¡Sal­va­do­res de la pa­tria, me har­táis!

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinión -

La de­mo­cra­cia exis­te cuan­do ga­náis vo­so­tros. Igual que la li­ber­tad: so­lo cuen­ta la vues­tra. Cuan­do la de­mo­cra­cia le da al Par­ti­do Po­pu­lar una vic­to­ria ro­tun­da e in­ape­la­ble (le sa­ca al se­gun­do cin­cuen­ta y dos es­ca­ños) no sir­ve; en cam­bio cuan­do vo­so­tros, aun sin ga­nar, te­néis el ho­nor de go­ber­nar, pa­seáis vues­tra vic­to­ria con una arro­gan­cia in­nom­bra­ble. ¿Có­mo no re­cor­dar las elec­cio­nes mu­ni­ci­pa­les co­ru­ñe­sas? ¿Có­mo no pen­sar en el cam­bio de «ré­gi­men» que au­gu­ra­bais? ¿Có­mo no de­tes­tar esa in­to­le­ran­cia, ese to­ta­li­ta­ris­mo, que os na­ce des­de las raí­ces ha­cia to­do lo que no se ase­me­ja a vo­so­tros? Pre­su­mís de mul­ti­cul­tu­ra­lis­tas, pe­ro la úni­ca cul­tu­ra que de­fen­déis es la que sa­cia vues­tros par­ti­cu­la­res in­tere­ses. Pre­su­mís del vo­to pro­le­ta­rio y de la de­fen­sa de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, pe­ro dais ór­de­nes al pue­blo des­de vues­tra to­rre de mar­fil o des­de un pa­zo de las afue­ras de cual­quier ciudad ga­lle­ga. Hon­ráis a la cla­se obre­ra, pe­ro mu­chos lí­de­res de opi­nión ha­béis si­do ni­ños bien for­ma­dos gra­cias a la for­tu­na pa­ter­na o al Es­ta­do que in­ten­táis des­truir a dia­rio.

Y no me ca­lla­réis. Lo di­je en Madrid cuan­do pre­sen­té mi úl­ti­ma no­ve­la y me lle­ga­ron ad­mo­ni­cio­nes di­ver­sas: ha­blan­do mal de la iz­quier­da no ven­de­rás un li­bro. Os creéis en po­se­sión de una su­pe­rio­ri­dad mo­ral ex­tra­ña y re­pug­nan­te. Es­tos días lo ha­béis ra­ti­fi­ca­do una vez más. No so­lo los ne­cios que pien­san que los ocho mi­llo­nes de vo­tos que re­ci­be el PP son de co­rrup­tos. O que en­tre esos ocho mi­llo­nes de vo­tos no hay uno de gen­te de­cen­te. Has­ta ahí lle­ga la in­si­dia y la cruel­dad. Ha­blo de al­gún re­cuer­do a Va­lle-In­clán en la no­che elec­to­ral: «En Es­pa­ña el mé­ri­to no se pre­mia. Se pre­mia el ro­bar y el ser sin­ver­güen­za. En Es­pa­ña se pre­mia to­do lo ma­lo». Lo pu­bli­ca­ba en una red so­cial uno de nues­tros es­cri­to­res cé­le­bres. No acla­ra­ba ni cuán­do ni por qué ni có­mo es­cri­bió el maes­tro de Vi­la­no­va de Arou­sa. Pe­ro hoy no me to­ca ha­blar de li­te­ra­tu­ra. So­lo acla­rar que la ver­sión de­fi­ni­ti­va de Lu­ces de Bohe­mia se pu­bli­có ba­jo el Go­bierno de Pri­mo de Ri­ve­ra. Era una dic­ta­du­ra.

Hoy me to­ca sa­cu­dir­me de las en­tra­ñas el do­lor. Por­que due­le pen­sar que la in­te­li­gen­cia de mi país es­té tan pu­tre­fac­ta. Me due­le que las éli­tes in­te­lec­tua­les ha­yan caí­do en el error de ne­gar el po­der y el va­lor de la pa­la­bra de los otros, de los que no pien­san igual, de los que dis­cre­pan con el há­bi­to de lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to. Es­tos días de ro­tun­da vic­to­ria del PP, re­pi­to, los prín­ci­pes de las ma­reas se ven co­mo son des­nu­dos. Con esa amar­gu­ra de­po­si­ta­da en el hue­co de los ojos cuan­do el pue­blo pin­ta Ga­li­cia y Es­pa­ña de azul PP. ¿Qué de­mé­ri­to tie­ne es­ta vic­to­ria? ¿No es tan dig­na co­mo cual­quie­ra de las vues­tras? Na­die os­ten­ta la po­tes­tad ex­clu­si­va del ADN ga­lle­go. A Ga­li­cia se le pue­de que­rer des­de la iz­quier­da, pe­ro tam­bién des­de el PP. A vo­so­tros os cuesta ad­mi­tir­lo. Y no por­que no lo se­páis. Sino por­que el pa­pel de sal­va­pa­trias se de­fi­ne en el yu­go de la im­po­si­ción y el des­po­tis­mo. Vi­van la de­mo­cra­cia y la li­ber­tad (pe­ro so­lo cuan­do ga­nan los nues­tros). ¡Me har­táis, sal­va­do­res de la pa­tria!

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