"LOS PE­DE­RAS­TAS YA NO ES­TÁN SO­LOS. SON MU­CHOS Y SE OR­GA­NI­ZAN"

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista - POR FER­NAN­DO GOITIA / FO­TO­GRA­FÍA DE CAR­LOS CA­RRIÓN

Du­ran­te tres años, es­te po­li­cía na­cio­nal vio cre­cer a una ni­ña mien­tras un hom­bre abu­sa­ba de ella y ex­hi­bía sus ví­deos en la Red. Atra­par a aquel su­je­to fue una de las gran­des sa­tis­fac­cio­nes de su ca­rre­ra. No es la úni­ca. Al man­do de la Sec­ción Con­tra la Ex­plo­ta­ción Se­xual In­fan­til en In­ter­net, Luis Gar­cía lle­va 15 años ca­zan­do pro­duc­to­res, dis­tri­bui­do­res y con­su­mi­do­res de por­no­gra­fía in­fan­til. Un tra­ba­jo di­fí­cil, pe­ro ne­ce­sa­rio, que, co­mo él di­ce, «al­guien tie­ne que ha­cer».

Sus ojos han vis­to co­sas que él desea­ría no ha­ber vis­to. Es­ce­nas que per­tur­ba­rían al mis­mí­si­mo rey de los hu­nos. Fotos y ví­deos en los que me­no­res, in­clu­so be­bés, son so­me­ti­dos a..., a... Al ins­pec­tor jefe Luis Gar­cía le cues­ta des­cri­bir­lo. Es com­pren­si­ble, cues­ta tam­bién es­cri­bir­lo. DES­DE 2002, ÉL Y SUS AGEN­TES pa­tru­llan los rin­co­nes más ocul­tos y sór­di­dos de In­ter­net, allí don­de pe­dó­fi­los, pe­de­ras­tas y gru­pos or­ga­ni­za­dos co­mer­cian y com­par­ten unos con­te­ni­dos tan per­tur­ba­do­res que, ad­mi­te Gar­cía, han pro­vo­ca­do la ‘de­ser­ción’ de va­rios efec­ti­vos. «Na­da que ob­je­tar –dis­cul­pa el ins­pec­tor jefe de la Sec­ción Con­tra la Ex­plo­ta­ción Se­xual In­fan­til en In­ter­net de la Po­li­cía Na­cio­nal–. Tra­ba­jar aquí no es fá­cil. Pe­ro al­guien tie­ne que ha­cer­lo, ¿no?».

