El hom­bre es un lo­bo pa­ra el hom­bre

La Voz de Galicia (Lugo) - - Galicia - Xo­sé Car­los Ca­nei­ro

Fue Plau­to, y no Hob­bes, quien uti­li­zó por pri­me­ra vez la fra­se que ti­tu­la es­ta co­lum­na. Que­bra­da en ji­ro­nes. Tan do­lo­ri­da que las no­ti­cias que leo, cin­cuen­ta muer­tos y más de cin­cuen­ta he­ri­dos en Or­lan­do, me pa­re­cen una crónica del in­fierno. Son mis pa­la­bras, es­ta vez, el he­cho con­su­ma­do de la de­ses­pe­ra­ción: una lá­gri­ma. Por­que sin co­no­cer­los los llo­ro. En nom­bre de Alá o en nom­bre de la pu­re­za, qué im­por­ta eso. Di­go que el rencor y el odio son la en­re­da­de­ra del pre­sen­te. Se nos es­tá yen­do el mun­do de las ma­nos. Lo di­go co­mo lo sien­to. Qui­zá por­que en la co­mi­da de ayer los ami­gos ha­blá­ba­mos de ello, pre­ci­sa­men­te, de lo di­fí­cil que se ha pues­to con­vi­vir so­se­ga­da­men­te. Se han per­di­do la ter­nu­ra y la tran­si­gen­cia. Se agui­jo­nea des­de el sec­ta­ris­mo, el to­ta­li­ta­ris­mo y otros is­mos que aca­ban en tra­ge­dia. No pue­do evi­tar la tris­te­za.

Hoy se da­rán to­das las ex­pli­ca­cio­nes po­si­bles. Pe­ro ayer, cuan­do yo es­cri­bía a bo­te pron­to es­ta co­lum­na, po­co se sa­bía. Te­le­ti­pos y no­ti­cias de agen­cia que de­cían que dis­pa­ro a dis­pa­ro ha­bían muer­to cin­cuen­ta se­res hu­ma­nos ase­si­na­dos. Bai­la­ban en un club en Or­lan­do. Allí acu­dían a di­ver­tir­se. Ese era su pe­ca­do. El ase­sino, pro­ba­ble­men­te, de­bió de pen­sar que su de­li­to era ha­ber na­ci­do. O en­con­trar el amor en otro hom­bre. Una mu­jer en otra mu­jer. Que ca­da uno ame a quien le dé la ga­na. Que ca­da uno di­ga y sien­ta y pien­se lo que quie­ra. Ayer dis­pa­ra­ron a la li­ber­tad, una vez más. Y yo me de­ja­ré la vi­da de­fen­dién­do­la. En con­tra de los pa­la­di­nes de la in­to­le­ran­cia que tam­bién en nues­tro país cre­cen co­mo mos­cas, o ra­tas. Las ra­tas era una no­ve­la de De­li­bes. La re­cuer­do co­mo un gri­to con­tra la mi­se­ria. Don­de de­cre­ce la li­ber­tad, cre­ce la te­la de araña de la pe­nu­ria: esa es la sen­ten­cia.

A es­ta ho­ra (21 ho­ras, do­min­go 12 ju­nio) las au­to­ri­da­des in­ves­ti­gan el ca­so co­mo un ac­to te­rro­ris­ta. Unos ha­blan de ho­mo­fo­bia, otros de yiha­dis­mo. El pa­dre del au­tor de la ma­sa­cre se apre­su­ró en de­cla­rar que no te­nía na­da que ver con la re­li­gión. Quién lo sa­be y qué im­por­ta, vuel­vo a de­cir. Lo que hie­re es que de nue­vo la li­ber­tad es­tá en pe­li­gro. Que cre­cen los ván­da­los de los nue­vos tiem­pos en­tre men­sa­jes hi­rien­tes: de Do­nald Trump al lí­der po­lí­ti­co es­pa­ñol que que­ría ir de ca­ce­ría de fa­chas pa­ra apli­car la «jus­ti­cia pro­le­ta­ria». Na­die po­ne re­me­dio a es­ta ve­sa­nia en la que es­ta­mos su­mer­gi­dos, aho­gán­do­nos. El pa­pa, des­de Ro­ma, pa­re­ce ser el lí­der mun­dial que ma­yor sen­ti­do co­mún ofre­ce. Sus men­sa­jes de paz y con­cor­dia son ne­ce­sa­rios. Pe­ro el Dios de los ca­tó­li­cos no es­tá de mo­da. Son otros los dio­ses del pre­sen­te. Pa­ra unos, la re­vo­lu­ción. Pa­ra otros, el Alá de la Gue­rra San­ta. En su nom­bre, los ca­ba­llos del fa­na­tis­mo y la ob­ce­ca­ción y la in­to­le­ran­cia ca­bal­gan por el mun­do que lla­ma­mos ci­vi­li­za­do. So­lo sien­to do­lor. Aun­que me nie­go a con­ven­cer­me y ven­cer­me. Ni Plau­to ni Hob­bes te­nían ra­zón. El hom­bre no es un lo­bo pa­ra el hom­bre. Oja­lá.

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