El abo­ga­do con vo­ca­ción fran­cis­ca­na

En su via­je a Je­ru­sa­lén le im­pac­tó la la­bor de es­ta or­den. Se de­cla­ra un buen an­fi­trión y en el Con­gre­so hi­zo mi­gas con Cha­cón

La Voz de Galicia (Lugo) - - Elecciones - MARILUZ FE­RREI­RO

«Si un día des­apa­rez­co y no me en­cuen­tras, bús­ca­me en­tre los fran­cis­ca­nos». Mi­guel Lo­ren­zo (Pon­te­ve­dra, 1961) que­dó mar­ca­do por su via­je a Je­ru­sa­lén. «Co­no­cí la gran la­bor que rea­li­za es­ta or­den por el mun­do», di­ce. De mo­men­to vuel­ve a pre­sen­tar­se co­mo can­di­da­to del PP al Con­gre­so por A Co­ru­ña. «Si lo de­ja­ra todo, me ha­ría fran­cis­cano; pe­ro no lo voy a ha­cer, ¡eh!».

Por aho­ra, cam­pa­ña y jui­cios. Lo­ren­zo es abo­ga­do y no ha de­ja­do su des­pa­cho. «Si cie­rro, me que­do sin clien­tes. No quie­ro vi­vir de la po­lí­ti­ca, quie­ro apor­tar a la po­lí­ti­ca», ex­pli­ca. Cree que su ofi­cio exi­ge es­tu­dio, tra­ba­jo y hu­ma­ni­dad y que ayu­da a co­no­cer otras reali­da­des, a abrir la men­te. «A ve­ces la gen­te co­me­te de­li­tos co­mo con­se­cuen­cia de una tra­yec­to­ria vi­tal muy du­ra», ex­pli­ca.

Él cuen­ta que su in­fan­cia fue «ma­ra­vi­llo­sa». «Mis pa­dres son muy ale­gres, la puer­ta de nues­tra ca­sa siem­pre es­tu­vo abier­ta. Eran maes­tros. Y mis tres her­ma­nos son lo me­jor que me ha pa­sa­do», re­la­ta. Re­cuer­da los ve­ra­nos sin ve­ra­neo, pe­ro con pla­ya de ida y vuel­ta: «Co­gía­mos el 600, nos me­tía­mos to­dos y al­guno más, íba­mos a la pla­ya y vol­vía­mos en el día». Se de­cla­ra «pi­lla­do emo­cio­nal­men­te» con sus pa­dres. «Yo no ten­go hi­jos. Mu- chas de las de­ci­sio­nes de mi vi­da las to­mé por­que sa­bía que siem­pre es­ta­ban ellos, co­mo ve­nir­me a vi­vir a A Co­ru­ña. Cuan­do iba a com­prar mi pri­mer pi­so es­tu­ve quin­ce días sin dor­mir, has­ta que pen­sé: ‘ahí es­tán mis pa­dres’». Con­fie­sa que, «co­mo buen li­bra», le da mu­chas vuel­tas a la ca­be­za. Una vez que se de­ci­de, no da mar­cha atrás. «Pe­ro no soy ca­be­zo­ta, no me cues­ta rec­ti­fi­car», aña­de.

Es­tu­dió De­re­cho en San­tia­go, «una es­cue­la de vi­da», y apli­có el con­se­jo que le dio su ma­dre: «Mi­guel, es­tu­dia, pe­ro dis­fru­ta, la uni­ver­si­dad no es so­lo es­tu­diar». Y re­co­no­ce que así lo hi­zo. Allí vi­vió dos años con su her­mano Fran­cis, el ac­tor. «Me con­mo­vió su tra­ba­jo en El án­gel de Bu­da­pest. En Águi­la Ro­ja no lo re­co­noz­co; ves a tu her­mano, que es bue­ní­si­mo, con aque­lla mal­dad... ». Pe­ro es más de li­bros que de se­ries: «Leo an­tes de acos­tar­me. Soy un gran lec­tor de obras de his­to­ria. Aho­ra es­toy con La his­to­ria de Es­pa­ña con­ta­da a los es­cép­ti­cos. Me gus­ta leer so­bre el la­do hu­mano de los per­so­na­jes his­tó­ri­cos, te ayu­da a en­ten­der mu­chas co­sas. No sue­le men­cio­nar­se que la caí­da de Al­fon­so XIII va uni­da a la de­pre­sión que su­frió cuan­do mu­rió su ma­dre».

«Co­mo afi­cio­na­do a la his­to­ria», se lle­vó su dis­gus­to en el Con­gre­so. «En­tras en un edi­fi­cio tan so­lem­ne y te en­cuen­tras a gen­te bus­can­do la foto. Es una fal­ta de res­pe­to», di­ce. Sin em­bar­go, de­fien­de la la­bor de los 350 dipu­tados. «Se tra­ba­ja más de lo que la gen­te pien­sa. Yo ten­go a mis her­ma­nos en Ma­drid, pe­ro otros po­lí­ti­cos es­ta­rían so­los en la ca­pi­tal, que es una ciu­dad que pue­de ser du­ra pa­ra los que ve­ni­mos de fue­ra», se­ña­la. Es­tu­vo en la Co­mi­sión de Edu­ca­ción y de­fen­dió la fi­gu­ra de Ma­ría Mo­li­ner, «re­pre­sa­lia­da por sus ideas po­lí­ti­cas y por ser mu­jer, y au­to­ra de uno de los gran­des mo­nu­men­tos de nues­tra cul­tu­ra». La ex­pe­rien­cia tam­bién le sir­vió pa­ra «ver que Ma­riano Ra­joy ga­na en la cer­ca­nía» y pa­ra ha­cer bue­nas mi­gas con la so­cia­lis­ta Car­me Cha­cón.

Le­jos de la vo­rá­gi­ne de Ma­drid, le gus­ta ha­cer sen­de­ris­mo, aun­que se orien­ta «fa­tal», y le en­can­ta co­ci­nar. Un día hi­zo un arroz con las so­bras que te­nía en ca­sa y sus ami­gos lo bau­ti­za­ron el pla­to co­mo «arroz ca­lle Ni­ca­ra­gua». Se ha con­ver­ti­do en un hit y lo re­pi­te pa­ra los su­yos: «Soy buen an­fi­trión. Mu­chos tie­nen la lla­ve de mi ca­sa. Lo he­re­dé de mi fa­mi­lia. La puer­ta abier­ta».

CÉ­SAR QUIAN

Mi­guel Lo­ren­zo, sa­lien­do del Co­le­gio de Abo­ga­dos, en A Co­ru­ña.

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