He si­do la no­via tierna y en­can­ta­do­ra, pe­ro quie­ro más”

Nos li­bra de la ten­ta­ción del ol­vi­do en «Mi­gas de pan». «Con­tar la ver­dad de una his­to­ria cu­ra, aun­que due­la», di­ce Jus­ti­na Bus­tos. La chi­ca de «Vóley» lee a Sil­vi­na Ocam­po tras ro­dar «Los que aman, odian». «Te va a gus­tar», ase­gu­ra. La creo.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: ANA ABELENDA

Su­pa­pel en Vóley la con­vir­tió en la ac­triz re­ve­la­ción en Ar­gen­ti­na. Pe­ro ella di­ce que no lo cree. «El 2015 fue una rue­da que no pa­ró». ¿Un año des­pués, có­mo lo ves? «Con ca­ri­ño. Me en­can­tó ha­cer el per­so­na­je de Vóley, era la chi­ca se­xi, pe­ro te­nía al­go... más», ase­gu­ra Jus­ti­na Bus­tos (Cór­do­ba, Ar­gen­ti­na, 1989). De es­treno con la pe­lí­cu­la de­nun­cia Mi­gas de pan, voz para las mu­je­res que fue­ron vio­la­das y tor­tu­ra­das por re­be­lar­se con­tra la dic­ta­du­ra mi­li­tar en Uru­guay, aca­ba de ro­dar Los que aman, odian. «Te va a gus­tar», di­ce. Le pi­do que me re­co­mien­de un li­bro y una se­rie. La pro­me­sa, de Sil­vi­na Ocam­po. Y en se­ries, Mad Men y Stranger Things. ¿Qué nos di­rías de ti? «Po­dría de­cir que soy va­lien­te, ho­nes­ta, a ve­ces muy dra­má­ti­ca, y obs­ti­na­da. Pue­do de­cir mu­chas co­sas o re­su­mir».

—A los 6 años te es­tre­nas­te co­mo ac­triz mar­cán­do­te un Oli­via New­ton-John, un «Grea­se». ¿Re­cuer­das có­mo fue?

—Ten­go un re­cuer­do muy lin­do. Fue el prin­ci­pio. Nos ha­bía­mos ido de via­je con mi fa­mi­lia. A la tar­de mis pa­dres me de­ja­ban en la guar­de­ría del ho­tel, don­de nos po­nían a ha­cer obras de tea­tro y mu­si­ca­les. El re­cuer­do má­xi­mo es la sen­sa­ción de li­ber­tad y fe­li­ci­dad. Ahí al­go des­per­tó. Y fue a más. En ca­sa em­pe­cé a mon­tar obras, has­ta co­bra­ba en­tra­das. Para Na­vi­dad pre­pa­rá­ba­mos un show con las can­cio­nes de Ma­riah Ca­rey. Me acuer­do de que me po­nía los ves­ti­dos de mi ma­dre. Yo es­to siempre lo vi­ví co­mo al­go fa­mi­liar, pe­ro al prin­ci­pio no lo veía co­mo al­go que pu­die­se ha­cer de más gran­de, no pen­sé que po­día ser una pro­fe­sión.

—¿Por qué?

—En la ciu­dad don­de vi­vo, don­de vi­vía [Cór­do­ba], no ha­bía se­ries ni ac­to­res co­mo los que yo veía en la te­le. Pe­ro una vez me fui de via­je a Nue­va York y me cru­cé con un gru­po de ami­gas por­te­ñas, de Bue­nos Ai­res, que es­tu­dia­ban can­to, tea­tro... Yo es­tu­dia­ba en­ton­ces His­to­ria del Ar­te, y me acuer­do de pen­sar: «¡Pe­ro por qué no es­ta­ré en es­to?, si es lo que real­men­te me gus­ta».

—¿Qué edad te­nías?

—Ya ha­bía ter­mi­na­do el co­le­gio. A los 17 me fui vi­vir a Bue­nos Ai­res. So­la.

—Te de­ci­dis­te pron­to a vo­lar.

—La de­ci­sión la ha­bía to­ma­do de muy chi­ca. Gra­cias a ese via­je a Bue­nos Ai­res, fue­ron va­rias co­sas las que pa­sa­ron, y me in­flu­ye­ron en de­di­car­me a lo que a mí me gus­ta. Vol­ví, de­jé la ca­rre­ra y em­pe­cé a ins­truir­me en bai­le, a dar cla­ses de can­to, de tea­tro… Pen­sa­ba que era un hobby. Pe­ro aquí es­toy, aquí si­go, ¡dis­fru­tán­do­lo!

—¿Sen­sa­ción de vi­vir en un sue­ño?

—Es­toy vi­vien­do mi sue­ño.

—Pe­ro es un sue­ño que a ve­ces te qui­ta el sue­ño. ¿So­ñar re­quie­re es­fuer­zo?

