A sus 87 años, Clint East­wood es­tre­na 15:17 Tren a Pa­rís, acer­ca del aten­ta­do frustrado en un tren con 554 pa­sa­je­ros en agos­to de 2015. ¿Los pro­ta­go­nis­tas de la cin­ta? Los pro­pios hé­roes que evi­ta­ron una nue­va ma­tan­za del ISIS.

Un te­rro­ris­ta is­lá­mi­co ar­ma­do has­ta los dien­tes sube a un tren con 554 pa­sa­je­ros. Su plan es co­me­ter una ma­sa­cre, pe­ro tres jó­ve­nes se lo im­pi­den. Ocu­rrió ha­ce dos años en­tre Bru­se­las y Pa­rís. Aho­ra, Clint East­wood ha he­cho que es­tos hé­roes re­vi­van su his

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR FER­NAN­DO GOI­TIA / FO­TO­GRA­FÍA: RO­BERT ASCROFT (WAR­NER BROS. PIC­TU­RES)

Una bo­te­lla de ga­so­li­na, un mar­ti­llo, un cú­ter, un fu­sil Ka­lash­ni­kov, ocho car­ga­do­res com­ple­tos, una pis­to­la Lu­ger 9 mm y 300 ba­las. El 21 de agos­to de 2015, Ayoub El-khaz­za­ni, un yiha­dis­ta ma­rro­quí de 25 años, sube con es­te ‘equi­pa­je’ a un tren de al­ta ve­lo­ci­dad en Bru­se­las; 554 pa­sa­je­ros via­jan en él ha­cia Pa­rís. Su plan: ma­tar a to­dos los que pue­da. Unos mi­nu­tos des­pués, sin em­bar­go, el te­rro­ris­ta ya­ce bo­ca­ba­jo en el sue­lo, ata­do de pies y ma­nos. Tres jó­ve­nes de 23 años en via­je de va­ca­cio­nes por Eu­ro­pa –Spen­cer Sto­ne, Alek Skarlatos y Ant­hony Sadler– han con­se­gui­do re­du­cir­lo y evi­tar una ma­sa­cre. Dos de ellos, Spen­cer y Alek, son mi­li­ta­res en ac­ti­vo, aun­que nun­ca han ma­ta­do a na­die ni han en­tra­do en com­ba­te. «Mi pa­dre me re­ga­ló un ri­fle con 12 años –re­ve­la Spen­cer–. Siem­pre so­ñé con ser de las Fuer­zas Es­pe­cia­les, pe­ro me re­cha­za­ron y aca­bé co­mo téc­ni­co mé­di­co de emer­gen­cia en las Fuer­zas Aé­reas». Alek, por su par­te, sir­vió en Af­ga­nis­tán, aun­que nun­ca en­tra­ra en ac­ción. «Me abu­rrí bas­tan­te», ad­mi­te. Ami­gos des­de la in­fan­cia, Alek, Spen­cer y Ant­hony es­tán, dos años y me­dio des­pués, sen­ta­dos con Clint East­wood en un sa­lón de los es­tu­dios War­ner, en Holly­wood. El mí­ti­co ac­tor y di­rec­tor no so­lo ha lle­va­do sus vi­das a la pan­ta­lla; los ha em­pu­ja­do a in­ter­pre­tar­se a sí mis­mos en 15:17 Tren a Pa­rís [es­treno: el 9 de fe­bre­ro], una pe­lí­cu­la so­bre, East­wood di­xit, «hom­bres nor­ma­les rea­li­zan­do ac­tos ex­tra­or­di­na­rios». En ella se na­rra la con­ca­te­na­ción de ca­sua­li­da­des que los lle­va­ron a es­tar aquel día en un tren con des­tino a Pa­rís sal­van­do cien­tos de vi­das. «Na­ci­mos pa­ra ser pues­tos en es­te tran­ce –ase­gu­ra Ant­hony–. De pron­to, to­do lo que ha­bía­mos vi­vi­do co­bró sen­ti­do». Es de­cir, que fue­ran ami­gos; que les apa­sio­na­ra la ac­ción y ju­gar a la gue­rra des­de ni­ños; que Alek y Spen­cer tu­vie­ran for­ma­ción mi­li­tar y Spen­cer, ade­más, no­cio­nes mé­di­cas; que es­tu­vie­ran por pri­me­ra vez en Eu­ro­pa; que fue­ran a Pa­rís jus­to en ese tren; que es­tu­vie­ran en pri­me­ra cla­se, don­de el te­rro­ris­ta ini­ció su ata­que, aun­que via­ja­ran con bi­lle­tes de tu­ris­ta... To­do ello im­pi­dió una ma­sa­cre.

