Yo nun­ca me sal­to la leal­tad a un ami­go”

Jorge es al ci­ne lo que el ci­ne es a Jorge, des­de que a los 9 años pro­ta­go­ni­zó «Va­len­ti­na». To­do es­te tiem­po ha es­ta­do arri­ba y aba­jo va­rias ve­ces. ¿Quién eres?, le pre­gun­ta­mos. «Jorge Sanz es uno al que le pa­san co­sas con­ti­nua­men­te», ase­gu­ra.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: ANA MON­TES

Lea­ca­ban de co­mu­ni­car que le que­dan 90 mi­nu­tos de vi­da. Una ho­ra y me­dia de ple­na li­ber­tad pa­ra de­cir to­do lo que pien­sa. Tiem­po es la obra tea­tral que es­con­de es­ta tra­ma que sube a Jorge Sanz (1969) al es­ce­na­rio del Teatro Co­fi­dís Al­cá­zar de Ma­drid ba­jo la ba­tu­ta de Ra­mon Fon­tse­rè, di­rec­tor de Els Ju­glars, y la au­to­ría de Quim Mas­fe­rrer. Y es la obra que lo rein­ven­ta co­mo ac­tor. De mo­men­to, ha sa­li­do al res­ca­te de Fer­nan­do True­ba y La rei­na de Es­pa­ña, «una se­gun­da par­te me­jor que la pri­me­ra» que, sin em­bar­go, ha si­do boi­co­tea­da pa­ra di­bu­jar «una cor­ti­na de hu­mo», di­ce.

—¿Las se­gun­das par­tes son bue­nas en el ci­ne?

—Se­gún quien las ha­ga. Pe­ro en el ca­so de La rei­na de Es­pa­ña, es­ta se­gun­da par­te ha si­do me­jor que la pri­me­ra. To­dos con la edad es­ta­mos me­jor. En los ac­to­res es al­go muy evi­den­te, in­clu­yen­do a Fer­nan­do True­ba, que es­tá en es­ta­do de gra­cia en es­ta pe­lí­cu­la.

—Pe­ro ha sa­li­do mal pa­ra­da por el boi­cot a la cin­ta ba­jo la eti­que­ta #boi­co­taT­rue­ba en re­pul­sa a ese «no me sien­to es­pa­ñol ni cin­co mi­nu­tos» que pro­nun­ció al re­co­ger el Pre­mio Na­cio­nal de Ci­ne­ma­to­gra­fía el año pa­sa­do.

—Se ha plan­tea­do una ma­ni­pu­la­ción política con La rei­na de Es­pa­ña, cuan­do lo úni­co pre­ten­di­do era en­tre­te­ner a la gen­te, que se da­rá cuen­ta de que las de­cla­ra­cio­nes de Fer­nan­do agra­de­cien­do el pre­mio eran una bro­ma si las es­cu­chan com­ple­tas. Nos han he­cho en­ten­der que es an­ti­es­pa­ñol y es el tío más pa­trio­ta que co­noz­co. Con 16 años, cuan­do em­pe­za­ba a ga­nar di­ne­ro, me di­jo que los im­pues­tos eran el me­jor in­ven­to de la so­cie­dad por­que gra­cias a ellos te­nía­mos sa­ni­dad y edu­ca­ción, al­go que hoy no te­ne­mos.

—¿Ha si­do una cor­ti­na de hu­mo?

—To­tal­men­te. Es­pa­ña nun­ca ha­bía te­ni­do ter­tu­lias de­por­ti­vas los lu­nes y los mar­tes tan lar­gas. En el te­le­dia­rio de TVE te en­se­ñan a po­ner­te cre­mas hi­dra­tan­tes y a com­prar, a com­prar.

—En «La rei­na de Es­pa­ña» te la jue­gas por Holly­wood. ¿De­jas­te pa­sar ese tren?

—No me arre­pien­to de na­da. Es más, mis erro­res han si­do siem­pre po­si­ti­vos. Apren­des de ellos. Las bo­fe­ta­das vie­nen por al­go, sa­les re­for­za­do. En Holly­wood es­tu­ve con Aman­tes y Be­lle Epo­que

cuan­do ga­nó el Os­car. Te­nía ofer­tas pa­ra ha­cer de gua­te­mal­te­co, cu­bano, chi­cano, pe­ro esa in­dus­tria me pa­re­ce muy di­fí­cil. Es una jun­gla.

