JOSÉ SA­CRIS­TÁN

«NO PIER­DO DE VIS­TA AL NI­ÑO QUE FUI, ME LLE­VO MUY BIEN CON ÉL»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: NOELIA SILVOSA

Pe­pe—sí, así es como más gra­cia le ha­ce que le lla­men— res­pon­de al otro la­do del te­lé­fono sin ha­cer­se es­pe­rar mu­cho. Con el se­gun­do pi­ti­do, re­sue­na la voz ra­dio­fó­ni­ca de un Sa­cris­tán que si­gue con la mis­ma po­ten­cia de siem­pre. A es­tas al­tu­ras ya ha per­di­do la cuen­ta de las películas que lle­va a sus es­pal­das, pe­ro lo que no ha per­di­do de vis­ta es a aquel chi­co de Chin­chón que un día fue: «Echo mano de él ca­da vez que me pon­go de­lan­te de una cá­ma­ra», ase­gu­ra. ¿Cuál es su re­ce­ta pa­ra man­te­ner el rit­mo a sus 78 años? «Es­toy en­tre­na­do pa­ra su­bir­me al tran­vía en cuan­to pase», res­pon­de. Y se ha subido a unos cuan­tos.

—¿Jose, José o Pe­pe?

—Có­mo tú quie­ras. Si me lla­mas Pe­pe me ma­to más to­da­vía [se ríe].

—«To­ro», tu pe­lí­cu­la nú­me­ro .... ¿lle­vas la cuen­ta?

—No, cien­to y al­gu­nas. No te sé de­cir exac­ta­men­te cuán­tas.

—In­ter­pre­tas al pa­triar­ca, que has di­cho que «tie­ne po­der y lo ejer­ce. No so­lo po­der eco­nó­mi­co sino po­der mo­ral»... ¿Te iden­ti­fi­cas en tu vi­da real con esa fi­gu­ra?

—No, afor­tu­na­da­men­te, es un ma­lo ma­lí­si­mo. No he te­ni­do na­da que ver ni he to­ma­do re­fe­ren­cia nin­gu­na de na­die pró­xi­mo a mí ni a me­dia, ni a cor­ta ni a lar­ga dis­tan­cia. Es un su­je­to que es­tá ahí, una de las co­sas que me gus­tó de es­ta his­to­ria es que son per­so­na­jes per­fec­ta­men­te re­co­no­ci­bles en un te­rri­to­rio geo­grá­fi­co, po­lí­ti­co, eco­nó­mi­co, so­cial y mo­ral. Pe­ro va­mos, ¡no tie­ne na­da que ver con­mi­go ni mu­chí­si­mo me­nos!

—Más de cien películas en cin­cuen­ta y cin­co años de ca­rre­ra. ¿Una vi­da de­ma­sia­do fre­né­ti­ca?, ¿se ha que­da­do al­go por el ca­mino?

—No, que yo se­pa, no. No sé, siem­pre se que­dan co­sas en el ca­mino, quién va a pre­su­mir de te­ner una vi­da ab­so­lu­ta­men­te plena. En es­te ca­so sue­lo mi­rar pa­ra atrás y no re­co­noz­co en es­tas co­sas que se han ido que­dan­do na­da irre­pa­ra­ble. To­do no se pue­de aten­der ni abar­car, pe­ro di­ga­mos que las co­sas que se han que­da­do por el ca­mino for­ma­ban par­te de lo pre­vis­to.

—¿No te has per­mi­ti­do un pa­rón?

—No, ha si­do to­do se­gui­do. Nun­ca me ha fal­ta­do tra­ba­jo y en un prin­ci­pio ha-

bía que acep­tar lo que ve­nía. Y no me aver­güen­zo ni re­nie­go ab­so­lu­ta­men­te de na­da de lo que he he­cho, al con­tra­rio, les es­toy ca­da vez más agra­de­ci­do a to­dos los que con­fia­ron en mí. Pe­ro lue­go, a par­tir de po­der ele­gir, la ver­dad es que nun­ca me ha fal­ta­do tra­ba­jo.

—Pa­re­ce que es­tás en for­ma, ¿si­gues sin­tién­do­te como un to­ro?

—Hom­bre, tan­to como eso no [se ríe]. Pe­ro bueno, se­rá co­sa de los ge­nes de Chin­chón, de los ajos de allí. No creo que ha­ya una fór­mu­la, de to­das ma­ne­ras sí te di­go que si­go man­te­nien­do la ilu­sión por el tra­ba­jo como el pri­mer día. Al­go de­be de sig­ni­fi­car eso.

—Siem­pre te has man­te­ni­do cer­cano al pú­bli­co ha­cien­do co­sas muy di­ver­sas, ¿ha si­do ca­sual o has pues­to un em­pe­ño es­pe­cial en la variedad de for­ma­tos?

