La so­ber­bia me ha ayu­da­do co­mo mo­tor en la vi­da”

¿Por qué no ha­cer de los pe­ca­dos vir­tud? So­bre ello re­fle­xio­na «Ha­bla­rán de no­so­tras», el pri­mer li­bro de no fic­ción de San­dra Bar­ne­da. En él, la pre­sen­ta­do­ra ha­ce un re­co­rri­do por las vi­das de 17 mu­je­res que na­da­ron a con­tra­co­rrien­te.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: BEA­TRIZ PÉ­REZ

Hi­llar­yC­lin­ton, Cleo­pa­tra, Ma­don­na, Édith Piaf o Vir­gi­nia Woolf son so­lo cin­co de las 17 bio­gra­fías de mu­je­res trans­gre­so­ras que San­dra Bar­ne­da (Bar­ce­lo­na, 1975) re­co­ge en su li­bro Ha­bla­rán de no­so­tras (Agui­lar). La mo­de­ra­do­ra de los de­ba­tes de

Gran Her­mano VIP y Su­per­vi­vien­tes, ade­más de pre­sen­ta­do­ra del talk show Ha­ble

con ellas, ofre­ce aho­ra su per­so­nal pun­to de vis­ta so­bre los sie­te pe­ca­dos ca­pi­ta­les y ex­pli­ca por qué las pro­ta­go­nis­tas de su li­bro pe­ca­ron.

—«Ha­bla­rán de no­so­tras» es tu pri­mer li­bro de no fic­ción. ¿Có­mo na­ció?

—Sí. Es una idea an­te­rior a la te­tra­lo­gía que es­toy ha­cien­do de vien­to, tie­rra, agua y fue­go. Siem­pre me ha gus­ta­do mu­cho el te­ma de los pe­ca­dos ca­pi­ta­les y las bio­gra­fías de mu­je­res.

—¿Por qué ele­gis­te a es­tas 17 mu­je­res?

—Eran mu­je­res que a mí me gus­ta­ron des­de siem­pre. To­das fue­ron in­com­pren­di­das y trans­gre­die­ron sus pro­pios lí­mi­tes pa­ra con­se­guir ha­cer lo que desea­ban. La idea ori­gi­nal era in­tro­du­cir la bio­gra­fía de sie­te mu­je­res en ca­da pe­ca­do ca­pi­tal, pe­ro al fi­nal tu­ve que des­car­tar mu­chas.

—Di­ces que el li­bro tra­ta de que la pa­la­bra «pe­ca­do» no ten­ga una con­no­ta­ción ne­ga­ti­va, lo cual es com­pli­ca­do por­que es un con­cep­to que viene de la tra­di­ción cris­tia­na. ¿Có­mo lo en­fo­ca­mos?

—Hay que su­pe­rar esas tra­di­cio­nes y, so­bre to­do, ex­tir­par la cul­pa. Igual que la Igle­sia hi­zo muy bien en con­ver­tir tra­di­cio­nes pa­ga­nas en sus cos­tum­bres, con el te­ma de los pe­ca­dos ca­pi­ta­les me pre­gun­to por qué no pue­den im­pri­mir ca­rác­ter. ¿Por qué nos sen­ti­mos pe­ca­do­res en vez de vir­tuo­sos? ¿Por qué no pue­des re­co­no­cer­te en mo­men­tos en que sien­tes en­vi­dia? Eso te ha­ce hu­mano.

—Hu­mano sí, pe­ro no bueno. ¿O sí?

—Yo creo que la en­vi­dia tam­bién es bue­na, es sa­na. Siem­pre y cuan­do pon­gas lí­mi­tes. Mu­chas ve­ces po­la­ri­za­mos de­ma­sia­do, sin em­bar­go en reali­dad exis­ten mu­chas to­na­li­da­des de gri­ses. La vi­da exis­te en su com­ple­ji­dad y tra­ta­mos de re­du­cir­la a blan­co o ne­gro. Lo mis­mo pa­sa con los pe­ca­dos ori­gi­na­les. Por eso yo es­ta­blez­co es­te jue­go y de­ci­do ha­blar de mu­je­res, por­que la mu­jer ha si­do la pe­ca­do­ra ori­gi­nal. Na­rro las bio­gra­fías de 17 mu­je­res que pa­ra mí fue­ron a ve­ces ma­len­ten­di­das o so­cial­men­te cri­ti­ca­das y te pre­gun­to: «¿Qué son pa­ra ti? ¿Pe­ca­do­ras o vir­tuo­sas?».

—Son mu­je­res que, qui­zás sin ha­cer uso de la ban­de­ra del fe­mi­nis­mo, su­pu­sie­ron al­go di­fe­ren­te en su épo­ca.

—Es que, co­mo mu­chos con­cep­tos re­la­cio­na­dos con la mu­jer, creo que el fe­mi­nis­mo es­tá mal en­ten­di­do. No pue­de ser con­si­de­ra­do igual al ma­chis­mo. El ma­chis­mo na­ce de la no acep­ta­ción del otro gé­ne­ro, el fe­mi­nis­mo ha­bla de la igual­dad. En­ton­ces, ¿qué mu­jer, te pre­gun­to, no desea te­ner los mis­mos de­re­chos que los hom­bres?

—Qui­zás las que vo­tan a un hom­bre co­mo Do­nald Trump. ¿Vo­tar a Trump tam­bién es pe­car?

—Vo­tar es una vir­tud, creo que hay que vo­tar y que se ten­dría que ha­ber vo­ta­do más por­que el ín­di­ce de par­ti­ci­pa­ción fue tris­tí­si­mo. Vo­tar a Do­nald Trump es una tra­ge­dia, co­mo lo es vo­tar a cual­quier ra­di­ca­lis­mo, al­go que es­tá im­pe­ran­do.

—Ase­gu­ras que el li­bro es una re­fle­xión so­bre el pa­pel que desem­pe­ña l mu­jer en di­fe­ren­tes épo­cas. ¿Re­pre sen­ta esa vic­to­ria de Trump un pas atrás en es­te re­co­rri­do de años?

—Ve­re­mos qué ocu­rre. Su vic­to­ria e a prio­ri, un error. Creo que lo que ha que leer es que los que nos han go­be na­do en los úl­ti­mos 20 años no lo ha he­cho muy bien por­que es­ta­mos vi­vien do una desafec­ción del es­ta­blish­ment.S ha­bla de gen­te nue­va. Creo tam­bié que en el mo­men­to en que ha­ble­mo de se­res hu­ma­nos, evi­tan­do co­le­ti­lla del ti­po «las mu­je­res sois» o «los hom bres sois», vi­vi­re­mos en una so­cie­da un po­co más li­bre.

—¿Con qué pe­ca­do y con qué mu­je te iden­ti­fi­cas más?

—El pe­ca­do de la so­ber­bia me ha ayu da­do mu­cho, aun­que di­ce la Igle­sia qu es el peor de to­dos. Por­que en al­gu­na oca­sio­nes me han di­cho «Tú no pue des» y yo he res­pon­di­do «¿Ah, sí? Bue no, eso lo di­ces tú». La so­ber­bia me h ayu­da­do co­mo mo­tor. Por ejem­plo, de jar de fu­mar fue un ac­to de so­ber­bi de or­gu­llo. Na­die con­fia­ba en mí. Po eso no lo veo co­mo pe­ca­do, sino com vir­tud. En cuan­to a ellas, es di­fí­cil ele gir. Con to­das he apren­di­do, me he pe lea­do, me he emo­cio­na­do y las he te mi­na­do ad­mi­ran­do.

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