«Es­co­tet es un gran so­cio y ami­go, con va­lo­res idea­les pa­ra es­te ban­co»

Pre­si­día ha­ce cin­co años la en­ti­dad más pe­que­ña de Ga­li­cia y se va des­de la ma­yor: «Eso nun­ca lo ha­bría ima­gi­na­do», ad­mi­te

La Voz de Galicia (Lugo) - - Economia - RU­BÉN SANTAMARTA

«En 60 años de ban­que­ro siem­pre he oí­do eso de que es­tá­ba­mos en un mo­men­to di­fí­cil»

Ha­ce un año, Ja­vier Etcheverría de la Mue­la (A Co­ru­ña, 1932) pen­só que era el mo­men­to de dar un pa­so a un la­do tras una vi­da de­di­ca­da a la ban­ca, o más bien, al que lle­va­ba su ape­lli­do, el ban­co más an­ti­guo de Es­pa­ña. Ese pa­so ha lle­va­do un tiem­po. El relevo en la pre­si­den­cia de Abanca (don­de es­tá in­te­gra­do el Etcheverría) no se ha pro­du­ci­do has­ta es­ta mis­ma se­ma­na. Asu­me su car­go Juan Car­los Es­co­tet, per­so­na cla­ve en la úl­ti­ma eta­pa de su ca­rre­ra. Fue él, Es­co­tet, quien le con­ven­ció de que es­pe­ra­ra pa­ra ir­se. «Me di­jo: ‘Te ne­ce­si­ta­mos’. Yo creo que fue una men­ti­ra pia­do­sa», di­ce en­tre ri­sas. Se­rá aho­ra pre­si­den­te de ho­nor y po­drá de­di­car más tiem­po a la mú­si­ca, a la lec­tu­ra «y a vi­si­tar con mi mu­jer los tem­plos de la gas­tro­no­mía en Es­pa­ña», confiesa con otra son­ri­sa.

—Así que la de­ci­sión es­ta­ba más que to­ma­da. —Sí. Por­que hay un fac­tor fun­da­men­tal: la edad. Ten­go 85 años, es­toy bien de sa­lud, pe­ro a es­ta edad no se sa­be cuán­do uno em­pie­za a de­cir ton­te­rías. Aho­ra mis­mo no, pe­ro el ce­re­bro es una in­cóg­ni­ta. Aho­ra, a dis­fru­tar de la ju­bi­la­ción, que lle­vo mu­cho tiem­po en la ban­ca.

—Pues ha­ce no tan­to, cin­co años, us­ted pre­si­día la en­ti­dad más pe­que­ña en Ga­li­cia y aca­ba su ca­rre­ra al fren­te de la ma­yor. —Eso nun­ca me lo ha­bría po­di­do ima­gi­nar.

—¿Y co­mo fue to­do ese pro­ce­so? —To­do par­te de que yo vi com­pli­ca­da, muy com­pli­ca­da, mi su­ce­sión en el Ban­co Etcheverría. Vi que ha­bía que in­tro­du­cir un so­cio que apor­ta­ra se­rie­dad, pro­fe­sio­na­li­dad y tra­yec­to­ria de fu­tu­ro. De ahí na­ció el pri­mer acuer­do con Cai­xa Ga­li­cia, con Jo­sé Luis Mén­dez, de quien guar­do un buen re­cuer­do. De esa for­ma ya te­nía ase­gu­ra­da la con­ti­nui­dad en es­ta ca­sa. Aho­ra bien, lle­ga la cri­sis de las ca­jas, y me di­cen que la ca­ja, en­ton­ces No­va­ga­li­cia con Jo­sé Ma­ría Cas­te­llano, otra per­so­na mag­ní­fi­ca por cier­to, tie­ne que ven­der su par­ti­ci­pa­ción por or­den del FROB. Y ahí yo pue­do ele­gir un com­pra­dor. Ha­cía tiem­po que un com­pa­ñe­ro de la AEB [la pa­tro­nal ban­ca­ria] me de­cía que ha­bía al­guien una per­so­na in­tere­sa­da, de mu­cha sol­ven­cia, que que­ría en­trar. La pri­me­ra vez no me in­tere­só. Pe­ro al lle­gar esa ne­ce­si­dad de que la ca­ja ven­die­ra, en­ton­ces es­te ami­go vol­vió a co­men­tár­me­lo. Y em­pe­za­mos a ha­blar.