XLSE­MA­NAL. ¿Có­mo des­cri­bi­rían us­te­des lo que hi­cie­ron el 21 de agos­to de 2015 en aquel tren?

ALEK. Bueno, no fue, des­de lue­go, un ac­to de va­lor. Fue me­ra su­per­vi­ven­cia. Un ac­to re­fle­jo. No pen­sa­mos: «Va­mos, chi­cos, te­ne­mos que sal­var a to­do el mun­do, ma­cha­que­mos a ese te­rro­ris­ta». Sim­ple­men­te, ac­tua­mos.

SPEN­CER. Es que si lo pien­sas un se­gun­do sa­les co­rrien­do, te me­tes ba­jo el asien­to o te es­con­des en el ba­ño.

XL. ¿Cuál fue la reac­ción con­cre­ta de ca­da uno al ver a un ti­po con un Ka­lash­ni­kov en el tren?

ALEK. Yo es­ta­ba sen­ta­do, oí un es­truen­do co­mo de una pe­lea, ma­le­tas ca­yen­do y tal, y, de pron­to, el re­vi­sor pa­só co­rrien­do an­te no­so­tros, mi­ré ha­cia atrás por el hue­co en­tre los asien­tos y vi a un ti­po sin ca­mi­se­ta con un AK-47 acer­cán­do­se. Pen­sé: «Es­to no pue­de es­tar pa­san­do», pe­ro sí, ahí es­ta­ba, y en­ton­ces Spen­cer se des­per­tó, nos mi­ra­mos y fue a por él.

SPEN­CER. Sí, me des­per­té, vi a Alek, me di la vuel­ta y vi al ti­po; pa­re­cía te­ner pro­ble­mas con el ar­ma, in­ten­ta­ba car­gar­lo, y me di­je: «Nos va a ma­tar a to­dos. Hay que ha­cer al­go». Alek me to­có en el hom­bro, nos mi­ra­mos y me lan­cé por el pa­si­llo. De­bí de ce­rrar los ojos es­pe­ran­do re­ci­bir una ba­la –me hu­bie­ra dis­pa­ra­do igual si me que­do sen­ta­do–, pe­ro se le en­cas­qui­lló el AK, dos ve­ces, y sal­té so­bre él...

ANT­HONY. Tu men­te te di­ce que no es po­si­ble, pe­ro el tío es­tá ahí, así que no pue­des ha­cer ca­so a tu ca­be­za. Tie­nes

"Me di­je: 'Nos va a ma­tar a to­dos. Hay que ha­cer al­go'. Y me lan­cé a por él. Ce­rré los ojos es­pe­ran­do re­ci­bir una ba­la" –Spen­cer Sto­ne–

que ac­tuar. Cuan­do vi que Spen­cer se iba a por él y que Alek le se­guía, me di­je: «¡Ahí voy yo tam­bién!».

XL. Per­so­nas que han afron­ta­do si­tua­cio­nes de ex­tre­mo pe­li­gro cuen­tan que, al re­cor­dar­lo, pa­re­ce que to­do hu­bie­ra su­ce­di­do en cá­ma­ra len­ta…

ALEK. Sí, es ver­dad; pe­ro tam­bién que to­do lo que no es im­por­tan­te des­apa­re­ce. Y, ade­más, el si­len­cio. To­da la pe­lea trans­cu­rrió co­mo si el mun­do se hu­bie­ra de­te­ni­do y so­lo exis­tie­ra aquel ti­po.

