«La música sal­vó mi vi­da»

«Pa­ra mí, to­da música es música con­tem­po­rá­nea», afir­ma el maes­tro ale­mán, que di­ri­ge hoy a la OSG

La Voz de Galicia (Lugo) - - CULTURA - HÉCTOR J. POR­TO

Ch­ris­toph Es­chen­bach (Bres­lau, hoy Wro­cław, Po­lo­nia, 1940) pa­sa es­tos días en A Co­ru­ña, don­de hoy (a las 20.30 ho­ras, en el pa­la­cio de la Ópe­ra) di­ri­gi­rá a la OSG (Or­ques­ta Sin­fó­ni­ca de Ga­li­cia) en una ve­la­da en la que in­ter­pre­ta­rán el Con­cier­to pa­ra piano en la me­nor de Schu­mann y la Sin­fo­nía n.º 5 de Gus­tav Mah­ler. —Que­ría­mos una gran obra pa­ra or­ques­ta, pa­ra to­car jun­tos, ya que es nues­tra pri­me­ra co­la­bo­ra­ción. De ahí el con­cier­to pa­ra piano de Schu­mann, que tie­ne dra­ma, que tie­ne li­ris­mo. Y Schu­mann siem­pre con­ju­ga muy bien con Mah­ler.

—¿Y la música con­tem­po­rá­nea?

—To­co mu­chí­si­ma música con­tem­po­rá­nea. Esa-Pek­ka Sa­lo­nen, Bruno Man­to­va­ni, Un­suk Chin... Hay mu­cha ofer­ta, pe­ro me gus­tan mu­cho es­tos com­po­si­to­res.

—¿Le da pe­re­za eso de que la música con­tem­po­rá­nea ne­ce­si­te ser ex­pli­ca­da ade­más de to­ca­da?

—Lo que hay que ha­cer es to­car­la más, pa­ra que la au­dien­cia se fa­mi­lia­ri­ce con ella. Si la to­cas cien por cien co­mo eres tú, ya es­tá ex­pli­ca­da. Bas­ta so­lo con to­car­la se­gún la sien­tas. Cla­ro que es bueno ex­pli­car­la, si ha­ce fal­ta. Pe­ro es por­que se to­ca po­co.

—Qui­zá ape­la más al in­te­lec­to que al co­ra­zón, es un pro­duc­to ar­tís­ti­co más in­te­lec­tual...

—Hay música con­tem­po­rá­nea com­pues­ta des­de el co­ra­zón pe­ro tam­bién des­de el in­te­lec­to. Sin em­bar­go, tam­bién Mah­ler ha­ce una música muy in­te­lec­tual, y muy emo­cio­nal. Y no es música fá­cil. Ni Mah­ler, ni el pro­pio Schu­mann, que fue un vi­sio­na­rio. O la Quin­ta de Beet­ho­ven, que te cau­sa un shock, te gol­pea. No di­vi­do en­tre música clá­si­ca y con­tem­po­rá­nea, pa­ra mí, to­da música es música con­tem­po­rá­nea.

—¿Es par­ti­da­rio de in­ter­ve­nir en la par­ti­tu­ra, de una lec­tu­ra per­so­nal, o pre­fie­re el res­pe­to?

—Yo res­pe­to la par­ti­tu­ra, pe­ro ten­go que in­ter­pre­tar­la. Tú sa­bes lo que es un ada­gio, lo que es un cres­cen­do, pe­ro tie­nes que ob­ser­var las no­tas den­tro de un con­tex­to. La co­sa más di­fí­cil y más in­tere­san­te en la in­ter­pre­ta­ción es es­ta­ble­cer el ca­mino en­tre una no­ta y la si­guien­te, el por­qué una no­ta va de­trás de la otra. Cuan­to más ana­li­zo las no­tas y es­tu­dio el con­tex­to de las fra­ses, más res­pe­to ten­go por la par­ti­tu­ra.

—Glenn Gould era con­tro­ver­ti­do por sus li­cen­cias in­ter­pre­ta­ti­vas.

—No era un in­tér­pre­te tan li­cen­cio­so. Era un pia­nis­ta es­tric­to, con una ca­be­za muy or­ga­ni­za­da. Un pia­nis­ta fan­tás­ti­co, muy bueno.

—Co­mo di­rec­tor, ¿cree en la de­mo­cra­cia co­mo mo­de­lo de fun­cio­na­mien­to pa­ra una or­ques­ta?

—Por su­pues­to. La di­rec­ción de una or­ques­ta es un yo-te-doy-ytú-me-das. Res­pe­to a la or­ques­ta. Es un re­fle­jo, tam­bién de las ideas de los mú­si­cos. Y siem­pre es­pe­ras que ellos te den pa­ra re­don­dear tu vi­sión de la par­ti­tu­ra.

—Pe­ro los di­rec­to­res ale­ma­nes tie­ne fa­ma de du­ros. ¿Su pa­so por EE.UU. re­la­jó su ta­lan­te?