—To­tal­men­te. De­di­co mu­cha energía a es­to, y el cuer­po pa­sa fac­tu­ra. Ha­ce po­co ter­mi­na­ba un ro­da­je de dos me­ses en Bue­nos Ai­res y me es­ta­ba ya su­bien­do en un avión a Gijón para pre­sen­tar Mi­gas de pan. Es­to es al­go que siempre so­ñé, pe­ro que tie­ne su par­te de gran es­fuer­zo.

—«No quie­res ser la no­via tierna y fres­ca», leo. ¿Ci­ta li­te­ral?

—Bueno... he si­do la no­via tierna y me ha en­can­ta­do. Pe­ro a mí no me gus­ta en­ca­si­llar­me, li­mi­tar­me. Quie­ro más, vi­vir mu­chas vi­das, ser mu­chas per­so­nas, un ase­sino, una gue­rre­ra... Via­jar a otras épo­cas. Lo lin­do es el jue­go.

—¿Te ha mar­ca­do mu­cho el fí­si­co?

—Tie­ne sus pros. He si­do la no­via en­can­ta­do­ra, y en es­to me abrió la puer­ta, pe­ro no quie­ro que­dar­me ahí. Los úl­ti­mos pa­pe­les que me han to­ca­do tie­nen más. Es­toy con­ten­ta. Aun­que una vez un di­rec­tor, ami­go ade­más, me di­jo: «Vos sos muy lin­da para que te dé es­te per­so­na­je». ¿Pe­ro sa­bés lo que ha­go? Me que­do ca­lla­di­ta y pien­so «Ya vas a ver».

—En «Mi­gas de pan» in­ter­pre­tas a Li­lia­na Pe­rei­ra, Li­la, una mu­jer obli­ga­da a ele­gir en­tre su hi­jo y sus ideas. ¿Qué ha su­pues­to para ti «vi­vir» es­ta ex­pe­rien­cia lí­mi­te?

—Fue un per­so­na­je que me gus­tó mu­cho ha­cer. Li­la es una mu­jer muy fuer­te, va­lien­te. Es mu­chas mu­je­res. Mi­gas de pan es la pri­me­ra pe­lí­cu­la que ha­bla so­bre es­tas mu­je­res [pre­sas po­lí­ti­cas de la dic­ta­du­ra en Uru­guay], ba­sa­da en ca­sos reales.

—¿Qué va­lor tie­ne la voz, fe­me­ni­na plu­ral, en «Mi­gas de pan»?

—Aquí las mu­je­res tie­nen un pa­pel pro­ta­gó­ni­co. No de acom­pa­ñar.

—¿Es di­fe­ren­te la mi­ra­da de la mu­jer so­bre la his­to­ria?

—Sí. Las mu­je­res ve­mos otras co­sas, sen­ti­mos dis­tin­to. Creo yo...

—¿Se pue­de pa­sar pá­gi­na cuan­do se ha in­fli­gi­do tan­to opro­bio y tan­to do­lor?, ¿có­mo cu­ra con­tar­lo?

—Aún no po­de­mos pa­sar pá­gi­na, ahí es­tá la de­nun­cia. Pe­ro con­tar la his­to­ria res­ca­ta la hu­ma­ni­dad y el va­lor de esas mu­je­res. En la pe­lí­cu­la, una ex­pre­sa se me acer­có y di­jo: «Al prin­ci­pio no que­ría ve­nir a ver­la. Pe­ro es­ta es la se­gun­da vez que ven­go. Me ha he­cho bien». Con­tar la ver­dad de una his­to­ria sí cu­ra. Aun­que tam­bién due­la.

—Ce­ci­lia Roth te pi­dió que com­par­tie­seis el per­so­na­je de Li­la en «Mi­gas de pan». ¿Có­mo fue?

—¡Un re­ga­lo!, al­go que no voy a ol­vi­dar nun­ca. Es­tá­ba­mos ha­cien­do la se­rie His­to­ria de un clan. Ella se acer­có, me aga­rró y me di­jo: «Mi­ra, Jus­ti­na, me lle­gó un guion que me gus­tó mu­cho. Y hay una par­te del per­so­na­je que me gus­ta­ría que hi­cie­ses vos. Te veo ha­cién­do­lo».

—¿Te pa­re­ces a Ce­ci­lia Roth?

—Di­cen que te­ne­mos al­go. No sé si es al­go cor­po­ral o al­go que no se ve y com­par­ti­mos. Creo que so­mos las dos más si­len­cio­sas que para fue­ra.

—¿Chino Darín o su pa­dre?

—Ja­ja­ja. Pri­me­ro es­tá el pa­dre, pe­ro Chino es al­guien que te que­da. En el al­ma. Chino tie­ne otra co­sa di­fe­ren­te que ofre­cer. Yo les di­go que en es­te ca­so no va a ha­ber pa­dre e hi­jo, sino dos gran­des ac­to­res.

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