—En «Tiem­po» en­car­nas a un hom­bre con los mi­nu­tos con­ta­dos. Pa­sas por mu­chos es­ta­dos: odio, tris­te­za, ri­sa… ¿Cuál te ha lle­ga­do más al co­ra­zón?

—Más que un es­ta­do con­cre­to, me ha per­mi­ti­do ha­cer clic con el pú­bli­co, que es al­go que yo no ha­bía he­cho. Es iné­di­to pa­ra mí ver al pú­bli­co llo­ran­do en el pa­tio de bu­ta­cas.

—¿Qué quie­res mos­trar de ti aho­ra?

—Quie­ro te­ner una ca­rre­ra ho­mo­gé­nea y va­ria­da, que la gen­te cuan­do la mi­re en la dis­tan­cia vea que em­pe­cé de ni­ño y que aho­ra he da­do un sal­to al teatro y ya no ha­go teatro co­ral, más co­mer­cial, sino teatro de van­guar­dia, rom­pien­do la cuar­ta pa­red con­ti­nua­men­te.

—¿El ac­ci­den­te car­dio­vas­cu­lar que tu­vis­te te lle­vó a sen­tir que es­ta­bas en el bor­de, en el fi­lo de tu vi­da?

—La trom­bo­sis que tu­ve en la in­gle me cam­bió la vi­da. Yo siem­pre he lle­va­do una vi­da muy di­si­pa­da des­de los 16 años y me pa­só fac­tu­ra. Ha­bía dos ca­mi­nos: o ele­gir el «soy así y no cam­bia­ré» o de­cir: «Cha­val, tie­nes tres hi­jos y una pa­re­ja que te ado­ra». A mí me ha ve­ni­do muy bien. Yo re­co­mien­do mu­cho

una trom­bo­sis [bro­mea].

—¿Y aho­ra te cui­das a cuer­po de rey?

—Sí, pe­ro me gus­tan mu­cho las ri­sas, los ami­gos, co­mer bien. Cla­ro que he apren­di­do a dis­tin­guir lo que es im­por­tan­te y lo que no. La suer­te te pue­de cam­biar de un mi­nu­to a otro, pe­ro en la vi­da no se tra­ta de no te­ner pro­ble­mas. Cuan­tos más ten­gas y más com­pli­ca­da sea, me­jor. ¡Pa­ra cua­tro días que es­ta­mos aquí!

—Ha­blas de ami­gos. ¿Eres de los que no se sal­ta una ci­ta con ellos?

—Eso me lo pue­do sal­tar. Pue­do lla­mar y de­cir: «Oye, que no pue­do ir». Lo que no me sal­to es la leal­tad a un ami­go.

—¿Pue­des sal­tar­te el pro­to­co­lo de no fal­tar a una ci­ta de Na­vi­dad?

—La Na­vi­dad es­tá muy des­pres­ti­gia­da. Es una ce­le­bra­ción de­di­ca­da a la hu­mil­dad en que las co­sas ma­te­ria­les no son lo im­por­tan­te. Pe­ro se ha des­vir­tua­do de tal ma­ne­ra que han con­se­gui­do que a mí ya no me gus­te la Na­vi­dad. Te ha­blan de bon­dad pe­ro so­lo quie­ren que com­pre­mos. Ve­te a Áfri­ca: allí sí hay Na­vi­dad.

—En «Tiem­po» se ha­bla de to­do.

—Si eres un tío ele­gan­te y cor­tés, se pue­de ha­blar de to­do den­tro de los már­ge­nes que te mar­ca la edu­ca­ción que has te­ni­do, las bue­nas ma­ne­ras y el sa­ber que tu li­ber­tad aca­ba don­de em­pie­za la de los de­más.

—¿Es un buen mo­men­to pa­ra ser rea­lis­ta en el es­pec­tácu­lo? ¿Nos in­tere­sa la reali­dad a al­tas o ba­jas do­sis?

—¿Por qué no? La reali­dad nos in­flu­ye y ha si­do la fuen­te de ins­pi­ra­ción de poe­tas, ci­neas­tas, pin­to­res. Y la reali­dad siem­pre su­pera la fic­ción. Hay co­sas que si las cuen­tas en una pe­lí­cu­la na­die las cree­ría. Hay gen­te que ha­ce co­sas y gen­te que opi­na so­bre lo que ha­cen los de­más. Pe­ro la gen­te es más lis­ta de lo que creen nues­tros ges­to­res y cuan­do se da cuen­ta de que la ma­ni­pu­lan, no se de­ja.

