En pri­mer plano.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR OLIVIER O'MAHONY / FOTOGRAFÍA: CHANGE W. LEE

La es­po­sa de Ber­nie Madoff lo ha per­di­do to­do: ma­ri­do, hi­jos, pro­pie­da­des, repu­tación, re­la­cio­nes... Ella mis­ma re­ve­la el pre­cio que ha pa­ga­do por ha­ber­se ca­sa­do con el ma­yor es­ta­fa­dor de to­dos los tiem­pos.

Ber­nie Madoff cum­ple una con­de­na de 150 años por arrui­nar a mi­les de in­ver­so­res y 'eva­po­rar' 45.000 mi­llo­nes de euros. Su mujer, que fue de­cla­ra­da inocen­te, vi­ve en una pe­que­ña ciu­dad de Con­nec­ti­cut con la ma­yor dis­cre­ción po­si­ble. Ha­bla­mos con ella.

To­co el tim­bre y se oye una vo­ce­ci­ta: «¡Ya voy!». Lle­ga co­rrien­do con una son­ri­sa en los la­bios. Es ella, pe­ro dis­tin­ta. To­do el mun­do en Es­ta­dos Uni­dos co­no­ce su ca­ra de se­ño­ra bien del Up­per East Si­de de man­hat­tan. Sin em­bar­go, la mujer que ten­go de­lan­te se com­por­ta co­mo una an­cia­na en­can­ta­do­ra.

MENUDA, VESTIDA CON MALLAS NEGRAS Y TOP

blan­co ajus­ta­do; en el ros­tro, una ex­pre­sión in­de­fi­ni­da que no coin­ci­de con su son­ri­sa: las arru­gas de la des­gra­cia tal vez. Me pre­sen­to, le re­cuer­do que en­tre­vis­té a su hi­jo An­drew. Con so­lo de­cir su nom­bre, el sem­blan­te de es­ta mujer cam­bia, co­mo si en­tra­ra en un círcu­lo muy ín­ti­mo y ce­rra­do don­de na­die po­drá pe­ne­trar ja­más. Fui una de las per­so­nas que co­no­ció a Mark y An­drew, sus dos hi­jos. Uno se sui­ci­dó, al otro se lo lle­vó un lin­fo­ma. Des­apa­re­cie­ron tras la quie­bra del siglo, que arrui­nó a mi­les de aho­rra­do­res en to­do el mun­do. Ruth Madoff lo ha per­di­do to­do: su ma­ri­do, en la cár­cel con una con­de­na de 150 años; su repu­tación; sus re­la­cio­nes, en la al­ta so­cie­dad ju­día neo­yor­qui­na; sus apar­ta­men­tos y vi­llas en Nue­va York, Flo­ri­da, los Ham­pton y la Cos­ta Azul. Y lo más du­ro, sus hi­jos. Ruth vi­ve so­la con Dol­ce, una ga­ta blan­qui­ne­gra que aca­ba de adop­tar. La acom­pa­ñan las fotos que se amon­to­nan en las pa­re­des y que le «en­can­ta mi­rar», re­co­no­ce con la voz apa­ga­da. Su hi­jo Mark de ni­ño ves­ti­do de as­tro­nau­ta en Ha­llo­ween, de ado­les­cen­te en su Bar Mitz­vah y de adul­to en la is­la de Nan­tuc­ket po­san­do con un pez enor­me que aca­ba­ba de pes­car. Su hi­jo An­drew con su mo­to BMW y sus nie­tos. Pe­ro nin­gu­na de Ber­nie, el ma­yor es­ta­fa­dor de to­dos los tiem­pos. «Lo sien­to por él, pe­ro lo ha des­trui­do

"Me lla­ma por te­lé­fono de vez en cuan­do. Le con­tes­to por pe­na. Ha­bla­mos cin­co mi­nu­tos. Lee mu­cho"

to­do. Ja­más po­dré per­do­nar­lo». Y se la­men­ta: «Me pre­gun­to qué ne­ce­si­dad te­nía de ac­tuar así. No su­po sa­lir de la tram­pa, pe­se a ser un hom­bre muy in­te­li­gen­te; los de­par­ta­men­tos de ase­so­ría le­gal y de tra­ding de la em­pre­sa eran re­vo­lu­cio­na­rios. Es­ta­ba muy or­gu­llo­sa de él».