—Yo he es­ta­do dis­po­ni­ble, pe­ro la ini­cia­ti­va nun­ca ha par­ti­do de mí. He pro­cu­ra­do, eso sí, es­tar al lo­ro pa­ra que cuan­do pa­sa­ra el tran­vía su­bir­me a él. Hay com­pa­ñe­ros y compañeras que ha­cen sus pro­pios pro­yec­tos, pe­ro yo nun­ca he te­ni­do com­pa­ñía ni he pro­du­ci­do películas ni na­da. He es­ta­do, pues eso, dis­po­ni­ble. En­tre­na­do pa­ra su­bir­me al tran­vía en cuan­to pa­sa­se.

—¿Al­gu­na vez te has ti­ra­do de las ore­jas por ha­ber re­cha­za­do al­gún pa­pel?

—No, no se ha da­do el ca­so.

—¿Y te ha que­da­do una es­pi­ni­ta con al­guno que te gus­ta­ría in­ter­pre­tar?

—Uy eso sí, hay mu­chos, pe­ro no es al­go que me qui­te el sue­ño por­que lo que ven­go ha­cien­do de unos años a es­ta par­te es al­go que yo eli­jo y es­toy en­can­ta­do con ello. Siem­pre hay más co­sas por ahí, pe­ro no me qui­tan el sue­ño.

—Te has sa­bi­do adap­tar muy bien a los tiem­pos. Re­pa­san­do la pa­rri­lla en el 96 es­ta­bas en la te­le y en el 2016 tam­bién. Lo mis­mo ha sa­bi­do ha­cer Con­cha Ve­las­co, con la que coin­ci­des en «Vel­vet».

—Ma­ña­na mis­mo (ha­ce unos días) ro­da­mos jun­tos otra vez, sí. Es­toy en­can­ta­do de la vi­da de vol­ver a ver a Con­cha, como su­pu­so vol­ver a tra­ba­jar con Án­ge­la Molina tam­bién en Vel­vet. Es una go­za­da por­que son compañeras a las que quie­ro y ad­mi­ro pro­fun­da­men­te.

—Si­ga­mos con los nue­vos tiem­pos. ¿Hay al­gún ac­tor jo­ven en el que te sien­tes re­co­no­ci­do?

—Hay mu­chos, y mu­chos que lo ha­cen mu­chí­si­mo me­jor. En es­te ofi­cio, po­bre de aquel que pien­se que la edad, la ex­pe­rien­cia, es sin más el gra­do. Hay gen­te que se ha muer­to de vie­ja ha­cién­do­lo igual de mal que el pri­mer día y gen­te jo­ven que vie­ne de­mos­tran­do que es­to se ha­ce bien. Yo me re­co­noz­co en un

mon­tón de cha­va­les que es­tán em­pe­zan­do y que lo ha­cen bas­tan­te me­jor.

—Con 78 años y en ac­ti­vo dón­de va la ju­bi­la­ción... ¿No la con­tem­plas?

—No, mien­tras es­té uno más o me­nos dis­po­ni­ble y en for­ma, y so­bre to­do mien­tras me si­ga di­vir­tien­do con mi tra­ba­jo, aquí es­ta­ré.

—¿A es­tas al­tu­ras te preo­cu­pa que lle­gue el día en el que te de­jan de lla­mar?

—No me lo plan­teo. Si se da el ca­so, afor­tu­na­da­men­te la bom­bo­na de bu­tano es­tá pa­ga­da y pue­do que­dar­me per­fec­ta­men­te en mi ca­sa.

—¿Te sien­tes re­co­no­ci­do?

—Sí, to­tal­men­te. Sin gé­ne­ro de du­das.

—No te voy a pe­dir que es­co­jas una, pe­ro si te tu­vie­ran que re­cor­dar por una pe­lí­cu­la, ¿cuál di­rías?

—Una no te po­dría de­cir. Se­ría un agra­vio com­pa­ra­ti­vo des­de La fa­mi­lia y uno

más has­ta la última, que es­tá a pun­to de es­tre­nar­se, to­das —y cla­ro que las hay me­jo­res y otras que son bas­tan­te ma­las—, son mis películas.

—En una oca­sión di­jis­te que el mo­men­to de ir a ro­dar tu pri­me­ra pe­lí­cu­la fue el más fe­liz de tu vi­da. ¿Se ha vuel­to a re­pe­tir? ¿Ha ha­bi­do al­gún otro mo­men­to que com­pi­ta con ese?

—Bueno, de mi vi­da no. Ese ha si­do el mo­men­to más emo­cio­nan­te de mi ca­rre­ra pro­fe­sio­nal, fue la le­che. En la vi­da

ya han pa­sa­do otras co­sas.

