El te­lé­fono de mi chi­co no tie­ne con­tra­se­ña, pe­ro ja­más se lo co­ge­ría”

Su de­bi­li­dad no es el mó­vil co­mo en «Per­fec­tos des­co­no­ci­dos», la pe­li de Álex de la Igle­sia don­de in­ci­ta a otros a se­guir­le el jue­go. La su­ya son los vi­deo­jue­gos, el gu­sa­ni­llo que le me­tió su ma­ri­do, con quien pa­só por el al­tar en sep­tiem­bre. Así que tamb

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: ANA MON­TES

Se­po­ne en plan exu­be­ran­te y mal­cria­da (Tie­rra de lo­bos), y lo lle­va has­ta las úl­ti­mas con­se­cuen­cias. Tam­bién con la co­me­dia (El chi­rin­gui­to de Pe­pe) se en­tien­de bien. Se po­ne en plan naíf y bue­na chi­ca (Per­fec­tos des­co­no­ci­dos) y con­quis­ta el pa­pel. Ca­da per­so­na­je le ha ido abrien­do una nue­va puer­ta. Así que Daf­ne Fer­nán­dez (Ma­drid, 1985) pi­de más gue­rra y le gus­ta­ría en­car­nar a una an­ti­he­roí­na, a una vi­lla­na, a uno de esos per­so­na­jes reales que exis­ten en la vi­da y que no son los más ejem­pla­res ni los más ha­bi­tua­les en las pan­ta­llas es­pa­ño­las, di­ce la ac­triz de Un pa­so ade­lan­te, que en la nue­va pe­lí­cu­la de Álex de la Igle­sia re­fle­ja la hi­po­cre­sía que hay den­tro de las pa­re­jas. Mien­tras, se sien­te una cam­peo­na por te­ner tra­ba­jo, amor y una fa­mi­lia es­tu­pen­da, por ver la vi­da de co­lo­res por­que es op­ti­mis­ta por na­tu­ra­le­za, y por­que em­pe­za­rá el año es­tre­nan­do Do­rien, una web se­rie don­de ha­rá de no­via de una mu­jer, un thriller don­de se­rá muy en­vi­dio­sa. —En la pe­lí­cu­la tú eres la que pro­po­nes el jue­go del mó­vil. ¿Te gus­ta arras­trar en tu vi­da a los de­más? —Sí, me gus­ta sin que ten­ga una con­no­ta­ción ne­ga­ti­va. Me gus­ta que la gen­te par­ti­ci­pe, pe­ro no me gus­ta co­ti­llear en la vi­da aje­na por­que no me in­tere­san sus se­cre­tos. De he­cho, el te­lé­fono de mi chi­co no tie­ne con­tra­se­ña y po­dría co­ger­lo en cual­quier mo­men­to pe­ro ni lo he he­cho ni lo ha­ría. —¿Cuál es el jue­go más pe­li­gro­so al que has ju­ga­do nun­ca?

—I Am the Box, en el que pue­des ha­cer tra­tos con la gen­te y lue­go des­ha­cer­los. Esa es la par­te más pe­li­gro­sa del jue­go por­que la gen­te, cuan­do quie­re ga­nar, no tie­ne pa­la­bra. Yo soy su­per­com­pe­ti­ti­va y siem­pre quie­ro ga­nar, pe­ro creo que por en­ci­ma de to­do es­tá la éti­ca y la mo­ral. Así que es­te es el jue­go más pe­li­gro­so al que he ju­ga­do por­que he des­cu­bier­to co­sas que no sa­bía de los de­más. —En «Per­fec­tos Des­co­no­ci­dos» to­do gi­ra en torno al mó­vil. ¿Tú eres muy tec­no­de­pen­dien­te?

—Me ha to­ca­do vi­vir en una so­cie­dad don­de la tec­no­lo­gía, las re­des y el mó­vil es­tán muy pre­sen­tes y me ten­go que lle­var bien con to­do es­to por­que tam­bién es­tán li­ga­das a mi tra­ba­jo. Me to­ca wa­sa­pear bas­tan­te, pe­ro no me gus­ta y me can­sa mu­cho te­ner que con­tes­tar al ins­tan­te y es­tar co­nec­ta­da las 24 ho­ras del día. Así que in­ten­to uti­li­zar­lo lo me­nos po­si­ble por­que la gen­te que te es­cri­be te qui­ta mu­cho tiem­po.