—Al con­tra­rio. Ade­más, no creo en las na­cio­na­li­da­des. Pe­ro es que en Amé­ri­ca to­do es­tá es­tric­ta­men­te re­gu­la­do, tiem­pos, en­sa­yos, pro­gra­mas; mu­cho más que en Eu­ro­pa. Amé­ri­ca no me cam­bió.

—Hous­ton, Fi­la­del­fia, Was­hing­ton, ¿qué en­con­tró en Amé­ri­ca?

—Pa­sé un tiem­po allí, pe­ro ya aca­bó. Trein­ta años fue­ron suficiente, aun­que tra­ba­jé tam­bién en Eu­ro­pa. Amé­ri­ca me in­tere­só pa­ra tra­tar de ha­cer que su música fue­se me­nos rí­gi­da, que se de­ja­sen lle­var por el co­ra­zón, que su in­ter­pre­ta­ción fue­se más ex­pre­si­va, que sus or­ques­tas fue­ran más emo­cio­na­les. Y lo lo­gré.

—Us­ted tu­vo una in­fan­cia muy du­ra, ¿se pue­de de­cir que la música le ofre­ció una nue­va vi­da?

—La música sal­vó mi vi­da. Las vi­ven­cias de mi in­fan­cia de­ja­ron en mí una im­pre­sión du­ra y amar­ga. Me ce­rré. Hasta de­jé de ha­blar. La música en­tró en mi vi­da de la mano de mis pa­dres adop­ti­vos. Me per­mi­tió sa­car to­do eso fue­ra. Fue ma­ra­vi­llo­so. Y así si­go hasta el día de hoy. La ex­pre­sión a tra­vés de la música es mi vi­da.

—¿Qué pa­pel cree que de­be te­ner la música en la sociedad?

—Es súper im­por­tan­te que es­té en los co­le­gios. Los po­lí­ti­cos de­ben in­cen­ti­var­lo. Cuan­do yo es­ta­ba en la es­cue­la te­nía dos ho­ras de música, dos ho­ras de co­ro y dos ho­ras de pin­tu­ra. Eso hoy en día ha des­apa­re­ci­do. Al piano se sien­ta esta no­che Ch­ris­top­her Park, in­tér­pre­te ger­mano-co­reano al que, pe­se a su ju­ven­tud, el maes­tro ale­mán no du­da en elo­giar pro­fu­sa­men­te. «Va­yan a es­cu­char­lo», zan­ja. Es­chen­bach no to­ca­rá y di­ri­gi­rá la or­ques­ta a la vez. «Lo ha­go a ve­ces, aun­que so­lo con de­ter­mi­na­dos com­po­si­to­res, co­mo Mo­zart. Pe­ro pre­fie­ro ha­cer­lo en for­ma­cio­nes de cá­ma­ra, co­mo pri­mus in­ter pa­res, con los mú­si­cos al­re­de­dor del piano». —¿No echa de me­nos el piano? —Si­go to­cán­do­lo, pe­ro no mu­cho. Es una cues­tión de tiem­po. Si en­sa­yas seis ho­ras al día, prac­ti­car des­pués... Es un pro­ble­ma de ener­gía, de es­fuer­zo. Por ello ya no ha­go re­ci­ta­les, no ten­go tiem­po pa­ra in­cor­po­rar nue­vos re­per­to­rios ni pa­ra es­tar en for­ma. Pe­ro me gus­ta to­car música de cá­ma­ra, o con can­tan­tes. —¿No­tó el im­pac­to de la cri­sis? —El mun­do es­tá en cri­sis. Ad­mi­ro a los es­pa­ño­les por có­mo la en­fren­tan. La cri­sis en otros paí­ses eu­ro­peos es tre­men­da. Es ho­rri­ble la si­tua­ción de los re­fu­gia­dos si­rios y me pa­re­ce te­rri­ble que Eu­ro­pa en vez de bus­car for­mas de in­te­grar, de ayu­dar­los, es­té le­van­tan­do mu­ros. Y veo ve­nir una muy gor­da en Amé­ri­ca. —¿Una cri­sis eco­nó­mi­ca? —Po­lí­ti­ca, por las elec­cio­nes. —¿Do­nald Trump? —No pa­re­ce po­si­ble, pe­ro to­do pue­de su­ce­der en Amé­ri­ca. Yo es­pe­ro, to­dos es­pe­ra­mos que no su­ce­da. Se­ría un desastre. [Ríe] Me­jor no ha­ble­mos de eso. Pe­ro el Con­gre­so de EE.UU. ha te­ni­do ata­do de ma­nos a Oba­ma, un hom­bre de gran in­te­lec­to que no ha po­di­do ha­cer mu­chas co­sas im­por­tan­tes du­ran­te su man­da­to.

«Es te­rri­ble que Eu­ro­pa, en vez de ayu­dar a los re­fu­gia­dos, es­té le­van­tan­do mu­ros»

CÉ­SAR QUIAN

Ch­ris­toph Es­chen­bach, du­ran­te los en­sa­yos con la OSG.

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