No fue­ron, y no de­be­rían ser, inú­ti­les

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinión -

Du­ran­te la lar­ga cam­pa­ña que ha pre­ce­di­do al 26J se ha bom­bar­dea­do a la ciu­da­da­nía con afir­ma­cio­nes ro­tun­das o ses­ga­das que el re­sul­ta­do de las elec­cio­nes ha de­ja­do en evi­den­cia. Lo más preo­cu­pan­te es que no se re­co­no­ce. Se in­sis­tió, co­mo si fue­ra una pal­ma­ria ob­vie­dad, que es­tas elec­cio­nes eran inú­ti­les por­que pro­por­cio­na­rían el mis­mo re­sul­ta­do que las del 20D. La reali­dad ha de­mos­tra­do que no ha si­do así. Aun­que no exen­to de in­cer­ti­dum­bres, el es­ce­na­rio ha ga­na­do en cla­ri­dad. El ca­carea­do pac­to de PSOE-Ciu­da­da­nos pa­ra una in­ves­ti­du­ra de Sán­chez hoy ya no es po­si­ble, ni si­quie­ra con la per­se­gui­da abs­ten­ción de Po­de­mos nun­ca acla­ra­da por sus pro­mo­to­res. No pue­den es­gri­mir pa­ra jus­ti­fi­car su in­ten­to que jun­tos te­nían un vo­to más que el PP. Ha que­da­do, eso sí en evi­den­cia, su au­to­es­ti­ma de que se­rían pre­mia­dos por ha­ber si­do los úni­cos es­for­za­dos par­ti­da­rios del diá­lo­go y el pac­to. Am­bos han per­di­do vo­tos y es­ca­ños. Las ur­nas han va­li­do pa­ra el amar­go des­per­tar del sue­ño en que se ha­bía ins­ta­la­do Po­de­mos al unir­se con IU. El cálcu­lo de Igle­sias en di­ciem­bre ha fa­lla­do. El ar­gu­men­to de que la fuer­za po­lí­ti­ca más vo­ta­da de­be­ría ser la que de­be­ría go­ber­nar, en­ton­ces en en­tre­di­cho, se ha con­fir­ma­do al ha­ber in­cre­men­ta­do el PP su ven­ta­ja de for­ma sig­ni­fi­ca­ti­va.

Se qui­so iden­ti­fi­car las elec­cio­nes con el ob­je­ti­vo del cam­bio, in­ter­pre­ta­do de ma­ne­ra di­fe­ren­te; co­mo mí­ni­mo des­alo­jar del Go­bierno al PP. En eso es­ta­ban de acuer­do PSOE y Uni­dos Po­de­mos, aun­que es­te lo que pre­ten­de es un cam­bia­zo, que en el alia­do de Igle­sias es aca­bar con el sis­te­ma de 1978. Pa­ra los de Ri­ve­ra se tra­ta del re­cam­bio de Rajoy. Pue­de asu­mir­se, sin di­fi­cul­tad, que la idea del cam­bio ha­ya es­ta­do pre­sen­te en to­dos los elec­to­res, aun­que no en el mis­mo sen­ti­do. Los ciu­da­da­nos, co­mo su­ce­de en un sis­te­ma de­mo­crá­ti­co, en el que to­dos son igua­les, vo­ta­ron pa­ra que ha­ya un Go­bierno, cual­quie­ra que fue­se el des­tino de la pa­pe­le­ta. Es­to es lo fun­da­men­tal, lo que apre­mia y lo que se re­cla­ma a los par­ti­dos po­lí­ti­cos. Ha­bría que de­jar, de una vez por to­das, el fa­bri­ca­do mi­to del blo­queo.

Las elec­cio­nes de­ja­ron a ca­da uno en su si­tio. Es­ta es la ima­gen a re­te­ner; pe­ro, co­mo de cos­tum­bre, quie­nes no la en­cuen­tran fa­vo­ra­ble tien­den a des­fi­gu­rar­la. Igle­sias, el más de­cep­cio­na­do, ha si­do víc­ti­ma de su en­vi­te fren­tis­ta y en con­cre­to del fra­ca­sa­do sor­pas­so que ha vul­ga­ri­za­do. Evi­tar­lo se ex­hi­be por Sán­chez co­mo un triun­fo, a pe­sar de ha­ber ba­ja­do en su ya dis­mi­nui­do re­sul­ta­do del 20D. Éxi­to ha si­do el de Rajoy en el uno con­tra to­dos, más en­co­mia­ble que la ma­yo­ría ab­so­lu­ta a la que le con­du­jo en vo­lan­das el vo­to an­ti Za­pa­te­ro. Bien es­tá que ha­ya agra­de­ci­do a los mi­li­tan­tes del PP su es­fuer­zo; pe­ro a quien ha de agra­de­cer el re­sul­ta­do, que de­be­ría ser­vir pa­ra ol­vi­dar el ve­to per­so­nal que le han pues­to sus ad­ver­sa­rios, es a los ciu­da­da­nos que le vo­ta­ron con en­tu­sias­mo des­crip­ti­ble pen­san­do en el in­te­rés ge­ne­ral del país. El que han de pro­cu­rar los par­ti­dos.

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