—¿Ha com­pli­ca­do el mó­vil tu vi­da? —Sí, a ve­ces sí. Cuan­do es­toy con mi pa­re­ja y es­ta­mos los dos mi­ran­do el mó­vil me doy cuen­ta de la ton­te­ría que es­ta­mos ha­cien­do por­que cuan­do es­ta­mos los dos so­los te­ne­mos que apro­ve­char­lo. Hay que apren­der a in­cor­po­rar el mó­vil sin que nos per­ju­di­que, pe­ro aho­ra es­ta­mos em­pe­zan­do a en­ten­der es­to. Es­pe­ro que den­tro de unos años lo lle­ve­mos me­jor.

—¿Y tú qué ha­ces pa­ra des­co­nec­tar? —Lo prin­ci­pal pa­ra des­co­nec­tar es qui­tar­se el mó­vil y lue­go me gus­ta ir al ci­ne, leer o ju­gar a la Play. Soy muy ju­go­na y ca­da vez más.

—¿Y eso por qué? —Por­que mi ma­ri­do es muy ju­gón y me ha me­ti­do el gu­sa­ni­llo en el cuer­po y la ver­dad es que aho­ra hay unos vi­deo­jue­gos in­creí­bles que me tie­nen muy vi­cia­di­lla [ri­sas]. Con el que aho­ra es­toy más vi­cia­da es con el Ho­ri­zont de Play Sta­tion, pe­ro tam­bién me gus­ta Ma­rio Od­di­sey de Nin­ten­do y los Sim, que aca­bo de com­prar­me. —¿Pe­ro ya te­nías el gu­sa­ni­llo cuan­do eras pe­que­ña? —Sí, lo te­nía pe­ro con vi­deo­jue­gos más sen­ci­llos co­mo los de en­ca­jar pie­zas. Lue­go se me pa­só tan­to que in­clu­so odia­ba a la gen­te que ju­ga­ba a los vi­deo­jue­gos y tu­ve va­rias mo­vi­das con mi chi­co por­que ju­ga­ba mu­cho y yo no lo en­ten­día. Has­ta que un día me que­dé mi­rán­do­le ju­gar a un vi­deo­jue­go, me gus­tó y me en­gan­chó. —Otra pro­ta­go­nis­ta de la pe­lí­cu­la es la Lu­na. ¿A ti te afec­ta? —Sí, pe­ro creo que a to­dos. Se sue­le de­cir que a las mu­je­res más, pe­ro es men­ti­ra, y aun­que los chi­cos no tie­nen el ci­clo de la mens­trua­ción, que es un ci­clo fí­si­co, lo tie­nen psi­co­ló­gi­ca­men­te. Pe­ro no soy na­da lu­ná­ti­ca.

—¿Qué te sa­ca de qui­cio? —La hi­po­cre­sía y la in­jus­ti­cia. En mi vi­da no abun­dan, pe­ro sí en el am­bien­te que se res­pi­ra en la so­cie­dad y que prin­ci­pal­men­te fo­men­tan quie­nes nos go­bier­nan y las gran­des em­pre­sas. Si tra­tá­ra­mos a los de­más co­mo tra­ta­mos a nues­tra ma­dre, o si nos di­ri­gié­ra­mos a los de­más con el mis­mo res­pe­to con el que nos acer­ca­mos a quie­nes nos im­por­tan pro­fun­da­men­te, to­do se sim­pli­fi­ca­ría. —¿Qué tal con tus com­pa­ñe­ros de «Per­fec­tos des­co­no­ci­dos»? —Ha si­do un lu­jo des­de el pri­mer mo­men­to. Yo te­nía mu­cho mie­do por­que los ac­to­res que lle­van mu­cho tiem­po tie­nen sus ma­nías, sus for­mas de tra­ba­jar y sus egos. Ade­más yo era la jo­ven­ci­ta. Pe­ro ver a ca­da uno có­mo se en­fren­ta a ca­da es­ce­na ha si­do una cla­se dia­ria. Al­gu­nos de mis com­pa­ñe­ros no se fue­ron del per­so­na­je has­ta que no ter­mi­na­ron la pe­lí­cu­la, y otros, en cam­bio, eran ellos y, cuan­do da­ban ac­ción, se trans­for­ma­ban. Nos he­mos ayu­da­do mu­chí­si­mo y he des­cu­bier­to a gran­des per­so­nas y gran­des ami­gas. Las chi­cas fue­ron muy im­por­tan­tes en to­do es­te ro­da­je tan du­ro por­que es­tu­vi­mos dos me­ses en el mis­mo de­co­ra­do, co­mo en el día de la mar­mo­ta [ri­sas].

