La des­orien­ta­ción de Po­de­mos

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinión -

Los que se iban a co­mer el mun­do se han que­da­do co­mo ton­tos. Los que ha­bían des­cu­bier­to có­mo cam­biar Es­pa­ña es­tán me­ti­dos en la re­fle­xión de su pro­pio cam­bio. Los que pen­sa­ban que el ré­gi­men se ha­bía ago­ta­do me­di­tan aho­ra qué fa­lló en su diag­nós­ti­co, in­te­lec­tual­men­te tan só­li­do. Los que iban a de­jar sin ha­bla a la vie­ja po­lí­ti­ca se que­da­ron ellos mu­dos. La prue­ba es que no sa­ben qué de­cir. Pa­blo Igle­sias se ha re­ti­ra­do a me­di­tar en frío. Eche­ni­que tu­vo que con­fe­sar que no sa­bían ex­pli­car por qué ha­bían per­di­do más de un mi­llón de vo­tos. Juan Car­los Mo­ne­de­ro re­sul­tó al­go cruel: los po­de­mis­tas ha­bían pe­ca­do de in­fan­ti­lis­mo y con­fun­die­ron el már­ke­ting con la ideo­lo­gía. Al fi­nal, Ca­ro­li­na Bes­can­sa tie­ne que ha­cer el es­tu­dio so­cio­ló­gi­co pa­ra co­no­cer qué ha pa­sa­do y por qué ha pa­sa­do. En­tien­den que al­go hi­cie­ron mal, pe­ro no sa­ben qué.

Sin la cul­tu­ra so­cio­ló­gi­ca ni la al­tu­ra in­te­lec­tual de Bes­can­sa, se pue­de arries­gar un cri­te­rio ge­ne­ral: a Po­de­mos se le quie­re en la po­lí­ti­ca, pe­ro no se le quie­re en el Go­bierno. En la po­lí­ti­ca que­dan muy bien y se va­lo­ra su apor­ta­ción: tie­nen el dis­cur­so más fres­co; son el azo­te del go­ber­nan­te ro­mo y aco­mo­da­do; com­ba­ten unas cos­tum­bres po­lí­ti­cas ado­ce­na­das; son la voz de la Es­pa­ña del de­sen­can­to, su cau­ce de re­pre­sen­ta­ción den­tro del sis­te­ma, y son la nue­va iz­quier­da real y pe­leo­na, ne­ce­sa­ria pa­ra de­nun­ciar pri­vi­le­gios y abu­sos. Co­mo ac­to­res del es­ce­na­rio po­lí­ti­co se ha­cen que­rer. Y en mu­chos ca­sos ad­mi­rar.

Pe­ro en­tre­gar­les la go­ber­na­ción del país ya es otra his­to­ria. Es en­co­men­dar­les la po­lí­ti­ca eco­nó­mi­ca, y sus afec­tos a Tsi­pras no ins­pi­ran con­fian­za. Es en­car­gar­les la ges­tión de la po­lí­ti­ca so­cial, y el con­tri­bu­yen­te no aca­ba de creer a quien un día pro­me­te 90.000 mi­llo­nes de gas­to y des­pués los re­ba­ja a 60.000. Es te­ner al­go de ex­pe­rien­cia acre­di­ta­da, y ahí tro­pe­za­ron con el Rajoy que hi­zo de los inex­per­tos una de las ba­ses de su pro­pa­gan­da. Es te­ner con­sa­gra­das las le­yes del mer­ca­do, y el fan­tas­ma de Ve­ne­zue­la les per­si­gue. Es exa­mi­nar la ges­tión de sus al­cal­des y mu­chos de ellos son vis­tos co­mo un freno a los pro­yec­tos in­no­va­do­res de las ciu­da­des. Es ver­les res­pal­dan­do un re­fe­ren­do en Ca­ta­lu­ña, y eso asus­ta a la gen­te. Y, si se quie­re ser so­cial­de­mó­cra­ta, ser­lo, pe­ro es una con­tra­dic­ción me­ter a los co­mu­nis­tas en ese Go­bierno tem­pla­do.

Su­men los po­de­mis­tas de Es­pa­ña, los co­mu­nes de Ca­ta­lu­ña y las Ma­reas de Ga­li­cia to­dos esos da­tos e in­di­cios y em­pe­za­rán a te­ner un pri­mer diag­nós­ti­co: su ad­ver­sa­rio no era el PSOE ni la vie­ja po­lí­ti­ca; era al­go muy pa­re­ci­do al mie­do. «Mie­do al cam­bio», di­ce Eche­ni­que; «mie­do al ries­go», di­cen los más con­ser­va­do­res; pe­ro mie­do. El mie­do ca­si nun­ca es ra­cio­nal, pe­ro im­pi­de lle­gar al po­der.

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