Vi­da de es­cri­tor

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinion - EDUARDO BLAN­CO-AMOR

La ver­dad es que uno em­pie­za a es­tar ya un po­co can­sa­do, em­pa­la­ga­do e in­clu­so en­sa­rrea­do de tan­ta po­lí­ti­ca. De igual mo­do que, a los bo­rra­chi­nes y dro­ga­dic­tos, ya le va sien­do di­fí­cil a uno pres­cin­dir del ex­ci­tan­te. To­do lo de­más le sa­be a po­co. Re­pa­so la lis­ta de mis co­la­bo­ra­cio­nes del mes pa­sa­do, son sie­te, de ellas cin­co so­bre po­lí­ti­ca. In­clu­so tres con­fe­ren­cias anun­cia­das con otros te­mas, a me­dio an­dar se me fue­ron por los tran­cos y ba­rran­cos del po­li­ti­queo. No hay más que ver los pe­rió­di­cos, tres cuar­tas par­tes po­lí­ti­ca y el res­to, atra­cos, muer­tes, bom­bas y vio­la­cio­nes reales o in­ven­ta­das por las pro­ta­go­nis­tas, to­do ello co­mo pro­duc­tos de la ge­ne­ral tra­pa­ties­ta que mu­chos con­fun­den, o ha­cen que con­fun­den, con la de­mo­cra­cia.

Pues bien, hoy no me da la ga­na. Hoy quie­ro ha­blar con el lec­tor, me­ter­lo un ins­tan­te en la pe­rra vi­da del es­cri­tor, en su más gris y co­ti­diano me­nes­ter. En reali­dad siem­pre tu­ve es­ta tendencia con­fi­den­cial, y más tra­tán­do­se de lec­to­res ga­lle­gos. De­cía Ma­ra­gall que el pú­bli­co era pa­ra él unas po­cas ca­ras co­no­ci­das, o sea ca­ras co­mo es­pe­jos del al­ma. Y aña­día: «Si no es­toy en tu co­ra­zón ¿có­mo voy ha­blar­le a tu co­ra­zón?». Es­to de pro­po­ner el co­ra­zón con la más in­fa­li­ble men­te del hom­bre, ya se ha­bía di­cho an­tes de Pas­cal na­da me­nos que en la Bi­blia. Cuan­do Jeho­vá im­plan­ta la sa­bi­du­ría en Sa­lo­món, lo ha­ce con es­tas pa­la­bras: «He aquí que te he da­do co­ra­zón sa­bio y en­ten­di­do». (Re­yes, 2, 3). En fin, de­je­mos es­tas al­ti­so­nan­cias, no sea que por apar­tar­nos de la po­lí­ti­ca va­ya­mos a caer en la pe­dan­te­ría. Su­pues­to ya que el lec­tor es un ami­go, un co­par­tí­ci­pe, ca­si un cóm­pli­ce, va­mos a ver có­mo em­pie­za un día cual­quie­ra la ta­rea de es­te es­cri­ba diurno y ma­dru­gón.

Me le­van­to de mal ge­nio pen­san­do có­mo es­co­ger en la ma­ra­ña de los asun­tos. Me aso­mo a ver el tiem­po co­mo ha­cen otros vie­jos pa­ra sa­ber de qué acha­que han de que­jar­se du­ran­te el día. Co­mo a mí no me due­le nun­ca na­da, el ges­to se que­da en inade­cua­do ri­tual. De pron­to me lan­zo a la má­qui­na, co­mo si fue­se un enemi­go al que hay que aco­me­ter por sor­pre­sa. Me sien­to. So­plo la ce­ni­za de la vís­pe­ra. Pon­go el pa­pel. Me le­van­to a bus­car ta­ba­co. Veo, al pa­sar, unas car­tas que que­da­ron de la vís­pe­ra. ¿Las abro? ¡NO! Me sien­to. Des­cu­bro que no ven­dría mal un ca­fé. Ya desa­yu­né mis fru­tas y mi yo­gur, tam­bién ri­tua­les, pe­ro un ca­fé siem­pre es un ca­fé. Co­mo uno vi­ve so­lo, que pa­ra es­te ofi­cio es me­jor que bien acom­pa­ña­do, me le­van­to a ha­cer­lo. ¿Des­ca­fei­na­do? ¡NO! Hoy no quie­ro que se me des­ca­feí­ne el choio. Lo to­mo en la co­ci­na. Vuel­vo me sien­to, ro­tu­lo el fo­lio: «La raíz ga­lle­ga de los es­per­pen­tos de Va­lle In­clán». Me le­van­to a ce­rrar un gri­fo del ba­ño. Es­tor­ba más un go­teo que un Niá­ga­ra. Me mi­ro al es­pe­jo del bo­ti­quín y pien­so ¡qué as­co!, co­mo to­dos los días des­de el que cum­plí los se­sen­ta. Ya voy por el ter­cer ci­ga­rri­llo. No me sa­le na­da. El pa­pel es­tá ahí con su blan­cu­ra in­ci­tan­te, su her­vi­de­ro de po­si­bi­li­da­des, es­fin­ge con se­cre­to. Le­van­to las ma­nos co­mo si fue­se a aco­me­ter el co­mien­zo de la Apas­sio­na­ta. Las de­jo caer des­go­ma­das so­bre los mus­los. Me le­van­to a... Pien­so: «Las su­ti­les dis­cul­pas del ocio». Veo la ca­ra de ma­za­pán sa­tis­fe­cho del vie­jo Goet­he, au­tor de la fra­se. Me aver­güen­zo, una vez más, de no ha­ber po­di­do ter­mi­nar, des­de los die­ci­séis años, la lec­tu­ra del

Wil­helm Meis­ter. Vuel­ta a sen­tar­me, aho­ra con la más irri­ta­da de­ci­sión, y em­pie­zan a fut­bo­lear los chi­qui­llos de la ur­ba­ni­za­ción que hoy va­can y be­rrean en ho­nor de San­to To­más de Aquino. Con to­dos es­tos si­mu­la­cros la fra­se de en­tra­da, que ya te­nía re­don­da y con­di­cio­nan­te del res­to, se me fue por el ai­re.

