El arries­ga­do via­je de J. has­ta Char­lot­te

Es­ta es la his­to­ria de una mu­jer que na­ció den­tro de un cuer­po de hom­bre. La su­ya fue la pri­me­ra sen­ten­cia que obli­gó al Ser­gas a pa­gar una ci­ru­gía de cam­bio de se­xo. Se eje­cu­tó el año pa­sa­do

La Voz de Galicia (Lugo) - - Sociedad - ÁN­GEL PA­NIA­GUA

Un tar­de de ve­rano, J. en­tró en el sa­lón de ca­sa con el co­ra­zón en un pu­ño. Co­rría 1987.

—Ten­go que de­cir­te una co­sa muy im­por­tan­te, ma­mi —era un chi­co tí­mi­do, de ma­ne­ras afe­mi­na­das, que ago­ta­ba sus quin­ce años sin si­quie­ra un atis­bo de pe­lu­sa en el la­bio. —¿Qué pa­sa? —Es que... no sé có­mo con­tár­te­lo —avi­só, rom­pien­do a llo­rar. Lle­va­ba me­ses ru­mian­do ese mo­men­to. Qué de­cir y có­mo.

—¡Ah! No te preo­cu­pes, no te preo­cu­pes, ya sé lo que es —com­pren­dió ella—. ¿Có­mo quie­res que te lla­me?

—Me gus­ta Char­lot­te —di­jo. Y pa­ra ella, nun­ca más fue J.

La ma­dre de Char­lot­te Goiar se mu­rió en el 2012 y aque­lla con­ver­sa­ción, quin­ce años an­tes en su pi­so del cen­tro de Vi­go, fue la úl­ti­ma que man­tu­vo con su hi­ja so­bre su tran­se­xua­lis­mo. Nun­ca hi­cie­ron fal­ta las pa­la­bras. La ha­bía vis­to su­frir lo in­de­ci­ble. «Ma­ri­cón, ve­te de ca­sa», le avi­sa­ban sus dos her­ma­nos. Era un chi­co que ves­tía con ro­pa de chi­co e iba al co­le­gio con otros chi­cos. Pe­ro sa­bía que no era un chi­co. «Lo su­pe des­de siem­pre», di­ce. Que­da­ban to­da­vía mu­chos años pa­ra que se con­vir­tie­ra en la pro­ta­go­nis­ta de la pri­me­ra sen­ten­cia que or­de­na­ba que el Ser­gas pa­ga­se una ci­ru­gía de cam­bio de se­xo. Fal­ta­ba una eter­ni­dad pa­ra que en­tra­se en un qui­ró­fano con el fin de «aco­mo­dar su fí­si­co a su yo psí­qui­co», co­mo man­dó el Tri­bu­nal Su­pe­rior de Xus­ti­za de Ga­li­cia.

Si su in­fan­cia fue du­ra, su ado­les­cen­cia fue es­pan­to­sa. Las hor­mo­nas y el ins­ti­tu­to. Los in­sul­tos y los es­cu­pi­ta­jos. Lle­gó un mo­men­to en que su vi­da era im­po­si­ble: so­lo te­nía una ami­ga, no que­ría cur­sar edu­ca­ción fí­si­ca pa­ra no en­trar en el ves­tua­rio, la re­cha­za­ban. Ex­plo­tó. En se­gun­do de BUP de­jó el San­ta Ire­ne.

Por eso, una tar­de de ve­rano,

dos me­ses an­tes de cum­plir los 16, en­tró en­co­gi­da en el sa­lón de su ma­dre. Po­co des­pués acu­dió por pri­me­ra vez a un mé­di­co. La en­do­cri­nó­lo­ga Ma­ría Lui­sa Fer­nán­dez, del am­bu­la­to­rio de Coia, nun­ca ha­bía vis­to un ca­so así. —Dé­ja­me una se­ma­na. Cuan­do vol­vió, pu­do leer las pri­me­ras fo­to­co­pias de pu­bli­ca­cio­nes mé­di­cas so­bre lo que a ella le ocu­rría. El doc­tor nor­te­ame­ri­cano de ori­gen ale­mán Harry Ben­ja­min ha­bía uti­li­za­do

en 1952 el tér­mino tran­se­xua­lis­mo an­te la co­mu­ni­dad mé­di­ca. Hoy se co­no­ce tam­bién con otros nom­bres, co­mo dis­fo­ria de gé­ne­ro o sín­dro­me de Harry Ben­ja­min. La Cla­si­fi­ca­ción In­ter­na­cio­nal de En­fer­me­da­des lo ca­li­fi­ca co­mo un tras­torno men­tal que «con­sis­te en el de­seo de vi­vir y ser acep­ta­do co­mo un miem­bro del se­xo opues­to».

«El sen­ti­mien­to del in­di­vi­duo no con­cuer­da con su se­xo fí­si­co», ex­pli­ca el je­fe del ser­vi­cio

En­do­cri­no­lo­gía del Chu­vi, Eduar­do Pe­na, «pe­ro no hay nin­gu­na di­fe­ren­cia hor­mo­nal me­di­ble». No se sa­be cuál es el ori­gen, so­lo se sa­be que al­go no en­ca­ja en al­gún pun­to. Na­da más.

