«Pa­ra apren­der me­teo­ro­lo­gía de ver­dad hay que ve­nir a Ga­li­cia»

La Voz de Galicia (Lugo) - - La Voz De Galicia - JOR­GE CA­SA­NO­VA

ca­lor. Me pa­sa lo que a la gen­te de aquí, cuan­do hay mu­chos días de llu­via se­gui­dos, me en­tra la mis­ma desa­zón. —¿Au­gu­ra mu­chos cam­bios en la is­la? No me­teo­ro­ló­gi­cos, cla­ro. —Pa­ra que ha­ya cam­bios tie­ne que ha­ber gen­te que quie­ra cam­biar. Yo creo que el es­que­ma se va a man­te­ner. —Us­ted ha po­pu­la­ri­za­do una for­ma muy cu­ba­na de ha­blar en ga­lle­go. ¿Có­mo lle­va eso? —Bas­tan­te mal. Los cu­ba­nos te­ne­mos una for­ma de ha­blar muy par­ti­cu­lar. Ya ha­bla­mos mal el es­pa­ñol y hay una se­rie de ca­rac­te­rís­ti­cas que jue­gan en nues­tra con­tra a la ho­ra de ha­blar el ga­lle­go. Ade­más, yo ha­blo muy rá­pi­do. Em­pie­zo a cua­ren­ta y aca­bo a cien­to vein­te. Y no prac­ti­co lo bas­tan­te. En mi ca­sa so­lo ha­blo el cu­bano. —¿Se lo di­cen por ahí? —A ve­ces. Cuan­do es ca­ra a ca­ra, no pa­sa na­da; per­fec­to. Aun­que a ve­ces hay otros que no son tan co­rrec­tos. Anó­ni­mos, ¿sa­be? —Le han do­li­do. —Sí, no es al­go agra­da­ble. Mi­re, el cu­bano te cri­ti­ca, cla­ro, pe­ro no lle­ga a la ofen­sa que han lle­ga­do aquí. Pe­ro bueno, la gran ma­yo­ría es ca­ri­ño­sa y me acep­ta co­mo soy. —Dí­ga­me al­go bo­ni­to: ¿qué ve­rano nos es­pe­ra? —¡Ja! ¡Eso qui­sie­ra sa­ber yo! Es di­fí­cil de pro­nos­ti­car, por­que no po­de­mos ha­cer pre­dic­cio­nes a lar­go pla­zo. No tie­ne sen­ti­do ya que el ni­vel de error es muy gran­de. —¿Y no le va­le la ex­pe­rien­cia des­pués de ha­ber vis­to tan­tos ve­ra­nos? —No. La ex­pe­rien­cia me di­ce que la ex­pe­rien­cia no sir­ve de na­da. Pe­ro si no lo pu­bli­ca, lue­go le di­go qué ve­rano va­mos a te­ner. [Y me lo di­jo, pe­ro em­pe­ñé mi pa­la­bra]. —¿Se ha vis­to al­gu­na vez cer­ca de un hu­ra­cán? —Más de una vez sí. Y cuan­do son fuer­tes, no se ol­vi­dan. Una vez vi có­mo ve­nía ha­cia mí una plan­cha me­tá­li­ca enor­me gi­ran­do por la fuer­za del vien­to. Me que­dé pa­ra­li­za­do. Afor­tu­na­da­men­te se pa­ró an­tes de al­can­zar­me. —¿Le preo­cu­pa el cam­bio cli­má­ti­co? —Sí cla­ro, pe­ro mu­cha gen­te des­co­no­ce que es un pro­ce­so na­tu­ral; ocu­rri­ría igual sin la in­ter­ven­ción del hom­bre. Es cier­to que esa in­ter­ven­ción es­tá in­flu­yen­do en la at­mós­fe­ra, pe­ro se es­tán atri­bu­yen­do al cam­bio cli­má­ti­co co­sas que no tie­nen que ver. Es­tá pa­san­do co­mo con el cuen­to del lo­bo. —Re­cí­te­me un ver­so, el pri­me­ro que se le ocu­rra. —¿Un ver­so? Hummm... (se to­ma su tiem­po) Ha­bía una fi­gu­ra pa­trió­ti­ca que te­nía unos ver­sos muy bo­ni­tos, me gus­ta­ba mu­cho... pe­ro no me acuer­do. —¿Y un re­frán? —Hummm, no. No soy de re­fra­nes. —Es us­ted un cien­tí­fi­co com­ple­to ¿eh? —Sí. A ve­ces soy de­ma­sia­do cien­tí­fi­co. —¿Qué es lo más im­por­tan­te en la vi­da? —Te­ner al­go por lo que vi­vir. Si no, la vi­da no tie­ne sen­ti­do.

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