Xl­se­ma­nal. Ade­más de que usa In­ter­net, ¿exis­te al­gún per­fil ti­po del pe­de­ras­ta al que per­si­guen? Luis Gar­cía. Un per­fil, no. La ma­yo­ría son hom­bres, aun­que tam­bién ha ha­bi­do al­gu­na mu­jer. Hay per­so­nas de to­das las cla­ses so­cia­les. El so­li­ta­rio que vi­ve con la ma­má se da con asi­dui­dad, pe­ro no es un per­fil; tam­bién hay hom­bres ca­sa­dos, in­clu­so pa­dres que abu­san de sus hi­jos... XL. ¿Qué pa­sa des­pués con esos ni­ños? L.G. No­so­tros no tra­ba­ja­mos ese as­pec­to, cla­ro. Los re­di­ri­gi­mos a las Uni­da­des de Fa­mi­lia y Mu­jer (UFAM) de la Po­li­cía Ju­di­cial, que son quie­nes con­tac­tan con los Ser­vi­cios So­cia­les si es ne­ce­sa­rio. XL. ¿Nunca se ha in­tere­sa­do por sa­ber qué le ocu­rrió a al­guno de ellos? L.G. No tie­ne sen­ti­do que yo ha­ga eso, pe­ro sa­bes que la vi­da se­rá di­fí­cil pa­ra esos ni­ños y ni­ñas. Re­cuer­do un ca­so en el que las psi­có­lo­gas le di­je­ron a la jue­za que, pe­se a los abu­sos su­fri­dos, la víc­ti­ma, una ni­ña, po­dría desa­rro­llar una vi­da nor­mal, sin que afec­ta­ra a su vi­da se­xual, etc. En­ton­ces la jue­za les pre­gun­tó: «¿Pe­ro han vis­to us­te­des los ví­deos?». No los ha­bían vis­to. La jue­za, sí. Pe­gar a una ni­ña con un cin­tu­rón y so­do­mi­zar­la... ¿Có­mo po­dían de­cir eso? XL. No sé si quie­ro es­cu­char­le de­ta­lles, pe­ro lo cier­to es que po­ca gen­te ima­gi­na lo que al­gu­nas per­so­nas son ca­pa­ces de ha­cer­le a un me­nor; a be­bés, in­clu­so... L.G. Sí, son co­sas es­pe­luz­nan­tes. No sé, cual­quier co­sa que... Y, mu­chas ve­ces, es en di­rec­to, en strea­ming. XL. Hay con­te­ni­dos de tor­tu­ras. ¿Al­gu­na vez han aca­ba­do ma­tan­do al me­nor? L.G. Sí, bueno, ha­ce po­co, en Fi­li­pi­nas, se ha de­tec­ta­do un clan que se de­di­ca a es­te ti­po de con­te­ni­dos... Pe­ro yo re­cuer­do un ca­so, en co­la­bo­ra­ción con un país eu­ro­peo, en el que de­tu­vi­mos a una pa­re­ja, hom­bre y mu­jer, que abu­sa­ban de una ni­ña de unos tres años que ha­bían sa­ca­do de un or­fa­na­to. La ni­ña no apa­re­ció. De­bie­ron de ma­tar­la en al­gu­na de sus... En fin. Hay gen­te que... No sé, no es nor­mal. XL. ¿Los de­te­ni­dos ale­gan tras­tor­nos men­ta­les o al­gún pro­ble­ma psi­co­ló­gi­co? L.G. Bueno, es muy di­fí­cil que se li­bren por­que siem­pre hay pre­me­di­ta­ción: lo ha­cen a es­con­di­das por­que sa­ben que es de­li­to. Gra­ban ví­deos, ha­cen fotos, las com­par­ten o las ven­den; sa­ben lo que ha­cen y sa­ben que es­tá mal. Pe­ro yo soy po­li­cía, no abo­ga­do. XL. ¿No aca­ba uno pen­san­do que el ser hu­mano es­tá en­fer­mo? L.G. Lle­vo en es­to 15 años, pien­sas que ya na­da te sor­pren­de, pe­ro nunca lo has vis­to to­do. El otro día lle­gó un te­ma que... Bueno, bueno..., no aguan­té ni cin­co se­gun­dos. Tu­ve que le­van­tar­me. XL. En fe­bre­ro, en Ma­drid, se de­tu­vo a 22 per­so­nas; una de ellas era un pa­dre que ha­bía abu­sa­do de sus hi­jos de 8 y 13 años a los que, ade­más, pen­sa­ba in­tro­du­cir en sus prác­ti­cas de se­xo en gru­po... L.G. Sí, no es el pri­me­ro; pa­dres que abu­san de sus pro­pios hi­jos se dan de vez en cuan­do. Re­cuer­do a Co­ol Daddy, que me­tía a sus hi­jos en prác­ti­cas de se­xo con otros ni­ños y que, ade­más, ha­cía es­ta­fas. Ha­bía una ni­ña de 3-4 años a la que él...; a su cha­val de 8-9 años...; a las hi­jas de sus pa­re­jas y ami­gas... No sé, ¿qué le pa­sa­ba a es­te hom­bre por la ca­be­za? ¡Al­go no le tie­ne que fun­cio­nar bien, por Dios! XL. Us­ted lle­va 15 años aquí. En es­te tiem­po, ¿han pa­sa­do ba­jo su man­do agen­tes que no han po­di­do aguan­tar? L.G. Bueno, sí, he­mos te­ni­do fun­cio­na­rios que no qui­sie­ron se­guir. Un fun­cio­na­rio me di­jo que no po­día dar­le un be­so a su hi­ja sin pen­sar en las his­to­rias y los ví­deos y fotos con los que in­ves­ti­ga­ba. Na­da que ob­je­tar. Yo lo lle­vo bien. Y si no lo ha­ce­mos no­so­tros, ¿quién

