No han en­ten­di­do na­da ni lo en­ten­de­rán

La Voz de Galicia (Lugo) - - | | | 19 Opinión -

No han en­ten­di­do na­da, y así lo de­mues­tran las co­sas que em­pe­za­ron a de­cir el do­min­go por la no­che y con­ti­nua­rán di­cien­do los pró­xi­mos días. Al­bert Ri­ve­ra no ha en­ten­di­do que su pro­ble­ma no es la ley elec­to­ral, aun­que sea cier­to que es­ta vez le ha per­ju­di­ca­do. Su pro­ble­ma es su ideo­lo­gía mar­xis­ta. La de Grou­cho. Ya sa­ben, es­tos son mis prin­ci­pios... Ayer mis­mo ne­gó que va­ya a ve­tar a Ra­joy, y ha­ce me­dio año aún de­cía que ja­más en­tra­ría en un Go­bierno que no es­tu­vie­ra pre­si­di­do por él. Pre­su­me de di­ri­gir el úni­co par­ti­do ver­da­de­ra­men­te es­pa­ñol, pe­ro co­no­ce po­co Es­pa­ña. Los lec­to­res de La Voz sa­ben des­de di­ciem­bre que pa­ra Al­bert, Cor­me es lo mis­mo que To­me­llo­so. Y así lo ha vuel­to a de­mos­trar en la con­fec­ción de las can­di­da­tu­ras. Una pe­na, por­que su arro­jo en Ca­ta­lu­ña, su pro­pues­ta re­ge­ne­ra­do­ra y al­guno de sus com­pa­ñe­ros de via­je in­vi­ta­ban a ima­gi­nar otro fu­tu­ro.

Pe­dro Sánchez, que se ha sal­va­do de mi­la­gro, no ha he­cho ni ha­rá au­to­crí­ti­ca. La cul­pa de que el PSOE ha­ya ob­te­ni­do el peor re­sul­ta­do de su his­to­ria es del PP, por in­flar la bur­bu­ja de Po­de­mos, y de Po­de­mos, por no vo­tar­le en mar­zo. Si le de­jan, vol­ve­rá a in­ten­tar con­fi­gu­rar un Go­bierno sin apo­yos, por­que ca­da se­ma­na que pa­sa es tiem­po ga­na­do. So­bre to­do des­pués de que Su­sa­na, la Reina del Sur, tam­bién se ha­ya es­tre­lla­do.

Pa­blo Igle­sias por fin ha des­cu­bier­to que los ex­pe­ri­men­tos de la­bo­ra­to­rio no siem­pre sa­len bien en cam­po abier­to. En po­lí­ti­ca, y me­nos en la izquierda, dos y dos no son cua­tro. La vie­ja pa­rro­quia de Izquierda Uni­da no ha pa­sa­do por el círcu­lo de Po­de­mos y en­tre Gar­zón e Igle­sias han de­ja­do a la izquierda más desuni­da de lo que siem­pre ha es­ta­do. Su diag­nós­ti­co de la si­tua­ción, ati­na­do ha­ce dos años, ya es mo­ne­da co­mún. Y en cam­bio sus re­ce­tas si­guen sien­do de par­vu­li­tos. El ba­ta­ca­zo, un mi­llón de vo­tos me­nos, se ha pro­du­ci­do es­pe­cial­men­te en las aglo­me­ra­cio­nes ur­ba­nas en las que go­ber­na­ban sus fran­qui­cias lo­ca­les, des­pués de un año de po­lí­ti­cas fren­tis­tas y ex­pec­ta­ti­vas in­cum­pli­das. La pun­ti­lla ha si­do el cau­di­llis­mo del lí­der y la cons­ta­ta­ción, cuan­do han em­pe­za­do las cur­vas, de que la de­mo­cra­cia in­ter­na era un gan­cho más de már­ke­ting.

Tam­po­co Ra­joy ha en­ten­di­do ni en­ten­de­rá na­da. Ocho mi­llo­nes de vo­tos y 137 es­ca­ños no sig­ni­fi­can que el PP no si­ga sien­do el nasty party, una op­ción ale­ja­dí­si­ma de la ideo­lo­gía y el co­ra­zón de un al­to por­cen­ta­je del país, so­bre to­do de la po­bla­ción más jo­ven, la que di­bu­ja­rá el fu­tu­ro. Mu­cha gen­te, esa gen­te nor­mal a la que sue­le in­vo­car Ra­joy, har­ta de la aus­te­ri­dad y los re­cor­tes so­cia­les, de los ca­sos de co­rrup­ción y la ges­tión de los mis­mos, ha vo­ta­do al PP con una pin­za en la na­riz, o se ha abs­te­ni­do, pa­ra evi­tar el lu­nes por la ma­ña­na una re­sa­ca co­mo la que aún es­tán su­frien­do los in­gle­ses. No en­ten­der es­to y en­cas­ti­llar­se en el bal­cón de Gé­no­va so­lo ser­vi­rá pa­ra lo­grar una in­ves­ti­du­ra en pre­ca­rio, ges­tio­nar una le­gis­la­tu­ra cor­ta e in­cre­men­tar el ries­go de un sal­to al abis­mo den­tro de dos o tres años.

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