XL. ¿Re­cuer­dan mu­chos de­ta­lles?

ALEK. Sí, bas­tan­tes, aun­que yo no re­cuer­do, por ejem­plo, có­mo me le­van­té y lle­gué fren­te a Spen­cer, que ya lu­cha­ba con el te­rro­ris­ta. De re­pen­te es­ta­ba gol­peán­do­lo, bus­can­do el pun­to don­de más da­ño pu­die­ra ha­cer­le. En­ton­ces, él sa­có una pis­to­la e in­ten­tó dis­pa­rar a Spen­cer; lo aga­rré de la mano, le apun­té a la ca­be­za y dis­pa­ré, pe­ro el ti­po se­guía vi­vo; in­ten­té dis­pa­rar otra vez, pe­ro el car­ga­dor es­ta­ba va­cío. El ti­po sa­có un cu­chi­llo y le ra­jó el cue­llo a Spen­cer por de­trás; co­gí el AK y le apun­té, pe­ro tam­po­co fun­cio­na­ba; así que em­pe­cé a dar­le en la ca­be­za con él mien­tras Spen­cer in­ten­ta­ba de­jar­lo in­cons­cien­te con una lla­ve de jiu-jit­su. Gol­pe, gol­pe,

"Lo gol­pea­ba en la ca­be­za sin pa­rar y él me mi­ra­ba a los ojos, ¡sin pes­ta­ñear! Pen­sé que es­ta­ba dro­ga­do, pe­ro no, era el odio" –Alek Skarlatos–

gol­pe, y na­da, fue co­mo si el ti­po no sin­tie­ra ni pa­de­cie­ra.

XL. ¿Qué quie­re de­cir?

ALEK. Yo lo gol­pea­ba sin pa­rar en la ca­be­za y él me mi­ra­ba a los ojos, ¡sin pes­ta­ñear! No te­nía mie­do. Era la mi­ra­da de al­guien dis­pues­to a ma­tar­te. ANT­HONY. Esa mi­ra­da de: «O tú o yo. Uno de los dos va a mo­rir». ALEK. Les pre­gun­té a los del FBI si él es­ta­ba dro­ga­do y me di­je­ron que no, que to­do se de­bía al odio, a su con­vic­ción... SPEN­CER. No di­jo na­da ni gri­tó ni re­so­pló; co­mo si no sin­tie­ra na­da. So­lo odio. Él pen­só que Alá es­ta­ba a su la­do. ANT­HONY. Si lo pien­sas, es ex­tra­ño: cre­ci­mos al mis­mo tiem­po en lu­ga­res dis­tin­tos, vi­vien­do ex­pe­rien­cias dis­tin­tas que a él lo lle­va­ron a ha­cer lo que hi­zo y a no­so­tros, a de­te­ner­lo.

XL. Con el su­je­to ya in­cons­cien­te, abren su mo­chi­la y des­cu­bren que lle­va ocho car­ga­do­res com­ple­tos y unas 300 ba­las. ¿Có­mo se que­da­ron?

ANT­HONY. Fue la le­che. Es­ta­ba cla­ro que que­ría ma­tar­nos a to­dos. ALEK. Yo me di cuen­ta de que, si hu­bie­ra usa­do otro car­ga­dor pri­me­ro o pues­to las ba­las en otro or­den, no se le ha­bría en­cas­qui­lla­do. Por­que un AK-47 nun­ca se en­cas­qui­lla, y jus­to ese día, por un de­ta­lle... Sen­tí que to­do ha­bía so­pla­do a nues­tro fa­vor.

XL. Ro­da­ron es­ta pe­lí­cu­la, por cier­to, en los es­ce­na­rios del ata­que y con las otras per­so­nas que via­ja­ban en el va­gón. ¿Qué sin­tie­ron al re­vi­vir to­do?

ALEK. Fue alu­ci­nan­te. Es­tá­ba­mos en el mis­mo si­tio re­cons­tru­yen­do en­tre to­dos ca­da de­ta­lle, ca­da mo­vi­mien­to, ca­da ac­ción, ca­da fra­se. Vol­vi­mos, fí­si­ca y men­tal­men­te, al lu­gar don­de to­do su­ce­dió; re­cor­da­mos lo que sen­ti­mos, lo que pen­sa­mos, lo que hi­zo ca­da uno. ANT­HONY. Fue co­mo ce­rrar el círcu­lo; es­tar jun­tos, reír­nos... Fue ge­nial.