los va a de­te­ner? Tra­ba­jar aquí no es fá­cil. Pe­ro al­guien tie­ne que ha­cer­lo, ¿no? Oyes ni­ños llo­rar, ves imá­ge­nes que te per­tur­ban, pe­ro no pue­des es­tar vo­mi­tan­do to­do el día. Es lo que hay. En to­do ca­so, in­ten­ta­mos crear soft­wa­re, he­rra­mien­tas au­to­ma­ti­za­das de ras­treo e iden­ti­fi­ca­ción que, en lo po­si­ble, nos aho­rren la vi­sión de to­do el ma­te­rial. XL. ¿Tie­nen ga­bi­ne­te de ayu­da psi­co­ló­gi­ca pa­ra los fun­cio­na­rios? L.G. El que lo so­li­ci­ta, por su­pues­to. Pe­ro, has­ta aho­ra, ha si­do: «Me voy. Ya no pue­do más». Pi­des un tras­la­do y cam­bias de Uni­dad. XL. ¿En Es­pa­ña se pro­du­ce porno in­fan­til? L.G. Te­ne­mos unas 200 in­ves­ti­ga­cio­nes abier­tas y, sí, hay bas­tan­tes. Mi­ra, cuan­do se abrió la Sec­ción, en 2002, nom­bra­ron a un nue­vo co­mi­sa­rio de la Uni­dad de In­ves­ti­ga­cio­nes Tec­no­ló­gi­cas, es de­cir, mi jefe, y me pre­gun­tó: «¿Có­mo es­ta­mos en ma­te­ria de pro­duc­ción en Es­pa­ña?». Lle­vá­ba­mos po­co tiem­po y le di­je que no ha­bía­mos vis­to pro­duc­to­res. ¡Pa­ra qué di­je na­da! En cua­tro días em­pe­za­ron a apa­re­cer: Nany­sex, Hua­ra­lino, Tan­ta­lio... XL. Un in­ci­so, si me per­mi­te. La ley que prohí­be en Es­pa­ña el in­ter­cam­bio de por­no­gra­fía in­fan­til en In­ter­net es de 1999. La Sec­ción se abrió en 2002. ¿Qué pa­só en esos tres años? L.G. Es sen­ci­llo. En aque­llos tiem­pos la Uni­dad era muy pe­que­ña –sie­te per­so­nas, creo– y se in­ves­ti­ga­ba de to­do: frau­des, es­ta­fas, pro­pie­dad in­te­lec­tual, por­no­gra­fía in­fan­til... En 2002 se vio que la cues­tión iba en au­men­to y se creó una Sec­ción es­pe­cí­fi­ca. Las le­yes tam­bién han avan­za­do. En 2004 se pe­na­li­zó la po­se­sión, que no era de­li­to; des­pués se ti­pi­fi­có el groo­ming, el acoso a me­no­res por In­ter­net, y en la úl­ti­ma re­for­ma se ha vol­ca­do prác­ti­ca­men­te el Con­ve­nio de Bu­da­pest, el gran acuer­do in­ter­na­cio­nal en la ma­te­ria. In­clu­so se pe­na­li­zan los di­bu­jos rea­lis­tas. XL. La pe­de­ras­tia y la pe­dofi­lia no son al­go nue­vo, des­de lue­go, pe­ro ¿có­mo ha in­flui­do la apa­ri­ción de In­ter­net? L.G. La Red ha dis­pa­ra­do la po­se­sión, pro­duc­ción y dis­tri­bu­ción de for­ma ex­po­nen­cial. An­tes te­nías al pe­de­ras­ta so­li­ta­rio que iba a los par­ques a ace­char o que abu­sa­ba de los ni­ños que te­nía a su al­can­ce... XL. Bueno, eso si­gue exis­tien­do. Apa­re­cen ca­sos, de he­cho, en­tre cier­tos co­lec­ti­vos, si­len­cia­dos, mu­chas ve­ces, du­ran­te años... L.G. Des­de lue­go, el