No al fútbol; sí al rug­bi

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - ¡QUÉ CO SAS! - FER­NAN­DA TA­BA­RÉS DI­REC­TO­RA DE V TE­LE­VI­SIÓN

El acon­te­ci­mien­to de­por­ti­vo más in­tere­san­te de los úl­ti­mos tiem­pos no fue uno de los inevi­ta­bles par­ti­dos de fútbol que a dia­rio ato­si­gan el calendario; ni si­quie­ra el úl­ti­mo Pe­ris­co­pe de Pi­qué. El par­ti­do más su­ges­ti­vo en años te­nía lu­gar el fin de se­ma­na pa­sa­do en Va­lla­do­lid y en­fren­tó a dos equi­pos lo­ca­les y des­co­no­ci­dos pa­ra ca­si to­do el mun­do, el VRAC Que­sos y el Sal­va­dor, en una Co­pa del Rey que abrió te­le­dia­rios a pe­sar de que lo que se dispu­taba en el cam­po era úni­ca y ex­clu­si­va­men­te rug­bi. Acu­dió gen­te des­de Ou­ren­se has­ta Se­vi­lla, en el pal­co estuvo Fe­li­pe VI y por unas ho­ras se ha­bló de los va­lo­res sin­gu­la­res de una dis­ci­pli­na de vi­lla­nos ju­ga­da por ca­ba­lle­ros que pa­ra sus ar­do­ro­sos se­gui­do­res re­pre­sen­ta lo con­tra­rio del de­por­te na­cio­nal. Al­gún afi­cio­na­do, de esos que se mo­ri­rá sien­do ju-ga-dor-de-rug-bi (y es­to hay que de­cir­lo como el que se sien­te por den­tro re­pu­bli­cano o fe­mi­nis­ta o de Ou­ren­se, es de­cir, no es una cir­cuns­tan­cia sino una esen­cia) dri­bla a dia­rio con la pe­no­sa cir­cuns­tan­cia de edu­car a un hi­jo sub­yu­ga­do por el ba­lom­pié a quien no re­nun­cia a en­de­re­zar ha­cia la sen­da co­rrec­ta cuan­do el pa­so del tiem­po ha­ga su tra­ba­jo en la ma­du­rez del pe­que­ño.

La cues­tión es que el anó­ma­lo lu­gar concedido en la pa­rri­lla del día a es­te par­ti­do de rug­bi es una de las prue­bas de que, ade­más de nue­va po­lí­ti­ca, o coin­ci­dien­do con ella, en la so­cie­dad es­pa­ño­la se es­tán im­plan­tan­do al­gu­nos usos nue­vos que con­vie­ne ad­ver­tir. Pue­de que sean flor de un día pe­ro ahí va una apro­xi­ma­ción.

. El fútbol, qué pe­re­za. Co­rrup­ción, vio­len­cia, hor­te­ra­das, anal­fa­be­tis­mo, su­bli­ma­ción de la os­ten­ta­ción... No es que va­ya a de­jar de ser lo que es, pe­ro el fútbol se ha con­ver­ti­do en un de­por­te po­co re­co­men­da­ble, una es­pe­cie de mal inevi­ta­ble que sa­tis­fa­ce a las ma­sas pe­ro del que mu­chos re­nie­gan en pú­bli­co aun­que lo con­su­man en pri­va­do. No es ca­sua­li­dad que Pa­blo Igle­sias re­ga­la­ra a Pe­dro Sán­chez un li­bro de ba­lon­ces­to. Po­de­mos sa­be de ges­tos y men­sa­jes su­bli­mi­na­les y evi­tar el fútbol es uno de ellos.

. Te­le­gram. Si us­ted no tie­ne ins­ta­la­do en su te­lé­fono es­ta apli­ca­ción de men­sa­je­ría ins­tan­tá­nea es que no es­tá en la po­ma­da. El What­sApp es vie­juno. El ex se­cre­ta­rio ge­ne­ral de Po­de­mos en Ga­li­cia, Breo­gán Rio­boo, fue ex­pul­sa­do del pa­raí­so de la nue­va po­lí­ti­ca cuan­do fue des­pa­cha­do del gru­po de es­ta red fun­da­da por un ru­so.

. No ta­co­nes. Va­rios años des­pués de vi­vir en­ca­ra­ma­das al Eve­rest, vuel­ve el za­pa­to plano. Cuan­to más feo, más bo­ni­to.

. Cur­vies. Ve­re­mos si la ten­den­cia se con­so­li­da pe­ro de mo­men­to ya ha ser­vi­do pa­ra tam­ba­lear el reino de la anore­xia. Lo que em­pe­zó como anéc­do­ta se ha con­ver­ti­do en afi­ción. Hoy no pa­sa un día sin que una gran ca­be­ce­ra de mo­da o un pro­gra­ma de te­le­vi­sión re­fie­ra que se pue­de es­tar re­lle­na, que in­clu­so se pue­de es­tar gor­da, y ser be­lla. Qui­zás de­trás de to­do es­to so­lo ha­ya una es­tra­te­gia co­mer­cial pa­ra ven­der más, pe­ro ver un reportaje de una se­ño­ra im­po­nen­te lle­na de cur­vas como re­fe­ren­te de be­lle­za es muy tran­qui­li­za­dor.

. Mú­si­ca elec­tró­ni­ca. Me­nos pop y más sin­te­ti­za­do­res. Los más mo­der­nos del lu­gar es­cu­chan a gen­te como Flu­zo o El ni­ño de El­che.

. Me­jor, de apar­ta­men­to. No es una cues­tión de dis­po­ni­bi­li­dad eco­nó­mi­ca. De he­cho hay quien tie­ne la cuen­ta co­rrien­te de un ban­que­ro y eli­ge es­ta op­ción. Pa­ra via­jar, hoy, lo que se lle­va es ir de apar­ta­men­to y no de ho­tel. El cre­ci­mien­to de pla­ta­for­mas como Airbnb así lo in­di­can. Pa­ra te­rror de la hos­te­le­ría tra­di­cio­nal. Un da­to. Coin­ci­dien­do con la es­pe­luz­nan­te cri­sis de los re­fu­gia­dos y el omi­no­so si­len­cio de las ins­ti­tu­cio­nes eu­ro­peas, el pro­yec­to de eco­no­mía co­la­bo­ra­ti­va li­de­ra­do por Sally Uren ha pues­to en mar­cha lo que ya se co­no­ce como el Airbnb de los re­fu­gia­dos, una red que po­ne en con­tac­to a los ciu­da­da­nos de la UE con las per­so­nas que hu­yen de la gue­rra y el ham­bre. Un mi­llar de per­so­nas se han in­vo­lu­cra­do ya en la ex­pe­rien­cia.

. Ma­rio Con­de. No es que el se­ñor de Cha­gua­zo­so sea un trendy man. Ni mu­chos me­nos. Pe­ro su de­ten­ción nos ha ser­vi­do pa­ra cons­ta­tar que esa dé­ca­da de la que tan­to re­ne­ga­mos en los no­ven­ta y en los dos mil vuel­ve a es­tar aquí. El día que Con­de in­gre­só en So­to del Real mu­chos pen­sa­ron que se ha­bían co­la­do en la má­qui­na del tiem­po y que des­pués de Ba­nes­to se iba a ha­blar de la se­gun­da par­te de Re­gre­so al fu­tu­ro y de las hom­bre­ras de Tino Casal. Por­que se­ño­res, sí, es ver­dad, los ochen­ta han vuel­to. Aten­tos.

FO­TO: NA­CHO GA­LLE­GO

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