Abo­na­do al tan­cre­dis­mo para sa­lir in­dem­ne de un trá­mi­te que abo­rre­cía

La Voz de Galicia (Lugo) - - A Fondo - M. CHEDA

Un va­so es un va­so y un pla­to es un pla­to. Pe­ro el presidente del Go­bierno es a ve­ces Ma­riano y otras Ra­joy. Es el ti­po de la co­lle­ja a su hi­jo, el que se lía a al­ba­ri­ños con Ber­tín, el de la sor­na. Y tam­bién ese se­ñor un tan­to acar­to­na­do, el dis­tan­te en el plas­ma, un tec­nó­cra­ta al que le fal­tó piel. Ano­che, tras la pan­ta­lla, apa­re­ció más el se­gun­do que el pri­me­ro. Tan­cre­dis­mo al cu­bo.

No pro­me­tían las vís­pe­ras. No gran co­sa. Por­que, ini­cia­do ma­yo, el lí­der del PP ha­bía re­co­no­ci­do lo que para en­ton­ces ca­si to­da España ya sos­pe­cha­ba. «A na­die le gus­tan los de­ba­tes, re­quie­ren mu­cha pre­pa­ra­ción», se ha­bía sin­ce­ra­do. Así que lle­gó al pla­tó me­dio a ras­tras, con Mo­ra­gas ti­rán­do­le de una ore­ja y las cir­cuns­tan­cias de la otra. Arri­bó ade­más ase­so­ra­do por So­ra­ya, quien el 7 de di­ciem­bre se ha­bía so­me­ti­do a igual for­ma­to. Evi­ta el cuer­po a cuer­po y de­ja que se des­pe­lle­jen los tres, le acon­se­jó ella en las ho­ras pre­vias.

Su­per­vi­vien­te an­tes que ga­lle­go, eso hi­zo. Emer­gien­do en­tre una mon­ta­ña de pó­sits, la ma­yor par­te del tiem­po fue Neo en Ma­trix, es­qui­van­do ba­las a cá­ma­ra len­ta; Sta­llo­ne en Ram­bo, es­ce­ni­fi­can­do un to­dos con­tra mí; y es­pec­ta­dor de am­bas pe­lí­cu­las, co­mien­do pa­lo­mi­tas y dis­fru­tan­do de los cho­ques en­tre sus ad­ver­sa­rios. En­tre­tan­to, re­ci­ta­ba su eter­na le­ta­nía: «Go­ber­nar no es fá­cil. [...] Aquí no se vie­ne a ha­cer prác­ti­cas. [...] Evi­ta­mos el res­ca­te. [...] Crea­re­mos dos mi­llo­nes de em­pleos». Sal­vo uno, so­por­tó es­toi­co los in­ten­tos de in­te­rrup­ción tan­to de Ri­ve­ra (5) co­mo de Sán­chez (4). De he­cho, cru­zó más mi­ra­das con los pe­rio­dis­tas Blan­co y Va­llés que con sus con­trin­can­tes. No se fu­mó un pu­ro por­que lo ha de­ja­do.

So­lo se le vio in­có­mo­do en un blo­que, el de re­ge­ne­ra­ción, cuan- do, aco­rra­la­do en oca­sio­nes, ob­ser­vó a su de­re­cha, co­mo bus­can­do al Cam­po Vidal del ca­ra a ca­ra, an­he­lan­do que pro­pu­sie­ra de­jar de ha­blar de co­rrup­ción para aden­trar­se en Ca­ta­lu­ña. Pe­ro no es­ta­ba. Pa­ti­nó ahí dos ve­ces, ti­tu­bean­do en el arran­que y lue­go con­fun­dien­do el he­cho de que el lí­der de C’s hu­bie­se rea­li­za­do en su ju­ven­tud pa­gos en ne­gro con la fal­se­dad de que hu­bie­ra co­bra­do en B. Fue tam­bién la úni­ca oca­sión en la que pa­só a la ofen­si­va, afean­do a Ri­ve­ra su ego­la­tría y «ca­rác­ter in­qui­si­dor», y a Sán­chez, el pro­ce­sa­mien­to de Cha­ves y Gri­ñán. Es­ta vez ni si­quie­ra ha­lló ri­val «ruiz». Sa­lió in­dem­ne.

FOTOS: BE­NI­TO OR­DÓ­ÑEZ

Pa­ti­na­zos. Ra­joy ti­tu­beó en el arran­que del blo­que de la co­rrup­ción y con­fun­dió unas de­cla­ra­cio­nes de Ri­ve­ra; el cie­rre, me­jo­ra­ble. En la ca­ra de la mo­ne­da, co­lo­có su men­sa­je de que el de­ba­te a cua­tro era un to­dos con­tra él.

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