—¿Y con Álex? —Es un tío con mu­cha ener­gía y mu­cho rit­mo. Él ha si­do co­mo mi hom­bro de­re­cho y mi hom­bro iz­quier­do. Álex ha he­cho un pe­li­cu­lón, a su pe­sar, por­que pa­ra él es una pe­lí­cu­la que le en­car­gó Pao­lo Va­si­le ,y por eso di­ce que es una pu­tada que le ha­ya sa­li­do tan bien (ri­sas). Es un re­ma­ke de la ita­lia­na Per­fet­ti Sco­no­ciu­ti, muy bue­na tam­bién, pe­ro Álex la ha me­jo­ra­do y la ha abri­llan­ta­do lle­van­do a los per­so­na­jes al ex­tre­mo. —En la pe­lí­cu­la es­tás muy aca­ra­me­la­da con Eduardo No­rie­ga, tu pa­re­ja. ¿A ti tam­bién te gus­ta mos­trar cons­tan­te­men­te tu ca­ri­ño? —Sí, pe­ro no tan­to co­mo en la pe­li. So­mos tres pa­re­jas y que­ría que se di­fe­ren­cia­ra muy bien qué ti­po de pa­re­ja éra­mos, una pa­re­ja re­cién ca­sa­da, na­da que ver con la de Eduard Fer­nán­dez y Belén Rue­da que se ha­blan ca­si co­mo ami­gos ni con la de Er­nes­to Al­te­rio y Juan Acosta, que tie­nen sus di­fe­ren­cias pe­ro to­da­vía no lo han co­men­ta­do. Álex de la Igle­sia que­ría que se nos vie­ra aca­ra­me­la­dos to­do el ra­to así que yo me que­dé con la sen­sa­ción de ha­ber es­ta­do to­do el tiem­po pe­ga­da a Eduardo, pe­ro lue­go no lo pa­re­ce tan­to. —Lle­vas ca­sa­da so­lo des­de sep­tiem­bre. ¿Tie­nes al­gún an­tí­do­to pa­ra evi­tar caer en la ru­ti­na del ma­tri­mo­nio?

—No sé, pe­ro lle­vo años de no­via con mi ma­ri­do y el an­tí­do­to pa­ra que no se pier­da es re­gar el amor to­dos los días, co­mo a las plan­tas. Hay que es­tar pen­dien­te to­dos los días.

—¿Qué es lo que más yu­yu te da? —Del ma­tri­mo­nio en sí, na­da, pe­ro en la re­la­ción sí me preo­cu­pa que se pier­da la leal­tad y el res­pe­to. —¿Tú te hu­bie­ras uni­do a Ma­rio sin ha­ber pa­sa­do por el al­tar? —Sí, de he­cho esa era mi idea, pe­ro cuan­do me lo pro­pu­se fue lo me­jor. De re­pen­te apa­re­ció ese chi­co que te su­gie­re ha­cer es­tas co­sas que an­tes nun­ca te hu­bie­ras plan­tea­do. La ver­dad es que pen­sé que el ma­tri­mo­nio cam­bia­ría al­gu­nas co­sas en nues­tra re­la­ción y no ha si­do así, pe­ro es cier­to que me ha­ce sen­tir­me más se­gu­ra. Es un pa­so muy im­por­tan­te y da mu­cha se­gu­ri­dad que lo ha­ya­mos da­do. —¿Qué es lo que no le pe­di­rías nun­ca a tu pa­re­ja? — Que por mí de­ja­ra de ha­cer co­sas que le gus­ta­ran y que le hi­cie­ran fe­liz, por­que al fi­nal nos iba a re­per­cu­tir a am­bos.