cul­to al cuer­po, al pre­pú­ber y al ado­les­cen­te ya se da­ba en Gre­cia y Roma, y siem­pre se han co­no­ci­do ca­sos a lo lar­go de la His­to­ria. En el ám­bi­to po­li­cial es­to se per­si­gue mu­cho an­tes de que exis­tie­ra In­ter­net, por su­pues­to, pe­ro no­so­tros nos ocu­pa­mos de la por­no­gra­fía y la pe­dofi­lia que se sir­ve de las tec­no­lo­gías. En el ti­po de ca­sos que men­cio­na in­ter­vie­nen otras uni­da­des. XL. Ha­bla­ba us­ted de In­ter­net... L.G. Sí, le de­cía que pa­ra con­se­guir ma­te­rial por­no­grá­fi­co an­tes to­do era más di­fí­cil, el mer­ca­do ne­gro... Hoy, ha­bla­mos de cri­men or­ga­ni­za­do. In­ter­net ha dis­pa­ra­do la de­man­da y hay mu­cha gen­te a la que no le gus­ta el se­xo con ni­ños, pe­ro sí el di­ne­ro. Com­pran ni­ños o les pa­gan, o a sus pa­dres, o a los fa­mi­lia­res o a gen­te que ten­ga ac­ce­so a ellos; pro­du­cen ví­deos y fotos, ha­cen strea­ming de se­xo con me­no­res, crean webs, cuen­tas ban­ca­rias fal­sas, cap­tan clien­tes; ofre­cen un ser­vi­cio. XL. Di­ga­mos que In­ter­net ha sa­ca­do a los pe­de­ras­tas en ma­sa del ar­ma­rio. L.G. Bueno, se ha pro­du­ci­do un boom, se crean tri­bus, co­mu­ni­da­des pe­dó­fi­las que les re­fuer­zan a to­dos; ya no es­tán so­los, son mu­chos y se in­ter­cam­bian ma­te­rial. La Red es­tá pla­ga­da de fo­ros pe­dó­fi­los. Hay ins­truc­cio­nes pa­ra abu­sar de me­no­res, pa­ra que los fa­mi­lia­res no de­tec­ten el abu­so, pa­ra elu­dir a la Po­li­cía... Hay mu­cho, mu­cho. XL. Una co­sa que he leí­do: «Nues­tra orien­ta­ción se­xual es tan nor­mal co­mo cual­quie­ra y aho­ra es­tá sien­do per­se­gui­da co­mo en su día lo es­tu­vo tam­bién la ho­mo­se­xua­li­dad». L.G. Sí, hay co­mu­ni­da­des que pro­mue­ven que la pe­de­ras­tia es una op­ción se­xual más y que, co­mo los ho­mo­se­xua­les, que han lu­cha­do du­ran­te mu­chos años, al­gún día se re­co­no­ce­rán sus de­re­chos [sus­pi­ra]. ¡En Ho­lan­da lle­gó a crear­se un par­ti­do que pro­mo­cio­na­ba la pe­dofi­lia! La gen­te no pue­de ha­cer­se una idea de lo que hay por ahí... XL. A mí, des­de lue­go, to­do es­to que cuen­ta me es­tá de­jan­do ho­rro­ri­za­do... L.G. Es un pozo sin fon­do. Re­cuer­do otro ca­so que nos im­pre­sio­nó mu­cho, una ope­ra­ción con Re­pú­bli­ca Che­ca, Aus­tria..., ras­trean­do a unas ni­ñas de 10-14 años. Mu­chas su­frían abu­sos con con­sen­ti­mien­to de los pa­dres, a otras les de­cían que po­dían ser mo­de­los y... El ca­so es que te­nía­mos a un com­pra­dor es­pa­ñol que, él so­li­to, gas­tó 32.000 eu­ros. Pro­du­cían ví­deos a la car­ta pa­ra