—¿Có­mo fue ese pri­mer en­cuen­tro? Es una par­te des­co­no­ci­da. —Fue en San­tia­go, de for­ma dis­cre­ta. Vino de Ca­ra­cas, tu­vi­mos una co­mi­da y me cau­só una gran im­pre­sión, me pa­re­ció un hom­bre fran­co. Él ve­nía con in­ten­ción de en­trar en el mer­ca­do ban­ca­rio es­pa­ñol, y me de­cía es­te ami­go mío, aquel in­ter­me­dia­rio, que se ha­bía enamo­ra­do del Ban­co Etcheverría. Que no que­ría sa­ber na­da de otros ban­cos que le ofre­cían. Y lle­ga­mos a un acuer­do. Mis her­ma­nos que­rían ven­der, la ca­ja tam­bién, y yo me que­dé con mi par­ti­ci­pa­ción. Ahí es­tá ga­ran­ti­za­da la con­ti­nui­dad del Etcheverría, y em­pe­za­mos a cre­cer, con una ope­ra­ción muy bo­ni­ta. —La de la com­pra de 60 ofi­ci­nas en As­tu­rias y León, pre­ci­sa­men­te a No­va­ga­li­cia. —Fue un sal­to tre­men­do. Vi­si­ta­mos mu­cho las ofi­ci­nas de León, y la plan­ti­lla es­ta­ba en­can­ta­da por­que ha­bía mu­cho mie­do en­ton­ces a cie­rres de ofi­ci­nas. Una tra­ba­ja­do­ra me vino en una su­cur­sal y me di­jo: «Le de­bo a us­ted po­der se­guir dan­do es­tu­dios a mis hi­jos, me veía en la ca­lle».

—Lue­go lle­ga la op­ción de com­prar No­va­ga­li­cia. ¿No le dio vér­ti­go cuan­do le di­cen que van a com­prar el ma­yor ban­co de Ga­li­cia? —Sur­gió. Juan Car­los me lo co­men­tó y yo le di­je: «Creo que es­tá fue­ra de nues­tras po­si­bi­li­da­des». Por­que siem­pre he si­do una per­so­na mo­des­ta. Pe­ro se fue ha­cien­do, él se ex­pu­so mu­cho y sa­lió muy bien. Ahí me pu­se de pre­si­den­te por­que él tam­bién que­ría una per­so­na de aquí que co­no­cie­ra Ga­li­cia, el Ban­co de Es­pa­ña... Y has­ta hoy. Con éxi­to.

—Por el me­dio hay un cam­bio de mar­ca. ¿No le en­tris­te­ció per­der su nom­bre de siem­pre, el Etcheverría, con 300 años? —Sí, me dio pe­na, cla­ro. Pe­ro yo soy muy rea­lis­ta. Y por en­ci­ma del co­ra­zón es­tá la ca­be­za. El Ban­co Etcheverría era un nom­bre muy lo­cal. En Ma­drid te­nía­mos que po­ner de­ba­jo del car­tel «fun­da­do en Ga­li­cia en 1717» por­que la gen­te pen­sa­ba que era vas­co. En al­gu­nas car­tas al di­rec­tor en La Voz de Ga­li­cia de­cían que ha­bía que con­ti­nuar con ese nom­bre, yo lo leía con in­te­rés, pe­ro no in­sis­tí na­da. El Etcheverría se­gui­rá en la me­mo­ria de la gen­te, ge­ne­rá­ba­mos cier­ta sim­pa­tía.

—Us­te­des no se me­tie­ron en líos de pre­fe­ren­tes, de con­ver­ti­bles... Eso es un pun­to a su fa­vor. —Por­que éra­mos muy cons­cien­tes de lo que éra­mos. Ha­bría si­do fá­cil per­der la ca­be­za al cre­cer tan­to, pe­ro for­ma par­te de mi com­por­ta­mien­to. No­so­tros nos he­mos guia­do siem­pre por la aus­te­ri­dad y la pru­den­cia. Aquí no se mal­gas­ta­ba una pe­se­ta, y no se in­ver­tía en gran­des em­pre­sas in­mo­bi­lia­rias. Nos pre­gun­ta­ban la ex­po­si­ción al sec­tor, y les de­cía­mos que era ce­ro. No les qui­si­mos dar fi­nan­cia­ción, por­que nun­ca me fie de­ma­sia­do. No sé si por suer­te o por vi­sión.

