«Ha ha­bi­do un buen cal­do de cul­ti­vo pa­ra la lu­cha en Vi­lal­ba»

Cam­peón de Es­pa­ña sé­nior 11 ve­ces, Cas­tro for­ma par­te aho­ra del cuer­po téc­ni­co de la se­lec­ción na­cio­nal

La Voz de Galicia (Lugo) - - Lugo Deportes - MI­GUEL ÁL­VA­REZ

Ni­co­lás Cas­tro col­gó las bo­tas ha­ce va­rias tem­po­ra­das. En su pal­ma­rés fi­gu­ra­ban on­ce tí­tu­los na­cio­na­les ab­so­lu­tos. No obs­tan­te, no se ha ale­ja­do de la lu­cha. «Es un de­por­te que me ha apor­ta­do mu­cho y me ha ayu­da­do a for­mar­me co­mo per­so­na y co­mo de­por­tis­ta», di­ce. Aho­ra, es uno de los en­tre­na­do­res de la se­lec­ción na­cio­nal.

—¿Es Vi­lal­ba un re­fe­ren­te pa­ra la lu­cha en Ga­li­cia? —Es­tá bas­tan­te re­par­ti­do. Se con­ser­vó la tra­di­ción en Vi­go, pe­ro ha ha­bi­do un buen cal­do de cul­ti­vo pa­ra la lu­cha en Vi­lal­ba las úl­ti­mas tem­po­ra­das. De allí sur­gie­ron en­tre­na­do­res que die­ron otros fru­tos en Santiago, Rá­ba­de o Pon­te­ve­dra.

—¿Hay mu­chas di­fe­ren­cias en­tre en­tre­nar en Vi­lal­ba o con la se­lec­ción es­pa­ño­la? —Es un cam­bio en to­dos los as­pec­tos. En el club se ha­ce una la­bor más so­cial, se colabora en la educación de los ni­ños y se tra­ta de que se in­vo­lu­cren en el de­por­te. Con la se­lec­ción, to­do es más cien­tí­fi­co. Es ren­di­mien­to pu­ro.

—¿Có­mo lle­vó la re­ti­ra­da? —Fue un cam­bio de vi­da. Fue du­ro, más di­fí­cil de lo que creía. Y eso a pe­sar de que lle­va­ba tiem- po plan­teán­do­me­la. Pe­ro he se­gui­do co­mo en­tre­na­dor, que es al­go que siem­pre me ha gus­ta­do y que ya ha­cía en el club y con Ga­li­cia. Aun­que me ha sor­pren­di­do que me sur­gie­se tan pron­to la po­si­bi­li­dad de tra­ba­jar con la se­lec­ción na­cio­nal.

—¿Es Es­pa­ña un país de se­gun­da fi­la en la lu­cha? —No es­toy de acuer­do con eso. Es­pa­ña no tie­ne tra­di­ción en un de­por­te co­mo la lu­cha, que es uno de los más prac­ti­ca­dos en to­do el mun­do. Pe­ro en es­te ci­clo de cua­tro años se han sa­ca­do una me­da­lla de pla­ta y otra de bron­ce de ca­te­go­ría sé­nior en cam­peo­na­tos de Eu­ro­pa. Tam­bién una cla­si­fi­ca­ción olím­pi­ca. Pe­ro es cierto que cues­ta mu­cho re­unir un equi­po con sie­te pe­sos de li­bre olím­pi­ca, otros sie­te de gre­co­rro­ma­na y sie­te más de ca­te­go­ría fe­me­ni­na.

—¿Su­pe­rarán las fu­tu­ras ge­ne­ra­cio­nes el ren­di­mien­to que tu­vie­ron Jo­sé Cu­ba o us­ted? —En cuan­to a ta­len­to, su­pon­go que sí. Ade­más, creo que ten­drán más me­dios que no­so­tros, aun­que to­da­vía sean in­su­fi­cien­tes. Que Cu­ba ten­ga el ni­vel que tie­ne des­pués de sa­lir del club de Vi­lal­ba, que al fin y al ca­bo es un al­ma­cén, de­mues­tra que hay ta­len­to y gen­te que sa­be tra­ba­jar.

—¿Tie­nen las ge­ne­ra­cio­nes ac­tua­les la ca­pa­ci­dad de ren­di­mien­to de las an­te­rio­res? —Los va­lo­res han cam­bia­do. La so­cie­dad ha cam­bia­do. En ge­né­ti­ca, los de­por­tis­tas de aho­ra son me­jo­res. Pe­ro en cuan­to a com­pro­mi­so, son di­fe­ren­tes. An­tes te­nías que or­ga­ni­zar­te, pe­ro te da­ba tiem­po a to­do. Aho­ra no es lo mis­mo y se dan si­tua­cio­nes lla­ma­ti­vas. La cul­tu­ra del es­fuer­zo es di­fe­ren­te.

—¿Es eso bueno o ma­lo? —Aho­ra tie­nen más me­dios. Mis pri­me­ras bo­tas las tu­ve que com­prar en Ru­sia. Yo uti­li­za­ba mo­nos de se­gun­da mano. Nues­tros en­tre­na­do­res eran afi­cio­na­dos, aho­ra los téc­ni­cos es­tán más for­ma­dos. An­tes, na­die sa­bía que ha­bía lu­cha en Vi­lal­ba. Aho­ra hay más vi­si­bi­li­dad.

—Ex­plí­que­me eso de que se com­pró sus pri­me­ras bo­tas en Ru­sia. —Yo me en­tre­na­ba con za­pa­ti­llas nor­ma­les, por­que no ha­bía dón­de com­prar bo­tas. Un lu­cha­dor ru­so vino a Pon­te­ve­dra y te­nía dos pa­res. Eran de la ta­lla 46, aun­que la mía era la 45. Pa­gué por ellas lo que hi­zo fal­ta. Ade­más, tam­bién me te­nían que pres­tar los mai­llots. Un ame­ri­cano me qui­so ven­der los su­yos. Des­pués, yo tam­bién los pres­ta­ba. Cuan­do el equi­po na­cio­nal me da­ba ma­te­rial, yo se lo da­ba a los cha­va­les.

Ni­co­lás Cas­tro, du­ran­te un en­tre­na­mien­to ce­le­bra­do en Ma­drid.

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