El Ban­co de Es­pa­ña abu­sa de los tra­ba­ja­do­res

La Voz de Galicia (Lugo) - - Economia -

Luis Ma­ría Lin­de de Cas­tro (Ma­drid, 1945), go­ber­na­dor del Ban­co de Es­pa­ña, es uno de esos al­tos ge­ri­fal­tes que no tie­nen nin­gún ru­bor en dar re­ce­tas má­gi­cas pa­ra sa­lir de la cri­sis sin to­mar en con­si­de­ra­ción que pue­den equi­vo­car­se. De he­cho, Es­pa­ña lle­va nue­ve años enjaulada en una cri­sis nau­sea­bun­da sin ver el final del tú­nel, y mien­tras tan­to, los tra­ba­ja­do­res y los em­pre­sa­rios han pa­sa­do por to­do: cierres de empresas, re­ba­jas de sa­la­rios dra­co­nia­nas, de­mo­ni­za­ción de los de­re­chos so­cia­les y la­bo­ra­les, re­cor­tes más allá de la dig­ni­dad hu­ma­na y mil co­sas más. ¿Pa­ra qué? Pa­ra na­da, pe­ro nin­gún sa­bion­do tec­nó­cra­ta pa­gó tam­po­co por ha­ber­se equi­vo­ca­do.

Ha­ce unos días, el go­ber­na­dor sol­tó un par de per­li­tas: hay que re­du­cir «la ex­ce­si­va pro­tec­ción» de los tra­ba­ja­do­res in­de­fi­ni­dos «pa­ra co­rre­gir el fuer­te in­cen­ti­vo que la ac­tual re­gu­la­ción otor­ga» a los con­tra­tos ba­su­ra. Tras es­cu­char­lo, la pre­gun­ta se­ría: ¿Có­mo es po­si­ble que a al­guien se le ocu­rra tal pro­pues­ta cuan­do ya ha con­se­gui­do que con sus re­ce­tas los jó­ve­nes ha­yan op­ta­do por emi­grar, los in­mi­gran­tes ha­yan he­cho sus ma­le­tas, los abue­los man­tie­nen a sus hi­jos y a sus nie­tos con unas mi­se­ra­bles pen­sio­nes y el país si­gue sin nin­gún fu­tu­ro? ¿Có­mo se le ocu­rre de­cir tal co­sa cuan­do sa­be que son los asa­la­ria­dos con con­tra­tos fi­jos y con suel­dos dig­nos los que pa­gan las pres­ta­cio­nes so­cia­les y los ser­vi­cios pú­bli­cos de los que dis­fru­ta­mos to­dos? ¿Por qué el go­ber­na­dor no tie­ne la va­len­tía de pe­dir que se cie­rren ins­ti­tu­cio­nes que tie­nen tan po­co sen­ti­do y va­lor co­mo el Se­na­do o las dipu­tacio­nes? ¿Por qué el Ban­co de Es­pa­ña —en ma­nos de es­te go­ber­na­dor y de otros co­mo él— no ha vi­gi­la­do co­mo le co­rres­pon­día al sis­te­ma fi­nan­cie­ro es­pa­ñol? No me ex­pli­co por qué Luis Ma­ría Lin­de de Cas­tro no se apli­ca él el cuen­to de la bue­na pi­pa —ese que nun­ca se aca­ba— que lle­va años hil­va­nan­do. Les ex­pli­co. Él —al que al­gún pe­rió­di­co de­fi­nió co­mo una per­so­na de bue­na fa­mi­lia y con mu­chas in­quie­tu­des in­te­lec­tua­les— es eco­no­mis­ta —se li­cen­ció por la Com­plu­ten­se de Ma­drid— y su pri­mer ob­je­ti­vo al con­cluir sus es­tu­dios fue pre­pa­rar unas opo­si­cio­nes que le die­ran pa­so a un con­tra­to in­de­fi­ni­do, es­ta­ble y pa­ra to­da la vi­da. Así en­tró en el Cuer­po Su­pe­rior de Téc­ni­cos Co­mer­cia­les y Eco­no­mis­tas del Es­ta­do co­mo nú­me­ro uno de su pro­mo­ción. A par­tir de ahí fue es­ca­lan­do pues­tos en la Ad­mi­nis­tra­ción has­ta que, a tres años de la ju­bi­la­ción, lle­gó a ser go­ber­na­dor del Ban­co de Es­pa­ña. Fue el 11 de ju­nio del 2012. En ese car­go po­día es­tar has­ta los 70 años y Lin­de los cum­plía en sep­tiem­bre de ese mis­mo ejer­ci­cio. En­ton­ces se de­ci­dió cam­biar la ley pa­ra que con­ti­nua­ra en el car­go.

En di­ciem­bre del 2014 se su­po que el hom­bre que pi­de ajus­tes vía sa­la­rios se ha­bía in­cre­men­ta­do su nó­mi­na un 5 % al qui­tar­se un re­cor­te tem­po­ral. Luis Ma­ría Lin­de co­bra hoy 174.734 eu­ros (do­bla con hol­gu­ra el suel­do del pre­si­den­te del Go­bierno), per­ci­be 1.026,79 eu­ros ca­da vez que va a una se­sión del con­se­jo de go­bierno de la ins­ti­tu­ción y 492,46 eu­ros ca­da vez que acu­de a una se­sión de la co­mi­sión eje­cu­ti­va.

Por úl­ti­mo, in­for­mar­les de que Lin­de vuel­ve a te­ner a los ins­pec­to­res del Ban­co de Es­pa­ña de uñas. Tam­bién quie­ren subida de suel­do —ar­gu­men­tan que co­bran me­nos que sus ho­mó­lo­gos eu­ro­peos— y pa­ra con­se­guir­lo no du­da­ron en apro­ve­char ha­ce unas se­ma­nas la vis­ta de Da­nièl Nouy, pre­si­den­ta del con­se­jo de su­per­vi­sión del BCE y, por lo tan­to, je­fa de su je­fe, a la que re­cla­ma­ron un in­cre­men­to sa­la­rial. Ella, que es de ca­rác­ter más bien agrio, re­sol­vió la de­man­da di­cien­do: eso no de­pen­de de mí, pe­ro quien quie­ra pue­de ir­se.

MA­RÍA PEDREDA ILUS­TRA­CIÓN

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