"Hay fo­ros en los que di­cen que ser pe­de­ras­ta es una op­ción se­xual más y que al­gún día se re­co­no­ce­rán sus de­re­chos" "In­ter­net ha dis­pa­ra­do el ne­go­cio de la por­no­gra­fía in­fan­til. Re­cuer­do a un es­pa­ñol que, él so­li­to, gas­tó 32.000 eu­ros. Le ha­cían ví­deos a la car­ta. Per­ver­sio­nes a su gus­to. Eso exis­te"

él. Per­ver­sio­nes a su gus­to. Eso exis­te. XL. ¿Cuán­to gas­ta un com­pra­dor me­dio? L.G. Pon­ga­mos que una cuar­ta par­te de eso .... Bueno, es di­fí­cil de­cir, pe­ro ha­bla­mos de mu­cho di­ne­ro. En Reino Uni­do hu­bo una ope­ra­ción con­tra una red con 7000 clien­tes so­lo en ese país; ¡7000 per­so­nas que pe­dían a la car­ta! ¿Cuán­tos com­pra­do­res ha­brá en to­do el mun­do? Es un ne­go­cio muy ren­ta­ble. XL. ¿Es la ma­yor ope­ra­ción que ha ha­bi­do? L.G. No, bueno, es­ta fue re­sul­ta­do de una que hu­bo an­tes en Es­ta­dos Uni­dos, en 1999, con­tra Lands­li­de.com, una web que en­la­za­ba a to­do ti­po de con­te­ni­dos de se­xo [un en­la­ce, por ejem­plo, se lla­ma­ba Vio­la­cio­nes de ni­ños, con fotos de pa­dres vio­lan­do a sus hi­jos]. Te­nía más de 35.000 clien­tes de va­rios paí­ses en su ba­se de da­tos y eso de­ri­vó en va­rias ope­ra­cio­nes. XL. Es­ta es una lu­cha in­ter­na­cio­nal. ¿La coor­di­na­ción es flui­da? L.G. Sí. Aquí to­das las ope­ra­cio­nes son in­ter­na­cio­na­les. En las ba­ses de da­tos de In­ter­pol y Eu­ro­pol to­dos subimos las in­ves­ti­ga­cio­nes y sal­tan alar­mas an­te una po­si­ble co­rre­la­ción con otro ca­so en otro país. Acu­di­mos a reunio­nes y fo­ros, par­ti­ci­pa­mos en gru­pos de iden­ti­fi­ca­ción de víc­ti­mas; so­mos el no­veno país en iden­ti­fi­car a víc­ti­mas y agre­so­res. XL. An­tes men­cio­nó a Nany­sex, de­te­ni­do en 2005, pri­mer gran ca­so de la Sec­ción... L.G. Sí, nos mar­có mu­cho. To­da­vía me po­ne los pe­los de pun­ta al ver­lo [abre un do­sier en el or­de­na­dor con de­ta­lles del ca­so], por­que abu­sar de ni­ños tan pe­que­ños, pues... Fue­ron ocho me­ses de an­gus­tia, por­que te­nías mu­chas ga­nas de de­te­ner­los. Pe­ro mi­ra, lo que te de­cía de la co­la­bo­ra­ción in­ter­na­cio­nal: el ca­so lle­gó por In­ter­pol: un ví­deo con un be­bé en el que se veía un bi­lle­te de Ren­fe. Pues ave­ri­gua­mos que se ha­bía ex­pen­di­do en la es­ta­ción de Ato­cha –pa­ra zo­na B-3 de Cer­ca­nías de Ma­drid– y re­co­rri­mos to­das las lo­ca­li­da­des B-3 con la foto del ni­ño: Po­li­cía Municipal, guar­de­rías, hos­pi­ta­les... In­ves­ti­ga­mos to­do lo que se veía en el ví­deo: un so­fá, pues fui­mos a vi­si­tar ta­pi­ce­ros; un or­de­na­dor con eñe en el te­cla­do, pues al fa­bri­can­te; una toa­lla del Hos­pi­tal de La Paz, pues allí nos íba­mos. XL. In­ves­ti­ga­ción de la de toda la vi­da... L.G. Cla­ro, la ba­se siem­pre es la mis­ma. Y es muy cu­rio­so có­mo los ca­sos se