—Ha­blan­do de la vi­da, con to­do lo co­no­ci­do que eres tú sa­be­mos muy po­co de la tu­ya. ¿Es una puer­ta que no abres?

—Cla­ro, es que me pa­re­ce obs­ceno. Bueno, allá ca­da uno ¿eh?, que yo no me me­to en la vi­da de na­die. Que ca­da uno ma­ne­je su vi­da como le dé la ga­na. Yo soy ac­tor y a par­tir de ahí, por mi tra­ba­jo to­do lo que se pue­da, pe­ro mi vi­da es mi vi­da y ahí se ha aca­ba­do. Ahí no en­tra ni Dios.

—¿Qué fue pa­ra ti Alfredo Lan­da?

—Nos en­con­tra­mos en el año 60, cuan­do em­pe­zá­ba­mos. Era como un her­mano pa­ra mí. Si no hu­bie­se coin­ci­di­do con él yo hu­bie­ra te­ni­do mi ca­rre­ra, pe­ro lo que no ha­bría te­ni­do es a uno de los ami­gos más que­ri­dos de los que he te­ni­do la suer­te de dis­fru­tar.

—¿Te re­co­no­ces en aquel chi­co de Chin­chón que se mu­dó a Ma­drid? ¿Qué per­ma­ne­ce de él?

—To­do, to­do. Pro­cu­ro no des­cui­dar­le ni per­der­le de vis­ta. Bueno, to­do no por­que con los años se­ría un ta­ra­do si uno pen­sa­ra que el tiem­po no ha pa­sa­do. Pe­ro le ten­go una fi­de­li­dad to­tal y ca­da vez que me pon­go de­lan­te de una cá­ma­ra o sal­go a un es­ce­na­rio yo echo mano del crío que fui. Y po­bre de aquel que pier­da de vis­ta al crío que fue. Le ten­go un gran res­pe­to, un gran ca­ri­ño y me lle­vo muy bien con él.

—Es­tá cla­ro que eres fiel a tu pa­sa­do.

—Yo soy me­mo­ria, y en­tre otras co­sas creo que no se tra­ta de ir tam­po­co mi­ran­do to­do el ra­to ha­cia atrás por­que te pe­gas con las fa­ro­las y tam­bién hay que mi­rar ha­cia de­lan­te. Pe­ro yo soy in­ca­paz de dar un pa­so ha­cia de­lan­te sin sa­ber muy bien de dón­de ven­go. Eso lo ten­go muy pre­sen­te. Yo sé que le de­bo un agra­de­ci­mien­to per­ma­nen­te a to­dos los que han con­fia­do en mí. Ol­vi­dar­los se­ría una co­sa in­de­sea­ble.

—¿Se ha­cen me­jo­res películas aho­ra?

—Nun­ca ha ha­bi­do épo­ca en la que se ha­yan he­cho me­jo­res ni peo­res películas. Es cier­to que ha cam­bia­do el so­por­te, han cam­bia­do las ten­den­cias y ha cam­bia­do la in­fluen­cia. Las sa­las de ci­ne se trans­for­man, se cie­rran, se con­vier­ten en otra co­sa. El pro­duc­to aho­ra lo ves a tra­vés de In­ter­net, a tra­vés de un mó­vil. Eso ha mo­di­fi­ca­do la ce­re­mo­nia, el ri­to de la asis­ten­cia a la sa­la. Se ha desa­cra­li­za­do.

—Tam­bién in­flui­rá el pre­cio de la en­tra­da y el 21 % de IVA, ¿o no?

—De to­das ma­ne­ras lo del pre­cio del ci­ne la gen­te se lo gas­ta en gam­bas, no nos en­ga­ñe­mos. En gam­bas, en ir al fútbol o en otras co­sas. El 21 % a quien le jo­ro­ba vi­vo es a no­so­tros, por­que es lo que te des­cuen­tan.

—¿Se­gui­mos sin mó­vil e In­ter­net?

—Si­go igual. Me lo pue­do per­mi­tir por­que lo tie­ne mi mu­jer, que es quien me lle­va la agen­da. Si no, no ten­dría más re­me­dio que clau­di­car. Yo no ten­go mó­vil y eso de In­ter­net no sé ni có­mo fun­cio­na. No lo di­go por na­da ra­ro, sim­ple­men­te por co­mo­di­dad. No ten­go na­da en con­tra de los mó­vi­les por­que se­ría una co­sa de tro­glo­di­ta, pe­ro ten­go otras que ha­cer y no ten­go mó­vil ni pien­so te­ner­lo.

Ca­da vez que sal­go al es­ce­na­rio echo mano del crío que fui [...] Soy in­ca­paz de dar un pa­so ade­lan­te sin sa­ber muy bien de dón­de ven­go. Lo ten­go muy pre­sen­te”

FO­TO: JUAN HE­RRE­RO / EFE

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