De­ba­te co­rrec­to, efec­to elec­to­ral du­do­so

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinión - Fernando Óne­ga

Lo ha­bía di­cho Luis de Guin­dos en el de­ba­te so­bre economía: «Aquí es­toy, fren­te a una es­pe­cie de tri­par­ti­to». Lo mis­mo pu­do de­cir Ra­joy en el pri­mer round del de­ba­te de ano­che: mien­tras él ha­cía un re­su­men de sus enor­mes es­fuer­zos y en sus cua­tro años de Go­bierno, el «tri­par­ti­to» de Sán­chez, Igle­sias y Ri­ve­ra pre­sen­ta­ba «una vi­sión bas­tan­te tris­te de país». Era lo que se po­día es­pe­rar: to­dos los as­pi­ran­tes al po­der con­tra el ti­tu­lar del po­der. Y al­go tam­bién pre­vi­si­ble: fren­te a la España re­su­ci­ta­da y prós­pe­ra del PP, una España em­po­bre­ci­da, in­jus­ta, de sa­la­rios mí­se­ros y con­tra­tos ba­su­ra. Y ha­bía da­tos para jus­ti­fi­car­lo to­do. Era co­mo un re­su­men de la le­gis­la­tu­ra y de los con­te­ni­dos de pren­sa de cua­tro años con al­gu­na pro­me­sa de fu­tu­ro. Gra­cias a Dios y a los ga­bi­ne­tes téc­ni­cos, to­dos tie­nen al­gu­na idea para prometer.

Des­pués se fue­ron ha­cien­do las pa­re­jas teó­ri­cas. Ha­bía una de iz­quier­das, la de Sán­chez e Igle­sias, pe­ro el do­mi­nio del de Podemos fue con­tun­den­te: dis­cu­ti­bles o no, pu­so más da­tos so­bre la me­sa, fue más du­ro en la exi­gen­cia so­cial y cum­plió con lo que le pe­día su au­dien­cia: pre­sen­tar un fu­tu­ro di­cho­so, de ri­que­za bien re­par­ti­da, li­bre de de­frau­da­do­res y, na­tu­ral­men­te, pre­si­di­do por él. An­te su con­tun­den­cia, la fi­gu­ra de Sán­chez se di­luía. Es­ta­ba tran­qui­lo, in­ten­ta­ba trans­mi­tir se­gu­ri­dad, pe­ro no creo que ha­ya cam­bia­do el signo de las en­cues­tas.

La teó­ri­ca pa­re­ja de de­re­chas es­ta­ba for­ma­da por las dos erres: Ra­joy y Ri­ve­ra. El de Ciu­da­da­nos qui­so mar­car dis­tan­cia, so­bre to­do con Pa­blo Igle­sias y le echó en ca­ra re­cuer­dos de Gre­cia. Fue el au­tén­ti­co an­ti-Podemos. Des­ca­li­fi­có a Ra­joy, pe­ro no para des­mon­tar to­do lo que hi­zo, sino para co­rre­gir­lo. En eso con­sis­te la mo­de­ra­ción. Se ha­bía pre­pa­ra­do me­jor que en el de­ba­te de di­ciem­bre. Pe­ro Ra­joy no ter­mi­nó de de­jar­se que­rer. Ni por Ri­ve­ra, ni por na­die. Vol­vió a re­pe­tir, có­mo no, que a go­ber­nar hay que ir apren­di­do y no a ha­cer ex­pe­ri­men­tos. Ahí in­clu­ye a to­dos, cual­quie­ra que sea su ideo­lo­gía.

Ha si­do un de­ba­te de­cen­te. Hoy, en primera mi­ra­da, lo re­su­mo así: no ten­drá mu­cha in­ci­den­cia en el vo­to por­que, fal­tan­do tre­ce días para las ur­nas, el día 26 se ha­brán ol­vi­da­do los acier­tos y los erro­res. Por per­so­na­jes, Ra­joy ha si­do el es­fuer­zo por de­mos­trar co­no­ci­mien­to y ex­pe­rien­cia. Sán­chez ha si­do la vo­lun­tad de de­ro­gar­lo to­do, que ig­no­ro a cuán­tos vo­tan­tes se­du­ci­rá. Ri­ve­ra in­ten­tó ser la ter­ce­ra vía, y qui­zá no ha­ya ga­na­do vo­tos, pe­ro tam­po­co los per­dió. E Igle­sias ha si­do lo que quie­re ser: el jo­go bo­ni­to, es­for­za­do en ha­blar co­mo presidente. No se pu­so cor­ba­ta; se pu­so la piel de cor­de­ro. Y lo sus­tan­cial: no hu­bo com­pro­mi­so fir­me de evi­tar unas ter­ce­ras elec­cio­nes. Me te­mo que ese sea el des­tino.

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