EL HOM­BRE DE SU VI­DA. Al prin­ci­pio, Ruth vi­si­ta­ba a su ma­ri­do en la pri­sión de But­ner, en el es­ta­do de Ca­ro­li­na del Nor­te. «No ha­bía cam­bia­do mu­cho fí­si­ca­men­te. Pa­re­cía to­le­rar bien la cár­cel y sus com­pa­ñe­ros son per­so­nas más o me­nos sa­nas. Des­pués de­jé de ir a ver­lo. To­da­vía me lla­ma de vez en cuan­do y con­tes­to por­que sien­to pe­na por él. La úl­ti­ma vez fue ha­ce dos días. Habla po­co. Me pre­gun­ta por mí y por la ga­ta. Sé que lee mu­cho. Le con­té que aca­ba­ba de ve­nir de Mí­chi­gan, don­de asis­tí a la en­tre­ga de di­plo­mas de nues­tra nie­ta. La con­ver­sa­ción nun­ca du­ra más de cin­co mi­nu­tos». Da la im­pre­sión de que Ruth no pue­de es­tar re­sen­ti­da por com­ple­to con Ber­nie, el hom­bre de su vi­da. «Cre­ci­mos jun­tos. Te­nía 13 años cuan­do lo co­no­cí [él, 16], ¿se da cuen­ta?». Du­ran­te la con­ver­sa­ción, los úni­cos mo­men­tos don­de se ilu­mi­na su mi­ra­da azul y re­gre­sa su son­ri­sa es cuan­do habla del que fue­ra so­co­rris­ta. «Me pa­re­cía muy gua­po. En­tre no­so­tros ha­bía una atrac­ción fí­si­ca muy fuer­te. Y me que­ría mu­cho, lo que evi­den­te­men­te me agra­da­ba.

"No soy bue­na com­pa­ñía. Me da mie­do que me si­gan. Gra­cias a Dios no me han agre­di­do"

Pe­ro te­nía 18 años cuan­do me ca­sé con él y es un error ha­cer­lo tan jo­ven. Por eso, nun­ca tu­ve una ca­rre­ra. Es­tu­dié nu­tri­ción, un te­ma que me apa­sio­na­ba. Al­gu­nas mu­je­res de mi ge­ne­ra­ción tu­vie­ron éxi­to. Yo no. Me arre­pien­to». Y aña­de: «Aun­que po­dría ha­ber si­do peor». Su apar­ta­men­to es ca­si mo­na­cal com­pa­ra­do con el de Le­xing­ton Ave­nue, don­de vi­vía. Los mue­bles son es­ca­sos y ba­ra­tos. Ha te­ni­do que apren­der a dis­tin­guir en­tre lo in­dis­pen­sa­ble y lo su­per­fluo: una co­ci­na ame­ri­ca­na que se abre al sa­lón, una me­sa de ma­de­ra cla­ra, po­cas si­llas. Es ob­vio que Ruth Madoff no tie­ne mu­chas vi­si­tas. «No soy bue­na com­pa­ñía. Cuan­do sal­go, me da mie­do que me si­gan. A veces me re­co­no­cen en el tren. Gra­cias a Dios nun­ca me han agre­di­do». Tam­po­co vi­ve en la mi­se­ria: el apar­ta­men­to de dos ha­bi­ta­cio­nes mi­de unos 80 me­tros cua­dra­dos, con un bal­cón que da al jar­dín de una re­si­den­cia de Green­wich, ciu­dad ele­gan­te de Con­nec­ti­cut, a una ho­ra de Man­hat­tan. Un exi­lio que ha es­co­gi­do ella mis­ma pa­ra es­tar cer­ca de sus nie­tos, su úni­ca ale­gría. «Fran­ca­men­te, ha­bría po­di­do vi­vir sin tan­to lu­jo», ad­mi­te. Co­mo su ma­ri­do, na­ció en un ba­rrio mo­des­to de Queens y ni él ni ella se ha­bían ima­gi­na­do lle­gar a ser tan ri­cos. Le en­can­ta­ba via­jar y lo apro­ve­chó. «Te­nía ofi­ci­nas en Lon­dres, una ciu­dad que me en­can­ta. Íba­mos a me­nu­do. Mis mejores re­cuer­dos son las va­ca­cio­nes en Mon­tauk. La ca­sa jun­to al océano que cons­trui­mos por 750.000 dó­la­res se re­ven­dió por nue­ve mi­llo­nes sin que ha­ya vis­to un du­ro… To­do fue a pa­rar a las víc­ti­mas», de­ta­lla. Una go­ta de agua en el océano de las pér­di­das: 45.000 mi­llo­nes de euros. «Tam­bién te­nía­mos un apar­ta­men­to en el ca­bo de An­ti­bes, mo­des­to pe­ro en­can­ta­dor. Pa­sá­ba­mos allí un mes en ve­rano. Te­nía­mos ami­gos allí y nos íba­mos con ellos en nuestro bar­co». Mi­ma­da por esa vi­da de en­sue­ño, Ruth se anes­te­sió. Del frau­de de su ma­ri­do ni sa­bía na­da ni ha­bía vis­to na­da, con­clu­ye­ron los in­ves­ti­ga­do­res del FBI que la de­cla­ra­ron inocen­te, al igual que a sus hi­jos, aun­que tra­ba­ja­ban en la so­cie­dad. Y cuan­do le pre­gun­to qué pen­sa­ba de la con­fe­sión de Sheryl Weins­tein, una fi­nan­cie­ra que es­cri­bió un li­bro en el que afir­mó ha­ber si­do la aman­te de Ber­nie, res­pon­de: «Ah, eso, es que él era muy li­gón. Quién sa­be si no tu­vo más. No me sor­pren­de­ría… Debería ha­ber­lo de­ja­do. No sé por qué no lo hi­ce. Me acuer­do del di­bu­jo de un hu­mo­ris­ta que de­cía: 'El ase­si­na­to, va­le, pe­ro el di­vor­cio ja­más'. Soy de esa ge­ne­ra­ción. Y des­de lue­go me asus­ta­ba es­tar so­la. Nun­ca ha­bía es­ta­do so­la. ¡Es pa­té­ti­co!». Ruth Madoff no mues­tra ren­cor ni de­pre­sión. «Aquí, en Green­wich, los ve­ci­nos son muy ama­bles. Me han aco­gi­do muy bien». Su úni­ca in­quie­tud es el alz­héi­mer. «Mi pa­dre ca­yó en­fer­mo cuan­do te­nía 70 años y yo ten­go 76. Pier­do la me­mo­ria, me ol­vi­do de pe­gar los se­llos en las car­tas. Ten­dré que ha­cer­me prue­bas». No es­tá inac­ti­va y pa­sa el día de­di­ca­da al vo­lun­ta­ria­do. «Me en­can­ta ser útil». Enseña in­glés a in­mi­gran­tes y co­la­bo­ra con una aso­cia­ción que lle­va ali­men­tos a los an­cia­nos que no pue­den sa­lir de sus ca­sas. Ella, que vo­tó a Hi­llary Clin­ton, se aver­güen­za de Do­nald Trump por ame­na­zar con su­pri­mir las sub­ven­cio­nes pú­bli­cas a es­ta obra so­li­da­ria. Se con­si­de­ra «fe­mi­nis­ta». Y li­bre.