re­la­cio­nan unos con otros, có­mo los pe­de­ras­tas y pe­dó­fi­los for­man par­te de una red. En es­te ca­so re­cor­da­mos el tes­ti­mo­nio de un va­len­ciano de­te­ni­do por una ope­ra­ción an­te­rior que nos ha­bló de un tal Nany­sex que abu­sa­ba de be­bés. Eso fue cla­ve. En­con­tra­mos un ras­tro en el ca­ché de Goo­gle de un men­sa­je en un fo­ro, ana­li­za­mos el có­di­go fuen­te, ha­lla­mos un e-mail y nos lle­vó a Mur­cia, a va­rios do­mi­ci­lios y a una em­pre­sa de ins­ta­la­ción de In­ter­net. Un em­plea­do ha­bía vi­vi­do en Co­lla­do Vi­llal­ba, ¡zo­na B-3! «A ver si va a ser...». Re­vi­san­do el ví­deo a ve­lo­ci­dad ul­tra­len­ta, vi­mos que, en un gi­ro de cá­ma­ra, una mi­lé­si­ma de se­gun­do, se le veía. Era él. Fui­mos al pi­so de Co­lla­do Vi­llal­ba. Y allí es­ta­ba el so­fá y to­do lo de­más. XL. ¿Lo de­tu­vie­ron? L.G. To­da­vía no, te­nía­mos que sa­ber quién era el ni­ño, si el sos­pe­cho­so ha­bía al­qui­la­do el pi­so, quié­nes eran es­tas otras dos per­so­nas que sa­len en el ví­deo: el que to­ma la foto, el que le su­je­ta la bo­ca al ni­ño y el que le in­tro­du­ce el de­do. En­ton­ces, eran es­te y otros dos ti­pos –en los fo­ros uno era 'BL', ini­cia­les de boy lo­ver, aman­te de ni­ños–, y re­sul­tó que Nany­sex vi­vió allí y ha­bía real­qui­la­do una ha­bi­ta­ción a una pa­re­ja con un ni­ño. Al fi­nal, iden­ti­fi­ca­mos a to­dos, re­gis­tra­mos sus do­mi­ci­lios de for­ma si­mul­tá­nea y los pi­lla­mos. XL. ¿El ma­tri­mo­nio es­ta­ba im­pli­ca­do? L.G. Al prin­ci­pio eso sos­pe­cha­mos, pe­ro no se pu­do de­mos­trar. Eran gen­te muy hu­mil­de y, por lo vis­to, cuan­do se iban a tra­ba­jar, el be­bé se que­da­ba al cui­da­do del Nany­sex es­te: «Ah, no te preo­cu­pes. De­jad­lo con­mi­go». Lue­go, uno de los so­cios, pa­ra captar a más ni­ños pa­ra abu­sar de ellos, se ofre­cía co­mo can­gu­ro a do­mi­ci­lio [mues­tra el anun­cio en el or­de­na­dor]. XL. ¡Co­bra­ba tres eu­ros la ho­ra! L.G. Es evi­den­te que no lo ha­cía pa­ra ga­nar di­ne­ro... En los dis­cos du­ros ha­lla­mos ví­deos con sie­te ni­ños de 1 a 3 años y otros dos de 9 años. Re­cuer­do que, cuan­do el ti­po es­ta­ba con­fe­san­do, ya to­do ufano, pre­su­mien­do, su abo­ga­do se fue. Que no se­gui­ría asis­tién­do­lo. En co­mi­sa­ría ad­mi­tió ha­ber abu­sa­do de más de cien me­no­res. Aca­ba­mos to­dos lo­cos, pen­san­do: «Ma­dre mía, ¿có­mo pue­de exis­tir al­guien así?». XL. A mu­chos se les pi­lla al jac­tar­se de sus de­li­tos. ¿Se con­fían mu­cho? L.G. Sí, sí, por suer­te, por­que ahí es cuan­do les pi­llas en­se­gui­da. El de­lin­cuen­te que lle­va mu­cho tiem­po ejer­cien­do se pue­de re­la­jar y con­fiar. La sen­sa­ción de im­pu­ni­dad los pier­de. XL. ¿Si­guen en­ce­rra­dos? L.G. Es­tán con­de­na­dos a más de 50 años. XL. ¿Lo ce­le­bra­ron? L.G. Hom­bre, tam­po­co abres cham­pán, pe­ro sien­tes co­mo que te qui­tas de en­ci­ma un pe­so gi­gan­te, aun­que si­gues tra­ba­jan­do. XL. De­te­ner a Nany­sex les lle­vó ocho me­ses de in­ves­ti­ga­cio­nes. ¿Ha ha­bi­do ca­sos de ma­yor du­ra­ción? L.G. Sí, cla­ro, la ope­ra­ción Hua­ra­lino, que tar­da­mos tres años en ca­zar­lo. Fue