—¿Có­mo lle­vas el fac­tor sor­pre­sa?

—Me en­can­ta­ría que me sor­pren­die­ran,

pe­ro nun­ca me pi­lla na­da de sor­pre­sa por­que siem­pre lo co­jo al vue­lo. Soy muy in­tui­ti­va y, ade­más, cual­quier co­sa fue­ra de tono o di­fe­ren­te me la hue­lo. Así que es muy di­fí­cil sor­pren­der­me. Pe­ro qui­zás me gus­ta más sor­pren­der a otros, por­que se me da muy bien. Me que­do con pe­que­ños de­ta­lles y en el mo­men­to me­nos es­pe­ra­do los uso pa­ra sor­pren­der. —¿Crees que las pa­re­jas de un gru­po de ami­gos sue­len com­pe­tir en­tre ellos por ser la me­jor? —Sí, aun­que no lo quie­ran ha­cer, lo ha­cen. Es al­go que no se ha­ce apos­ta. A to­dos nos gus­ta ser la me­jor pa­re­ja y lo que más sue­len ven­der es que tie­nen más po­der ad­qui­si­ti­vo, o que la me­cha to­da­vía es­tá en­cen­di­da, o que se or­ga­ni­zan muy bien en ca­sa… esas son las co­sas que la gen­te sue­le de­cir. —¿Te cues­ta com­par­tir se­cre­tos con tus ami­gos? —No, no me cues­ta guar­dar­me mis se­cre­tos. Soy muy bo­ca­zas. No me que­do con na­da nun­ca den­tro. Pe­ro no cuen­to lo que me cuen­tan y no me cues­ta ha­cer­lo. —¿En la vi­da eres más de ha­blar­lo to­do o te ha ido me­jor cuan­do te has ca­lla­do al­go? —Yo soy de las de ha­blar­lo to­do, pe­ro me he da­do cuen­ta a lo lar­go de mi vi­da de que hay ve­ces que hay que ca­llar­se, y de­be ha­ber co­sas de las que nun­ca ha­blar. Hay ve­ces que te sien­tes cul­pa­ble por al­go y lo más egoís­ta es con­tar­lo y pa­sar­le el mons­truo a otra per­so­na, pe­ro lo tie­nes que so­lu­cio­nar tú.

—¿En qué te sien­tes una cam­peo­na? —Me sien­to ga­na­do­ra en ge­ne­ral en mi vi­da, por­que vivo de mi tra­ba­jo y so­mos muy po­cos los ac­to­res que po­de­mos ha­cer­lo. Tam­bién ten­go es­ta­bi­li­dad emo­cio­nal, en­ton­ces tam­bién me sien­to una ga­na­do­ra en eso. Ade­más ten­go una fa­mi­lia in­creí­ble. He pa­sa­do por épo­cas en las que no te­nía na­da de lo que te es­toy di­cien­do, pe­ro aho­ra mis­mo me sien­to muy cam­peo­na. —¿Y en qué pro­yec­tos es­tás me­ti­da? —Lo úl­ti­mo que he gra­ba­do es una web se­rie pa­ra la pla­ta­for­ma de TVE, que se lla­ma Do­rien, y se es­tre­na­rá en enero, y a raíz de es­to es­pe­ro que sal­gan más co­sas. Do­rien es una fo­tó­gra­fa de éxi­to y yo soy su no­via, que la quie­re mu­cho pe­ro tam­bién es muy en­vi­dio­sa. Es un thriller dra­má­ti­co.

