Pién­sa­te­lo bien, que­ri­da hi­ja

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinion - Xosé Car­los Ca­nei­ro

No ima­gino a mi ama­do Mon­taig­ne de­ba­tién­do­se so­bre asun­tos elec­to­ra­les en su cas­ti­llo de pen­sa­dor im­pe­ni­ten­te, ro­dea­do de li­bros y fan­tas­mas. Tam­po­co a Bor­ges, que di­jo que la de­mo­cra­cia era un abu­so de la es­ta­dís­ti­ca. La jor­na­da de vo­ta­ción es una me­tá­fo­ra de to­do lo que no so­mos y que­re­mos ser. Una uto­pía en sí mis­ma. Es el día en que car­ga­mos con la ilu­sión co­mo quien car­ga un far­do de sue­ños, los pro­me­ti­dos por los po­lí­ti­cos y los que no­so­tros te­je­mos: co­mo Pe­né­lo­pe. Vo­tar con ilu­sión. Eso le he di­cho es­tos días a mi hi­ja ma­yor, que vo­ta por pri­me­ra vez y, con sen­ti­do co­mún, se ha leído to­dos los pro­gra­mas elec­to­ra­les pa­ra acla­rar el sen­ti­do de su vo­to. Con 18 años, por for­tu­na, uno es­cu­cha más el dia­pa­són de su co­ra­zón que el cri­te­rio de sus pa­dres. Por eso va a es­tu­diar pe­rio­dis­mo. Una va­lien­te.

Es­te do­min­go, que­ri­da hi­ja, te es­cri­bo pa­ra de­cir­te una vez más que lo pien­ses bien. Por­que en nues­tro vo­to va nues­tro fu­tu­ro, y es­to no es una con­sig­na elec­to­ral. Es, sen­ci­lla­men­te, la reali­dad. En nues­tro vo­to es­ta vez va la cla­ri­dad o el ofus­ca­mien­to, la pa­ra­li­za­ción o el trán­si­to al pro­gre­so. Por­que si nos ate­ne­mos a lo que han di­cho los po­lí­ti­cos du­ran­te la cam­pa­ña, aquí no go­bier­na ni el sur­sun­cor­da, a quien in­vo­ca­mos en los mo­men­tos de ma­yor opa­ci­dad in­te­lec­tual. Pien­sa, pues, en lo que han di­cho unos y otros y eli­ge en ab­so­lu­ta li­ber­tad lo que con­si­de­res opor­tuno. Los que crees que ac­tua­rán con res­pon­sa­bi­li­dad y en be­ne­fi­cio de la ma­yo­ría, y los que crees que go­ber­na­rán en be­ne­fi­cio pro­pio. Los que quie­ren que Ga­li­cia an­de, y los que pre­fie­ren que se gol­pee con­tra el mu­ro por­que en oc­tu­bre to­can las au­to­nó­mi­cas. Es­pe­re­mos que sean las úni­cas, por­que tal co­mo pin­tan las en­cues­tas, mu­cho me te­mo que el pro­ce­so po­se­lec­to­ral se­rá ar­duo y tu­mul­tuo­so.

Por eso es­te do­min­go yo te pi­do que no vo­tes en con­tra de na­die. Que vo­tes lo que en jus­ti­cia pien­ses que es me­jor pa­ra tu país, tan pe­que­ño y tan im­por­tan­te. Que go­ces de la li­ber­tad, por­que hu­bo un tiem­po muy cer­cano en el que no po­día­mos dis­fru­tar­la. Que des­tie­rres to­do ren­cor, por­que con ese pe­so no se pue­de su­bir nin­gu­na mon­ta­ña (y en el ca­mino siem­pre apa­re­ce­rán di­fi­cul­ta­des). In­sis­to una vez más, te lo he di­cho mu­chas ve­ces, en que la li­bre con­cien­cia es la me­jor con­se­je­ra. Y que no te fíes de las eti­que­tas ni de los que eti­que­tan: por­que don­de cre­cen el sec­ta­ris­mo y la in­to­le­ran­cia, de­cre­ce la bon­dad. Des­de ahí te pi­do que vo­tes. Des­de la bon­dad. Por­que de­trás del vo­to es­tá la gen­te. Y de la gen­te, yo pre­fie­ro a la bue­na. De iz­quier­das o de­re­chas, de cen­tro o de nin­gu­na par­te. Esa es la lec­ción que he apren­di­do en mis cin­cuen­ta y tres años: hay gen­te bue­na en to­das par­tes. Y ma­la, tam­bién. Pe­ro a ellos, que­ri­da Con­cha, no les de­ja­re­mos es­cri­bir la his­to­ria.

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