Hun­do otra vez las ma­nos (cua­tro de­dos) en el al­fa­be­to lo­co, y em­pie­za el pas a deux so­bre las te­clas. Ahí es­tá de nue­vo el te­ma, más di­lui­do pe­ro más am­plio y cohe­ren­te, ele­gan­te ca­si... Se me es­tá aca­ban­do el fo­lio. Ten­drían que in­ven­tar unos ro­llos con­ti­nuos, co­mo de ro­ta­ti­va o de pa­pel hi­gié­ni­co... El te­lé­fono. ¡Que se jo­da! Pe­ro re­sul­ta que no, que son tim­bra­zos en cla­ve, so­lo pa­ra los ín­ti­mos. Tres to­ques, col­gar y vol­ver a lla­mar. Se re­pi­ten. Me le­van­to. Voy re­gur­gi­tan­do la fra­se a me­dio re­sol­ver pa­ra que no se me ol­vi­de. Me lla­man des­de otra ciu­dad es­pa­ño­la y uni­ver­si­ta­ria. Es mi ami­go X, teó­lo­go ex­claus­tra­do mo­tu pro­prio, he­le­nis­ta y poe­ta de hon­du­ra, aun­que in­te­li­gi­ble. Me tran­qui­li­zo, X es muy se­reno en el co­lo­quio y bre­ve en sus lla­ma­das. Pe­ro re­sul­ta que hoy se mues­tra al­bo­ro­ta­do y gri­tón. Ca­si lo veo bra­cear. «Es una ca­ci­ca­da in­to­le­ra­ble. El úni­co mi­nis­tro ga­lle­go y vie­ne a re­ven­tar­nos la au­to­no­mía...». Tra­to de cal­mar­lo: le di­go que la acu­sa­ción me pa­re­ce in­jus­ta o, al me­nos, pre­ci­pi­ta­da. «Ten­go to­dos los da­tos en la mano. Tú que eres es­cri­tor vul­gar, (quie­re de­cir que no soy he­le­nis­ta) y sa­bes echar dis­cur­sos, tie­nes que en­ca­be­zar una cam­pa­ña». Tra­to de ex­pli­car­le que si me­dio mi­llón de ga­lle­gos van a re­tro­ce­der ante un so­lo ve­cino de Cam­ba­dos la cul­pa se­rá de to­dos. Le aña­do que se tra­ta de una fal­sa alar­ma. No me de­ja ha­blar. «Es­tás en la lu­na. Se tra­ta de una ma­nio­bra de do­ble fi­lo. Si se adue­ña de la Jun­ta y sa­le la au­to­no­mía, se apun­ta­rá un tan­to pa­ra su par­ti­do, y al mis­mo tiem­po ha­rá to­do lo po­si­ble pa­ra re­gio­na­li­zar­la, li­mi­tán­do­la a un pro­ble­ma de con­ta­bi­li­dad. ¿Lo en­tien­des o no?». Le di­go que re­fle­xio­ne, ape­lo a su se­re­ni­dad apo­lí­nea. Na­da. To­tal quin­ce mi­nu­tos per­di­dos.

Vuel­vo al tra­ba­jo. No en­tien­do ni una pa­la­bra, de lo es­cri­to, to­do bo­rra­do por el ven­ta­rrón de la po­lí­ti­ca. Co­jo mis dos fo­lios de ra­zo­nes lú­ci­das, so­pe­sa­das, ca­si in­te­li­gen­tes. Los do­blo con ter­nu­ra, los aprie­to con­tra el pe­cho co­mo pi­dién­do­les per­dón. Me­to otro pa­pel en la má­qui­na. Lo ro­tu­lo: «Los re­ven­ta­do­res de la au­to­no­mía». No sé có­mo con­ti­nuar. Me le­van­to, ha­blo con Ma­drid, ¡to­da­vía con Ma­drid!, pa­ra pe­dir in­for­ma­ción so­bre lo que pa­sa en Ga­li­cia. Co­mo aún son las diez, na­die con­tes­ta en re­dac­cio­nes y des­pa­chos. Me vis­to. Sal­go a la ca­lle a ver qué se di­ce por las rúas, ba­res y co­rri­llos. Na­da con­cre­to, ape­nas una di­fu­sa in­dig­na­ción. Al­gu­na fra­se cer­te­ra. «Lo me­jor que ha­cen esos tíos de la re­for­ma es de­mos­trar­nos que son irre­for­ma­bles». Oja­lá no ten­ga que con­ti­nuar el fo­lio ro­tu­la­do...

Pues bien, hoy no me da la ga­na de es­cri­bir de po­lí­ti­ca. Hoy quie­ro ha­blar con el lec­tor, me­ter­lo un ins­tan­te en la pe­rra vi­da del es­cri­tor, en su más gris y co­ti­diano me­nes­ter

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.