XL. ¿Era la pri­me­ra vez que veían a los otros pa­sa­je­ros?

SPEN­CER. To­dos jun­tos sí, pe­ro ya

"Na­ci­mos pa­ra ser pues­tos en es­ta si­tua­ción. De pron­to, to­do lo que ha­bía­mos vi­vi­do has­ta en­ton­ces co­bró sen­ti­do"

ha­bía­mos es­ta­do con Mark Moo­ga­lian y su es­po­sa, Isa­be­lle, an­tes de que su­pié­ra­mos na­da de la pe­lí­cu­la. CLINT EAST­WOOD. Mark fue quien pri­me­ro se en­fren­tó al te­rro­ris­ta cuan­do es­te sa­lió del ba­ño; él le qui­tó el AK-47, pe­ro el su­je­to sa­có una pis­to­la y le dis­pa­ró; es la per­so­na que es­tu­vo más cer­ca de la muer­te. Spen­cer le sal­vó la vi­da pre­sio­nan­do con los de­dos la he­ri­da has­ta que lle­gó el equi­po mé­di­co. SPEN­CER. Sí, vi­ve en Fran­cia, ¡y si­gue co­gien­do ese tren pa­ra ir a Áms­ter­dam!

XL. ¿Fue una ex­pe­rien­cia ca­tár­ti­ca, te­ra­péu­ti­ca, pa­ra to­dos?

EAST­WOOD. Eso es lo que me di­jo Mark: que pa­ra él ha­bía si­do una ca­tar­sis, una li­be­ra­ción. Reír­se, por ejem­plo, al re­crear el mo­men­to en que Spen­cer, mien­tras le pre­sio­na­ba la he­ri­da en el tren, le ha­bía pre­gun­ta­do: «¿Quie­res re­zar una ple­ga­ria?». Va­mos, que le di­jo que se iba a mo­rir. SPEN­CER. Es ver­dad, so­lo me fal­tó ce­rrar­le los ojos [se ríen]. ALEK. Pe­ro es que le ha­bía re­ven­ta­do la ar­te­ria ca­ró­ti­da. No ima­gi­nas la san­gre que ha­bía… ANT­HONY. Sí, to­dos es­tá­ba­mos: «Se va a mo­rir, se va a mo­rir». SPEN­CER. Mark re­ci­bió el dis­pa­ro en el pri­mer mo­men­to, an­tes de que yo me echa­ra so­bre el te­rro­ris­ta. Así que to­do el tiem­po que es­tu­vi­mos lu­chan­do con él, Mark es­tu­vo de­san­grán­do­se. Al dar­me cuen­ta, me di­je: «Va a mo­rir». Se­guí ta­po­nan­do la he­ri­da, pe­ro...

XL. ¿De cuán­to tiem­po ha­blan?

SPEN­CER. Des­de el pri­mer dis­pa­ro has­ta lle­gar a la es­ta­ción pa­só ca­si me­dia ho­ra. La me­dia ho­ra más lar­ga de nues­tras vi­das. ANT­HONY. En el tren na­die ha­bla­ba,

–Ant­hony Sadler–

ha­bía un si­len­cio to­tal. Yo sa­qué el mó­vil y em­pe­cé a fil­mar. SPEN­CER. Pues yo, en lo úni­co que con­se­guía pen­sar era: «Se aca­bó nues­tro via­je. Con las ga­nas que te­nía de ir a Es­pa­ña...» [car­ca­ja­das].