—¿Qué te ha mo­vi­do siem­pre a la ho­ra

de po­ner­te a tra­ba­jar? —Más que el per­so­na­je, me mue­ve la his­to­ria en ge­ne­ral, por­que es lo que más me in­tere­sa del guion. No ha ha­bi­do pa­pe­les o te­mas que me ha­yan va­li­do co­mo hi­lo con­duc­tor pa­ra es­co­ger los tra­ba­jos, por­que el hi­lo con­duc­tor soy yo co­mo in­tér­pre­te, pe­ro aho­ra me gus­ta­ría ha­cer otro ti­po de per­so­na­je dis­tin­to a los que ha­ce­mos en Es­pa­ña.

—¿De qué ti­po? —Aquí so­le­mos ten­der a que el per­so­na­je sea un hé­roe, que ha­ga el bien, que no ten­ga fa­llos en su vi­da; y me gus­ta­ría in­ter­pre­tar a al­guien que a lo me­jor sea ma­la per­so­na y no se sien­ta mal por ello, in­clu­so que fue­ra vul­ne­ra­ble, ese ti­po de per­so­na­je que ni in­ten­te sal­var­se siem­pre ni in­ten­te que­dar bien con el pú­bli­co. —¿Has­ta qué pun­to te tie­nes que des­nu­dar in­te­rior­men­te cuan­do pre­pa­ras un pa­pel? —Es­te es el pro­ce­so que más me gus­ta, por­que es cuan­do bus­co re­fe­ren­tes pa­ra no per­der el nor­te. Lo pri­me­ro que ha­go es sa­ber quién es el per­so­na­je y crear­le una vi­da, aun­que no lo pon­ga en el guion, pa­ra que me ayu­de a la ho­ra de in­ter­pre­tar. De ahí ex­trai­go su per­so­na­li­dad, que es lo que in­ten­to plas­mar lue­go.

—¿Có­mo te de­fi­ni­rías a ti mis­ma? —Soy una chi­ca tra­ba­ja­do­ra, dis­ci­pli­na­da, que ve la vi­da de co­lo­res y no en blan­co y ne­gro, que tie­ne sue­ños y que quie­re con­se­guir lo que le ha­ce fe­liz. —Eres su­per­fo­to­gé­ni­ca y yo me pre­gun­to si tie­nes al­gu­na fo­to ma­la. —Pues yo siem­pre creo que sal­go muy mal en las fotos, que no sé po­sar. Lo pien­so, de ver­dad. Y po­sar me pa­re­ce muy di­fí­cil. Cuan­do ten­go que ha­cer­me fotos ha­go: uff. Por eso ad­mi­ro a quien lo ha­ce bien. —Pe­ro tú tam­bién es­tás acos­tum­bra­da a ha­cer tra­ba­jos de mo­da. —Sí, de he­cho con ocho años em­pe­cé a ha­cer pu­bli­ci­dad por­que me gus­ta­ba el ar­te que eso con­lle­va, pe­ro lo de es­tar quie­te­ci­ta li­mi­tan­do mi ex­pre­sión cuan­do pue­do te­ner to­do el cuer­po o el mo­vi­mien­to co­mo cuan­do ha­cía ba­llet… Por eso en mi pri­mer cás­ting co­mo ac­triz vi cla­ra­men­te que ha­cien­do eso me sen­tía más có­mo­da.

—¿Si­gues bai­lan­do? —Yo era pro­fe­sio­nal y me ti­ra­ba diez ho­ras. Aho­ra me en­can­ta­ría po­ner­me tres ho­ras al día en una ba­rra de pun­tas, pe­ro es im­po­si­ble. Se­gu­ra­men­te mi cuer­po vol­ve­ría a acos­tum­brar­se, pe­ro ya so­lo me pon­go mú­si­ca con el to­ca­dis­cos y me vuel­vo lo­ca, aun­que no voy más allá. Uno de mis sue­ños re­cu­rren­tes es que bai­lo, aun­que pa­sé mu­chos do­lo­res cuan­do bai­la­ba y me do­lía la es­pal­da. —¿Y te va­mos a ver en al­gu­na cam­pa­ña de mo­da? —Pue­de ser [ri­sas]. Se­rá pa­ra ser ima­gen de al­go.

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