—¿Te in­dig­na que di­gan que los ac­to­res lo pa­sáis muy bien co­mo ex­cu­sa pa­ra des­car­gar­se vues­tro tra­ba­jo? ¿Y hay al­gu­na otra cau­sa de re­cla­ma­ción co­mún en­tre los ac­to­res aho­ra?

—No sé, que ca­da uno di­ga lo que quie­ra. Yo no soy de cau­sas co­mu­nes. En es­te gre­mio es­ta­mos igual de di­vi­di­dos que en cual­quier otro. Los hay más lis­tos y me­nos pe­ro na-

die me pa­re­ce­rá peor por­que di­ga lo que pien­sa. Hay que juz­gar­le co­mo buen o mal ac­tor. Y eso es lo que la gen­te no en­tien­de.

—¿Cuál quie­res que sea el ti­tu­lar de tu vi­da?

—Ya hay va­rios de los que me he li­bra­do, co­mo «Jorge Sanz mue­re arro­lla­do por un ca­mión en las pla­yas de La Ha­ba­na en una Har­ley». Ese se­ría un buen ti­tu­lar [bro­mea]. El úl­ti­mo ti­tu­lar es fun­da­men­tal.

—Pe­ro ¿te gus­ta­ría uno así?

—Bueno, no me gus­ta­ría mo­rir­me ni así ni so­bre el es­ce­na­rio, pe­ro sí con las bo­tas pues­tas, tra­ba­jan­do en es­to por­que es lo úni­co que sé ha­cer. Yo he es­ta­do arri­ba y aba­jo. Pe­ro lo que he apren­di­do es que no hay que ve­nir­se arri­ba. Hay que mo­de­rar tu en­tu­sias­mo siem­pre, ven­gan crí­ti­cas bue­nas o ma­las. No eres un ge­nio por­que la gen­te se ría con­ti­go más que con otro, sino la pie­za de un en­gra­na­je en el que tie­nes la for­tu­na de es­tar.

—¿El ci­ne ha si­do tu me­jor es­cue­la de vi­da?

—Es la úni­ca que co­noz­co. Yo he te­ni­do dis­tin­tas edu­ca­cio­nes. Ven­go de una fa­mi­lia mi­li­tar, pe­ro he vi­vi­do en ho­te­les, de ni­ño fui a un fes­ti­val de Fi­li­pi­nas y me que­dé un año vi­vien­do allí... Me he cria­do via­jan­do y ha­cien­do pe­lí­cu­las por ahí, así que soy un po­co de to­dos la­dos.

—¿Hay que ser un po­co ac­tor pa­ra so­bre­vi­vir?

—Cla­ro, to­dos te­ne­mos nues­tro per­so­na­je. Ves­tir­te cuan­do sa­les a la ca­lle for­ma par­te del per­so­na­je que te gus­ta­ría ser. Lo que pa­sa es que uno no es lo que le gus­ta­ría ser, sino lo que real­men­te es. En el mo­men­to que asu­mes eso, la vi­da te es más fá­cil.

—¿Cuan­do no eres Jorge Sanz, quién eres?

—Uno que via­ja con es­te Jorge Sanz a cues­tas. Por­que Jorge Sanz es uno al que le pa­san co­sas con­ti­nua­men­te...

—¿De qué gé­ne­ro?

—Co­me­dia. Re­cien­te­men­te fui tren­ding to­pic en TV3 por los dis­tur­bios de Grà­cia, en Bar­ce­lo­na. Yo es­ta­ba es­pe­ran­do a que vi­nie­ran a bus­car­me al ho­tel pe­ro la pren­sa me pi­lló sen­ta­do en la si­lla de rue­das de la obra que es­ta­ba en­sa­yan­do allí y el re­por­te­ro me in­vo­lu­cró en los dis­tur­bios sin que­rer.

—¿Tie­nes imán en­ton­ces pa­ra es­te ti­po de si­tua­cio­nes?

—Es que me gus­ta mu­cho la gen­te. A mí la fa­ma en prin­ci­pio me su­pe­ra­ba y me crea­ba an­sie­dad. Pe­ro la fa­ma, cuan­do la gen­te se sa­be tu nom­bre, es un pri­vi­le­gio.

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