XL. Des­de aquel día, cuan­do hay un ata­que te­rro­ris­ta, ¿qué sien­ten?

ALEK. Em­pa­tía, me afec­ta per­so­nal­men­te. La ma­yo­ría de la gen­te al sa­ber que han ase­si­na­do a 50 per­so­nas, o las que sean, no son del to­do cons­cien­tes de que se tra­ta de 50 se­res hu­ma­nos con nombre, ca­ra, bio­gra­fía, fa­mi­lia... Y hoy yo sien­to eso: ca­da vi­da ses­ga­da. SPEN­CER. Yo pien­so: «¿por qué no­so­tros sí y ellos no?, ¿por qué nos sal­va­mos?». Des­pués de lo del tren me apu­ña­la­ron en la puer­ta de un bar y es­tu­ve en el hos­pi­tal. En mi ha­bi­ta­ción ha­bía un chi­co de 18 años y mu­rió a mi la­do por una neu­mo­nía. ¡Y yo ha­bía so­bre­vi­vi­do a un ata­que te­rro­ris­ta!

XL. ¿Han se­gui­do el pro­ce­so ju­di­cial y la in­ves­ti­ga­ción de El-khaz­za­ni?

SPEN­CER. No, pe­ro sé que lo co­nec­ta­ron con los ata­ques en Bru­se­las y Pa­rís.

XL. ¿Irán al jui­cio?

SPEN­CER. Oh, sí. Me gus­ta­ría ver­lo. ALEK. Yo le di­ría: «Sa­bes, de al­gún mo­do, eres lo me­jor que nos ha pa­sa­do en la vi­da» [se ríen].

XL. ¿Lo di­ce por­que en dos años y me­dio les ha re­ci­bi­do Oba­ma en la Ca­sa Blan­ca, François Ho­llan­de en el Elí­seo; en­tre­vis­tas, te­le­vi­sión, han es­cri­to un li­bro y aho­ra pro­ta­go­ni­zan la nue­va pe­lí­cu­la de Clint East­wood?

ANT­HONY. Sí, ima­gí­na­te, quién nos lo iba a de­cir. A mí me ale­gra mu­cho que se es­tre­ne es­ta pe­lí­cu­la, por­que, en es­tos tiem­pos que vi­vi­mos, con­tar una his­to­ria co­mo la nues­tra era un de­ber. SPEN­CER. Ade­más, no que­ría­mos pa­sar el res­to de nues­tras vi­das di­cien­do: «¿Clint East­wood? Ah, sí, qui­so tra­ba­jar con­mi­go, pe­ro te­nía me­jo­res co­sas que ha­cer» [car­ca­ja­das]. ANT­HONY. So­na­ba tan ri­dícu­lo que ha­bía que de­cir que sí.

Alek, Ant­hony y Spen­cer re­vi­ven los mo­men­tos pre­vios al ata­que.

La Po­li­cía fran­ce­sa se lle­va a Ayoub El-khaz­za­ni, tras ha­ber si­do re­du­ci­do. El ata­que tu­vo lu­gar en un tren Thalys de al­ta ve­lo­ci­dad. LA LAR­GA ES­TE­LA DEL ISIS El 21 de agos­to de 2015, po­co des­pués de que el tren Thalys 9364 en­tra­ra en Fran­cia, el te­rro­ris­ta dis­pa­ró a un pa­sa­je­ro an­tes de ser re­du­ci­do por tres jó­ve­nes. A El-khaz­za­ni, ma­rro­quí que es­tu­vo en Si­ria, se lo vin­cu­la con el ISIS y ata­ques te­rro­ris­tas en Pa­rís y Bru­se­las. Se en­cuen­tra a la es­pe­ra de jui­cio en Fran­cia. El te­rro­ris­ta en una fo­to que col­gó en su Fa­ce­book.

REAL CO­MO LA VI­DA MIS­MA La úl­ti­ma pe­lí­cu­la de Clint East­wood re­crea el ata­que al tren Thalys. Sal­vo el te­rro­ris­ta, in­ter­pre­ta­do por Ray Co­ra­sa­ni (arri­ba), to­dos los que ayu­da­ron a re­du­cir­lo aquel día se in­ter­pre­tan a sí mis­mos. Spen­cer Sto­ne, aba­jo, co­rre ha­cia él. En me­dio, una ima­gen del ata­can­te ya ata­do de pies y ma­nos to­ma­da con el mó­vil de su amigo Ant­hony Sadler.

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