El bi­go­te que nun­ca se en­cres­pa

Vi­cen­te del Bos­que apu­ra la Eu­ro­co­pa con la se­re­ni­dad de siem­pre, co­mo si fue­se una más

La Voz de Galicia (Lugo) - - Eurocopa -

Ha­ce unos me­ses, el téc­ni­co sal­man­tino pu­bli­có un li­bro, «Ga­nar y per­der. La for­ta­le­za emo­cio­nal», en el que vier­te re­fle­xio­nes y pun­tos de vis­ta so­bre el fút­bol y la vi­da. Y en el úl­ti­mo ca­pí­tu­lo an­ti­ci­pa su más que pro­ba­ble adiós: «Si to­do se desa­rro­lla nor­mal­men­te, des­pués de la Eu­ro­co­pa de 2016 de­ja­ré la se­lec­ción y la fe­de­ra­ción. Tam­bién por una cues­tión de sa­lud. Se­rán ocho años co­mo se­lec­cio­na­dor y no es mi in­ten­ción afe­rrar­me al car­go». Aña­de, además, que los 65 años son una bue­na edad pa­ra cam­biar de ter­cio.

En el mis­mo li­bro ha­bla de la for­ta­le­za emo­cio­nal y ci­ta a Ki­pling pa­ra sub­ra­yar que «la vic­to­ria y la de­rro­ta son dos ti­ra­nos en la vi­da del hom­bre». Apues­ta por «afron­tar am­bas con la mis­ma in­di­fe­ren­cia» a tra­vés de la ca­pa­ci­dad pa­ra co­no­cer y ges­tio­nar las emo­cio­nes.

Sin du­da, pue­de pre­su­mir de un más que no­ta­ble au­to­con­trol. Bas­ta con re­vi­sar el ví­deo del gol de Inies­ta an­te Ho­lan­da, el que va­lió el tí­tu­lo mun­dial. La cá­ma­ra se va al pal­co y al ban­qui­llo. En am­bos es­ce­na­rios se desata el jú­bi­lo, pe­ro a pie de cam­po se pue­de ver una fi­gu­ra ado­sa­da a un bi­go­te que cie­rra los pu­ños a mi­tad de ca­mino en­tre la ti­mi­dez y la li­be­ra­ción. Ac­to se­gui­do, en otro plano, mue­ve las pal­mas de las ma­nos a un la­do y otro, sin as­pa­vien­tos, pa­ra in­di­car que aque­llo es­tá ca­si ter­mi­na­do. Y al aca­bar el par­ti­do es di­fí­cil en­con­trar­lo en el cen­tro de las ce­le­bra­cio­nes. Es, qui­zás, la ima­gen que me­jor de­fi­ne a Vi­cen­te del Bos­que, un téc­ni­co que rehú­ye los ex­ce­sos. Si aca­so, se le po­dría acha­car ex­ce­so de se­re­ni­dad, de me­su­ra, de sen­ci­llez. Y sa­be que es­tá, muy pro­ba­ble­men­te, an­te su úl­ti­ma eta­pa pro­fe­sio­nal.

Cual­quie­ra que sea el re­sul­ta­do en Fran­cia pue­de pre­su­mir de un pal­ma­rés car­ga­do de éxi­tos. Con el Real Ma­drid ga­nó dos Li­gas, dos Cham­pions, una Su­per­co­pa de Es­pa­ña, una Su­per­co­pa de Eu­ro­pa y una Co­pa In­ter­con­ti­nen­tal. Con la se­lec­ción, un Mun­dial y una Eu­ro­co­pa. La cuo­ta de va­ni­dad, si es que al­gu­na vez co­jeó por ese cos­ta­do, es­tá más que cu­bier­ta. Si al­guien cree re­cor­dar­lo sa­can­do pe­cho des­pués de una gran con­quis­ta, pro­ba­ble­men­te es­té equi­vo­can­do el ti­ro o el per­so­na­je.

