aza­ri pro­ce­dió a ce­rrar y a coser. Ne­ce­si­ta­ron ca­si 2 ho­ras. Aza­ri es­ta­ba em­pe­ña­do en que to­do tu­vie­ra un as­pec­to «per­fec­to». Más de una vez, los ci­ru­ja­nos ter­mi­na­ron de coser y vol­vie­ron a abrir, pa­ra re­cor­tar un po­qui­to más de piel. «Jus­to lo que ha­ría un sas­tre», des­cri­be Aza­ri. La in­ter­ven­ción con­clu­yó a las 9:09 de la ma­ña­na, 17 ho­ras y 36 mi­nu­tos des­pués de su co­mien­zo. Jen­ni­fer se pre­sen­tó en el hos­pi­tal una ho­ra des­pués. «Mue­ve cual­quier de­do. Mue­ve el pul­gar», ani­mó a Jonathan. Al en­trar en la ha­bi­ta­ción del pa­cien­te, Ko­di Aza­ri fue re­ci­bi­do con unos pul­ga­res que apun­ta­ban ha­cia arri­ba. Jonathan Koch va a te­ner que to­mar me­di­ca­men­tos an­ti­rre­cha­zo du­ran­te el res­to de sus días. To­da­vía no tie­ne mu­cha sen­sa­ción, por­que ha­cen fal­ta me­ses pa­ra que los ner­vios crez­can. Sin em­bar­go, du­ran­te los 15 días que es­tu­vo in­gre­sa­do en la UCLA tu­vo oca­sión de co­ger una pe­lo­ta de tenis y apre­tar­la. Tam­bién co­gió una bo­te­lla de agua y se la lle­vó a los la­bios, que lue­go se­có con el dor­so de su nue­va mano.

VI­RUS Y ES­TRÉS. ¿Y qué fue lo que lle­vó a Jonathan a en­fer­mar? Nun­ca va a saberlo con se­gu­ri­dad. Mien­tras ha­blo con él en su ca­sa con vis­tas a las mon­ta­ñas de San­ta Mó­ni­ca, Koch di­ce que el con­sen­so es que el vi­rus Eps­tein-barr, com­bi­na­do con el es­trés, po­si­ble­men­te dis­pa­ró una reac­ción «que se pro­du­ce una vez en­tre 20 mi­llo­nes. Por al­gu­na ra­zón, mi sis­te­ma in­mu­no­ló­gi­co se en­con­tró con un enemi­go for­mi­da­ble y, en lu­gar de tra­tar de sal­var­me, tra­tó de ma­tar­me». Tie­ne prohi­bi­do el sus­hi de por vi­da, por el ries­go de bac­te­rias pre­sen­tes en el pes­ca­do cru­do. Es­tá obli­ga­do a la­var­se las ma­nos de for­ma cons­tan­te. No pue­de co­mer po­me­lo, por­que di­fi­cul­ta la ab­sor­ción de de­ter­mi­na­dos me­di­ca­men­tos, y tie­ne que es­tar al qui­te de los sín­to­mas de un po­si­ble re­cha­zo de la mano in­jer­ta­da. Co­sa que pue­de dar­se en cual­quier mo­men­to. Pe­ro tan so­lo cin­co me­ses des­pués del po­so­pe­ra­to­rio Koch es­tá apren­dien­do a ju­gar al tenis otra vez, em­pu­ñan­do la ra­que­ta con su nue­va mano.

LA OPE­RA­CIÓN DU­RÓ 18 HO­RAS. PAR­TI­CI­PA­RON 13 ES­PE­CIA­LIS­TAS. KOCH JUE­GA AL TENIS 5 ME­SES DES­PUÉS

AN­TES DEL TRAS­PLAN­TE Koch de­bía es­tar en per­fec­ta for­ma fí­si­ca an­tes de la ope­ra­ción. A pe­sar de su pier­na bió­ni­ca, de su mu­ñón y sus de­dos ampu­tados, se en­tre­nó con un mo­ni­tor de­por­ti­vo.

El apo­yo de su no­via, Jen­ni­fer, ha si­do cru­cial en la re­cu­pe­ra­ción de Koch. Se ca­só con ella el día an­te­rior a la amputación de su pier­na de­re­cha. AN­TES DE LA EN­FER­ME­DAD Koch ven­dió su pro­duc­to­ra por 100 mi­llo­nes de dó­la­res, pe­ro si­gue en la com­pa­ñía. Ha pro­du­ci­do O. J. Sim­pson, Los Ken­nedy... BO­DA Y QUI­RÓ­FANO

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