—Al anun­ciar el relevo, Es­co­tet le de­di­ca unas pa­la­bras de gran re­co­no­ci­mien­to. ¿Qué ha si­do él pa­ra us­ted, jus­to en el tra­mo fi­nal de su tra­yec­to­ria? —Dos co­sas: un gran so­cio, con el que he­mos coin­ci­di­do en prác­ti­ca­men­te to­do y, ade­más, un ami­go, un ami­go ge­ne­ro­so. Una per­so­na sol­ven­te y po­ten­te eco­nó­mi­ca­men­te, in­te­li­gen­te y muy tra­ba­ja­dor. Son va­lo­res idea­les pa­ra un ban­co co­mo es­te. Ja­vier Etcheverría es un ban­que­ro al­go atí­pi­co. De en­tra­da, lo es de cu­na, pe­ro no de for­ma­ción. «Yo es­tu­dié De­re­cho, no Eco­no­mía, y siem­pre de­cía en el Etcheverría: ‘No­so­tros va­mos muy bien por­que no tenemos eco­no­mis­tas’ [ríe]. Que me per­do­nen los eco­no­mis­tas». Él tra­ba­jó un tiem­po co­mo abo­ga­do en su ciu­dad, pe­ro lle­va­ba el ne­go­cio den­tro; des­de pe­que­ño, re­cuer­da, su pa­dre le con­ta­ba lo que ha­cía en la en­ti­dad. «Al fi­nal, hi­ce de to­do en el ban­co, era el con­ser­je y el pre­si­den­te a la vez, y así pu­de ver to­do». La ban­ca, de­fien­de el úl­ti­mo de la sa­ga de los Etcheverría, «es un ofi­cio». —Pues es un ofi­cio que ha cam­bia­do mu­chí­si­mo des­de que us­ted en­tró. —Ima­gí­ne­se: cuan­do yo em­pe­cé ha­bía una do­ce­na de pe­que­ños ban­que­ros por to­da Ga­li­cia, des­de Ri­ba­da­via has­ta Cee. Y de to­dos esos, so­lo que­da­mos los Etcheverría. Es más, cuan­do hi­ci­mos la úl­ti­ma ope­ra­ción [la en­tra­da en Abanca] en to­da Es­pa­ña so­lo que­dá­ba­mos no­so­tros y la ban­ca Pue­yo, en Ex­tre­ma­du­ra. —Ha cam­bia­do no so­lo por las fa­mi­lias, sino por la ma­ne­ra de tra­ba­jar... —Sí, pe­ro no­so­tros siem­pre he­mos si­do una en­ti­dad que po­nía al clien­te en el cen­tro de la ope­ra­ti­va. Y al­go de eso he­mos ino­cu­la­do a Abanca. Hay que ayu­dar­le en to­do. No so­lo so­mos fi­nan­cia­do­res, so­mos con­se­je­ros. Yo he si­do has­ta al­ba­cea de al­gu­nos clien­tes... —De esos que co­no­cía al clien­te por nom­bre y ape­lli­do. —Y a su pa­dre. Y a su abue­lo. Re­cuer­do cuan­do inau­gu­ra­mos un cam­bio en Oza dos Ríos ha­bía gen­te y les de­cía que es­ta­ba en­can­ta­do de ver a los Ges­tal, a los Gar­cía... Por­que sus pa­dres y sus abue­los ha­bían si­do ya clien­tes, y se man­te­nía esa tra­di­ción. En­ton­ces era mu­cho más gra­to que aho­ra. —Aho­ra es­tán en un mo­men­to com­pli­ca­do. Us­ted empezó en aquel un ne­go­cio tra­di­cio­nal de dar y pres­tar di­ne­ro en las ofi­ci­nas, y aho­ra to­do se mue­ve por el mó­vil, con Goo­gle o Fa­ce­book de­trás. Na­da que ver. —Yo siem­pre, en 60 años de ban­que­ro que lle­vo, he oí­do eso de que es­ta­mos en un mo­men­to com­pli­ca­do. Así que to­do es­to me lo to­mo, no a la li­ge­ra, pe­ro sí con pers­pec­ti­va. El Etcheverría vi­vió la pos­gue­rra es­pa­ño­la, dos gue­rras mun­dia­les y más atrás, o las cri­sis de los años 70... Hay que ver­lo co­mo un es­tí­mu­lo pa­ra se­guir ade­lan­te. Aho­ra el pro­ble­ma son los ti­pos de in­te­rés, que son muy ba­jos.

CÉ­SAR QUIAN

«Me dio pe­na per­der la mar­ca Etcheverría, pe­ro me pu­do más la ca­be­za que el co­ra­zón», di­ce.

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