Del Bos­que re­co­no­ce la in­fluen­cia que en él han ejer­ci­do dos de los en­tre­na­do­res que lo di­ri­gie­ron en su eta­pa co­mo ju­ga­dor en el Real Ma­drid, Bos­kov y Mo­lowny.

En su de­cá­lo­go del fút­bol se mues­tra siem­pre más par­ti­da­rio del diá­lo­go que del lá­ti­go. Y él mis­mo re­cuer­da al­gún epi­so­dio que ha te­ni­do que afron­tar y en el que op­tó por no echar ga­so­li­na al fue­go. En una oca­sión, en el Real Ma­drid, Fernando Mo­rien­tes es­tu­vo ca­len­tan­do en la ban­da ca­si to­da la se­gun­da par­te. A fal­ta de tres mi­nu­tos le in­di­có a To­ni Gran­de, su ayu­dan­te, que co­mu­ni­ca­se al de­lan­te­ro que iba a sa­lir. Y oyó la si­guien­te fra­se, de bo­ca del arie­te: «Di­le al bi­go­te que sal­ga él». En­ten­dió el ma­les­tar, qui­zás por­que an­tes que en­tre­na­dor fue fut­bo­lis­ta. Y le res­pon­dió: «Fernando, no sal­gas. No pa­sa na­da». Tam­bién apun­ta Del Bos­que que al día si­guien­te, a las nue­ve de la ma­ña­na, el ju­ga­dor es­ta­ba en su des­pa­cho pa­ra dis­cul­par­se.

El se­lec­cio­na­dor tie­ne la fir­ma con­vic­ción de que es me­jor «cau­ti­var y con­ven­cer que ate­mo­ri­zar». Y otra de sus má­xi­mas di­ce que «lo peor que pue­de ha­cer un en­tre­na­dor es im­po­ner dis­ci­pli­na en la de­rro­ta». Sin du­da, no es de los que apues­tan por la vic­to­ria a cual­quier pre­cio, de los que con­si­de­ran que el fin jus­ti­fi­ca los me­dios. Y lle­va ese ex­tre­mo a sub­ra­yar que «el éxi­to sin ho­nor es el ma­yor de los fra­ca­sos».

Su idea de fút­bol se adap­ta a las cir­cuns­tan­cias. En un plano teó­ri­co, y a la vis­ta de su tra­yec­to­ria, se di­ría que le gus­ta ju­gar con una lí­nea de cua­tro en de­fen­sa, dos an­clas en el me­dio cen­tro y un pen­sa­dor que dis­tri­bu­ya el jue­go, dos ex­tre­mos y un arie­te. Pe­ro eso no le im­pi­dió he­re­dar y res­pe­tar una se­lec­ción de Luis Ara­go­nés que sa­bía mas­ti­car el jue­go con pa­cien­cia. Ga­nó la Eu­ro­co­pa de Po­lo­nia y Ucra­nia y pa­re­ce que to­da­vía si­gue abier­to el de­ba­te del fal­so nue­ve. En el Ma­drid que con­quis­tó la oc­ta­va Cham­pions se de­can­tó por una de­fen­sa con tres cen­tra­les (Iván Cam­po, Hel­gue­ra y Ka­ran­ka) pa­ra apro­ve­char el lar­go re­co­rri­do de Mí­chel Salgado y Ro­ber­to Car­los por los cos­ta­dos.

Es im­po­si­ble sa­ber có­mo le ro­da­rán los par­ti­dos a Es­pa­ña en la Eu­ro­co­pa que hoy co­mien­za. Pe­ro es se­gu­ro que cua­les­quie­ra que sean los re­sul­ta­dos, en la ban­da es­ta­rá una fi­gu­ra de ges­tua­li­dad aus­te­ra, ado­sa­da a un bi­go­te. Oja­lá que vuel­va a apre­tar los pu­ños. Me­re­ce un bo­ni­to epí­lo­go.

ABRALDES

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