SU CA­PI­TAL ES­TÁ SE­GU­RO. Ruth co­no­ció a Mi­che­lle Pfeif­fer, que in­ter­pre­ta su pa­pel en la película, pa­ra que la ac­triz pu­die­ra im­preg­nar­se de su per­so­na­li­dad. «Me gus­tó –di­ce con desen­vol­tu­ra–. Creo que soy una bue­na per­so­na y quie­ro que eso se vea en la pan­ta­lla». En­tre las víc­ti­mas de su ma­ri­do hay ami­gos, alle­ga­dos e in­clu­so miem­bros de su fa­mi­lia. ¿Y? ¿No es ella tam­bién una víc­ti­ma? To­dos es­ta­ban en el mis­mo bar­co sin sa­ber que el ca­pi­tán es­ta­ba des­qui­cia­do. Y en el nau­fra­gio, ca­da uno a lo su­yo. Al­gu­nos vi­ven en la in­di­gen­cia y eso él se lo ha aho­rra­do. Ruth con­du­ce un To­yo­ta Prius. Evi­den­te­men­te, na­da que ver con un Ja­guar o un Mer­ce­des, pe­ro aun así le que­da con qué vi­vir y al­qui­lar es­te apar­ta­men­to de 2900 dó­la­res al mes. Con­ser­va in­clu­so al­gu­nos sig­nos ex­te­rio­res de ri­que­za, co­mo un bol­so de Go­yard, el pe­le­te­ro de la plaza Ven­dô­me de Pa­rís que chi­fla a los es­ta­dou­ni­den­ses, y un re­loj de Car­tier que ja­más se des­pe­ga de su mu­ñe­ca. Tras la con­de­na de su ma­ri­do y la li­qui­da­ción de su for­tu­na per­so­nal, el tri­bu­nal le atri­bu­yó una can­ti­dad de 2,5 mi­llo­nes de dó­la­res. Ella uti­li­zó una par­te pa­ra pa­gar a los abo­ga­dos. El res­to la in­vir­tió. Ac­tual­men­te lle­va sus pro­pias cuen­tas. Ase­gu­ra ro­tun­da­men­te que pa­ga sus fac­tu­ras sin to­car su ca­pi­tal prin­ci­pal. «He in­ver­ti­do en pro­duc­tos muy se­gu­ros», ex­pli­ca co­mo una ex­per­ta. Cuan­do uno se ape­lli­da Madoff, no se fía de cual­quie­ra.

"Te­nía 13 años cuan­do lo co­no­cí. Era muy gua­po. En­tre no­so­tros ha­bía una atrac­ción muy fuer­te" "No me sor­pren­de­ría que hu­bie­ra te­ni­do aman­tes. Era muy li­gón. ¿Por qué no lo de­jé? Me asus­ta­ba es­tar so­la. ¡Pa­té­ti­co!"

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