Los en­do­cri­nos del Chu­vi han tra­ta­do una do­ce­na de ca­sos, des­pués de Char­lot­te. El diag­nós­ti­co es la cla­ve, di­ce Pe­na. Lo ha­cen los psi­quia­tras. Des­pués co­mien­za el tra­ta­mien­to hor­mo­nal. No se pue­de ha­cer has­ta los 18, aun­que «se­ría más fá­cil an­tes de la pu­ber­tad», acla­ra. Las hor­mo­nas lu­chan con­tra el cuer­po. No son tan de­fi­ni­ti­vas co­mo la ci­ru­gía, pe­ro ya pro­du­cen cam­bios.

Un es­tu­dio de la Aca­de­mia In­ter­na­cio­nal de In­ves­ti­ga­ción Se­xual a tra­vés de téc­ni­cas de imagen ce­re­bral con­clu­yó que los hom­bres tra­ta­dos con hor­mo­nas pa­ra ser mu­je­res pre­sen­tan una es­truc­tu­ra ce­re­bral mix­ta, con ras­gos mas­cu­li­nos, fe­me­ni­nos y des­mas­cu­li­ni­za­dos.

El tra­ta­mien­to de Char­lot­te co­men­zó a los 16. Eran tres com­pri­mi­dos al día, los es­tró­ge­nos (fe­me­ni­nos) y los an­ti­an­dró­ge­nos (con­tra la hor­mo­na mas­cu­li­na). Se atre­vió a em­pe­zar a po­ner­se ves­ti­dos por pri­me­ra vez a los 17. Fue re­afir­mar lo que sen­tía. No la ali­vió. Tam­po­co la ope­ra­ción de pe­cho, que su ma­dre le pa­gó a los 21. Pa­só los 20 y los 30 en­ce­rra­da en ca­sa. «Me le­van­ta­ba por la ma­ña­na y no que­ría vi­vir, me to­ma­ba una pas­ti­lla pa­ra se­guir dur­mien­do». Char­lot­te Goiar ha exis­ti­do más tiem­po con tra­ta­mien­to psi­quiá­tri­co que sin él.

Nun­ca tra­ba­jó. Bus­ca­ba un em­pleo de ca­ma­re­ra y la re­cha­za­ban al ver su DNI. Pe­día una pla­za en un gim­na­sio y se la ne­ga­ban. «El di­cho­so nom­bre», di­ce. «J». No quie­re ni re­cor­dar­lo. Se lo cam­bió en el 2007, con la ley de iden­ti­dad se­xual. «Fui la pri­me­ra de Vi­go en pe­dir­lo», ase­gu­ra.

Tu­vo un no­vio que la de­jó. «Nin­gún co­lec­ti­vo tran­se­xual qui­so ayu­dar­me por­que yo de­cía que es­ta­ba en­fer­ma y no les gus­ta­ba». Es­ta­ba so­la. Pa­ra en­ton­ces, la reasig­na­ción de se­xo ya era una ne­ce­si­dad vi­tal. El Ser­gas nun­ca qui­so pa­gar la ope­ra­ción: pri­me­ro la ne­gó, des­pués re­cu­rrió to­das las sen­ten­cias y más tar­de de­mo­ró su eje­cu­ción. El Tri­bu­nal Su­pe­rior le obli­gó por­que un real de­cre­to de 1995 y otro del 2006 re­co­no­cen la téc­ni­ca den­tro de la car­te­ra de ser­vi­cios de la sa­ni­dad pú­bli­ca. El pro­ce­so ju­di­cial co­men­zó en el 2008 y la sen­ten­cia del TSXG es del 2012, pe­ro Char­lot­te no se acos­tó en una me­sa de ope­ra­cio­nes has­ta el 21 de enero del 2015.

Ese día, una ci­ru­ja­na de la Clí­ni­ca Iván Ma­ñe­ro de Bar­ce­lo­na ex­tra­jo un tro­zo de su co­lon, lo ais­ló, for­mó un tu­bo, creó su va­gi­na y anu­ló sus ge­ni­ta­les mas­cu­li­nos. 42 años des­pués.

Pe­ro hu­bo com­pli­ca­cio­nes. Tras cin­co ci­ru­gías, tie­ne una fís­tu­la que no se ha ce­rra­do y ase­gu­ra que el Ser­gas no quie­re tra­tar­la.

Le fal­ta po­co, pe­ro son ya mu­chos años de via­je pa­ra, sim­ple­men­te, po­der ser quien es. «To­do es cul­pa del mal en­ten­di­mien­to de una en­fer­me­dad», la­men­ta, «yo no he es­co­gi­do es­to».

Ha vi­vi­do más tiem­po con tra­ta­mien­to psi­quiá­tri­co que sin él

«Siem­pre su­pe que no era un chi­co», di­ce; so­lo su ma­dre, ya fa­lle­ci­da, la apo­yó

M. MORALEJO

Char­lot­te Goiar —el ape­lli­do es un seu­dó­ni­mo—, es­ta se­ma­na, en un par­que de Vi­go.

Char­lot­te (4 años) con una mu­ñe­ca en la ca­ma, con su ma­dre; un anun­cio de la em­pre­sa de su pa­dre (3 años).

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