Qan­gus­tio­so por­que veía­mos los ví­deos de una ni­ña que cre­cía, abu­sa­ban de ella... ¡Tres años! Ves lo que ha­cen con los ni­ños y sien­tes que nunca vas a ti­rar del hi­lo fi­nal; ese de­cir «ca­si lo te­ne­mos, ca­si lo te­ne­mos», pe­ro ahí si­gue. Es ho­rri­ble por­que ese ma­te­rial to­da­vía cir­cu­la por In­ter­net. A ve­ces, me di­cen que han en­con­tra­do tal ví­deo en tal país pa­ra que avi­se a la fa­mi­lia de la ni­ña por si quie­ren ir al jui­cio. XL. ¿De­nun­cian mu­chos pa­dres que ven com­por­ta­mien­tos sos­pe­cho­sos? L.G. Sí, las de­nun­cias del groo­ming lle­gan así. «¿Qué pa­sa con mi hi­jo? Le da mie­do sa­lir a la ca­lle. Sa­ca­ba buenas no­tas y de pron­to no quie­re ni ir al co­le­gio». Lo di­fí­cil es aso­ciar «al­go pa­sa» con «lo que pa­sa es es­to». Lo im­por­tan­te es que el me­nor no se sien­ta cul­pa­ble, pa­ra que no se en­cie­rre. XL. ¿Es us­ted pa­dre? L.G. Dos hi­jas, ya ma­yor­ci­tas –27 y 20 años–, pe­ro siem­pre les di mu­cha tra­lla con es­to. Hay que en­se­ñar a los ni­ños a es­tar aler­ta, in­cul­car sen­ti­do co­mún... No sé, si tus pa­dres no te edu­can de for­ma ade­cua­da, au­men­ta el ries­go. En to­do ca­so, cuan­do hay pro­ble­mas se­rios y no los de­tec­tas es por­que no pres­tas aten­ción su­fi­cien­te a tus hi­jos. Así de cla­ro. XL. Ade­más de los pa­dres, ¿los pro­fe­so­res tam­bién pue­den ayu­dar a pre­ve­nir? L.G. Cla­ro, pe­ro pre­ci­san de for­ma­ción y he­rra­mien­tas pa­ra de­tec­tar cier­tas co­sas; que, an­te una con­duc­ta, un in­di­cio, sos­pe­chen que pue­de ser al­go re­la­cio­na­do con to­do es­to. Es al­go que de­be­ría es­tar en el ba­ga­je del for­ma­dor. XL. ¿Us­ted ha­bla de su tra­ba­jo con ami­gos y fa­mi­lia, de las co­sas que ve? L.G. Bueno, me pre­gun­tan cuan­do sa­le al­go en pren­sa y tam­po­co doy mu­chos de­ta­lles. Pe­ro di­ga­mos que no ha­blo mu­cho de mi tra­ba­jo fue­ra de aquí. Aun­que con to­do lo que he ha­bla­do hoy con­ti­go creo que ya lo he­mos com­pen­sa­do, ¿no?

"Los pa­dres tie­nen que en­se­ñar a los ni­ños a es­tar aler­ta, in­cul­car­les sen­ti­do co­mún. Y los pro­fe­so­res ne­ce­si­tan for­ma­ción, he­rra­mien­tas pa­ra de­tec­tar cier­tas co­sas" "Un agen­te me di­jo que no po­día dar­le un be­so a su hi­ja sin pen­sar en las his­to­rias, ví­deos y fotos que veía. No qui­so se­guir"

LUIS GAR­CÍA, JEFE DE LA SEC­CIÓN CON­TRA LA EX­PLO­TA­CIÓN SE­XUAL IN­FAN­TIL EN IN­TER­NET

EN LA IN­TER­NET PRO­FUN­DA El Gru­po 3 tie­ne lí­nea di­rec­ta con el FBI, cuer­po pun­te­ro con­tra la por­no­gra­fía in­fan­til, a tra­vés de una ofi­ci­na vir­tual. Los miem­bros de es­te gru­po in­ves­ti­gan en la lla­ma­da Deep Web.

SABUESOS DE PE­DÓ­FI­LOS Los miem­bros del Gru­po 2 son ex­per­tos en ras­treo por In­ter­net. 'Pa­tru­llan' las re­des P2P, don­de es­tá el grue­so de la por­no­gra­fía in­fan­til, o la red Tor (The Onion Rou­ter). Tam­bién se en­car­gan de la co­ne­xión con Eu­ro­pol.

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