«Ten­go vi­tí­li­go, ¿y qué?»

Los pa­cien­tes dan un pa­so al fren­te en el día mun­dial de la en­fer­me­dad y quie­ren de­jar de ser in­vi­si­bles en una so­cie­dad «en la que pri­ma la es­té­ti­ca»

La Voz de Galicia (Lugo) - - Sociedad - SA­RA CA­RREI­RA RE­DAC­CIÓN / LA VOZ

No es una do­len­cia gra­ve. Ni pe­li­gro­sa. Tam­po­co con­ta­gia ni due­le. Pe­ro es tan vi­si­ble que los pa­cien­tes de vi­tí­li­go se sue­len de­pri­mir, en al­gu­nos ca­sos hasta el pun­to de no que­rer sa­lir de ca­sa. Hoy se ce­le­bra el día mun­dial de es­ta en­fer­me­dad que han he­cho fa­mo­sa Mi­chael Jack­son y la mo­de­lo de De­sigual Win­nie Har­low, y los pa­cien­tes creen que la so­cie­dad tie­ne que oír­les, desechar las leyendas y asu­mir que el co­lor, o los co­lo­res de la piel, no im­por­tan na­da. «Ten­go vi­tí­li­go, ¿y qué?» es una fra­se que sue­le de­cir el pre­sen­ta­dor Juan Ime­dio, uno de los pa­cien­tes ilus­tres, pe­ro hay otros, co­mo Jon Hamm, pro­ta­go­nis­ta de Mad Men, que atri­bu­yó su vi­tí­li­go al es­trés por la fil­ma­ción de la se­rie.

Y es que si bien la do­len­cia tie­ne una ba­se ge­né­ti­ca, sue­le ser la ali­men­ta­ción —nue­vos es­tu­dios en la In­dia así pa­re­cen in­di­car­lo— y un mo­men­to de mu­cho es­trés lo que pro­mue­ve la apa­ri­ción de los bro­tes. Es­to es cuan­do una zo­na nue­va se de­co­lo­ra, em­pe­zan­do por una lí­nea o una man­chi­ta que va ga­nan­do ta­ma­ño con el pa­so de los días.

Se­gún los da­tos que ma­ne­ja la Aso­cia­ción de Pa­cien­tes de Vi­tí­li­go (As­pa­vit), hasta un 90 % de los en­fer­mos no re­ci­be nin­gún tra­ta­mien­to. Y aun­que el vi­tí­li­go no tie­ne cura, sí se pue­de tra­tar, so­bre to­do si co­gen los bro­tes en los pri­me­ros mo­men­tos.

Des­de la aso­cia­ción se cuen­ta con el ase­so­ra­mien­to de Agustín Alo­mar, der­ma­tó­lo­go ex­per­to en la do­len­cia y je­fe de Ser­vi­cio de Der­ma­to­lo­gía del Hos­pi­tal de Sant Pau de Bar­ce­lo­na des­de 1996. Alo­mar ex­pli­ca que el vi­tí­li­go «es un pro­ce­so der­ma­to­ló­gi­co sin ga­ran­tía de cu­ra­ción y con una pers­pec­ti­va de tra­ta­mien­to pro­lon­ga­do aun­que sen­ci­llo, sin efec­tos se­cun­da­rios pe­ro in­có­mo­do. Hay que te­ner mu­cha cons­tan­cia».

Por eso, di­cen en As­pa­vit, es fun­da­men­tal que los en­fer­mos sean aten­di­dos y se­gui­dos por un der­ma­tó­lo­go y cum­plan el tra­ta­mien­to: «En Es­pa­ña —di­ce la en­ti­dad— hay 4.000 farmacias au­to­ri­za­das pa­ra la ela­bo­ra­ción de fór­mu­las pa­ra un tra­ta­mien­to es­pe­cí­fi­co y un pa­cien­te de­ter­mi­na­do, ba­jo pres­crip­ción mé­di­ca».

Bull­ying ado­les­cen­te

Uno de los pro­ble­mas que más preo­cu­pa a la aso­cia­ción es que el 60 % de los en­fer­mos co­mien­za a te­ner los pri­me­ros sín­to­mas en­tre los 15 y 30 años, y se­gún la vi­ru­len­cia del ca­so pue­de dar lu­gar a si­tua­cio­nes di­fí­ci­les en­tre los más jó­ve­nes, in­clu­so con ca­sos de bull­ying en el co­le­gio.

La de­co­lo­ra­ción de la piel se pue­de ex­ten­der por to­do el cuer­po.

Las ma­nos son uno de los pri­me­ros lu­ga­res don­de apa­re­ce el vi­tí­li­go, pri­me­ro co­mo pe­que­ñas man­chas so­bre las ar­ti­cu­la­cio­nes.

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