Se­que­dad am­bien­tal, ca­lor y bue­na ven­ti­la­ción son las con­di­cio­nes idó­neas pa­ra que se pro­duz­ca la mo­mi­fi­ca­ción

La Voz de Galicia (Lugo) - - A Fondo -

Los agen­tes que en­tra­ron en ca­sa de Ro­sa­rio des­pués de que un ve­cino de­nun­cia­se su po­si­ble des­apa­ri­ción en­con­tra­ron su ca­dá­ver mo­mi­fi­ca­do. No es una si­tua­ción ha­bi­tual, pe­ro tam­po­co es ex­cep­cio­nal. Si se dan las con­di­cio­nes ade­cua­das, cual­quier cuer­po pue­de mo­mi­fi­car­se, ex­pli­can los fo­ren­ses. «En nues­tro cli­ma no es fre­cuen­te, por­que hay una hu­me­dad re­la­ti­va muy al­ta, pe­ro sí que apa­re­cen», afir­ma Be­ni­to Ló­pez de Aba­jo. Esas con­di­cio­nes que per­mi­ten la mo­mi­fi­ca­ción, di­ce Ju­lio Jiménez, son «muy va­ria­bles»: «Nor­mal­men­te se da en con­di­cio­nes de se­que­dad am­bien­tal, no es ra­ro que ocu­rra en ca­dá­ve­res que es­tán ta­pa­dos. Esa se­que­dad am­bien­tal ha­ce que se va­yan ab­sor­bien­do los te­ji­dos y se se­que la piel y en­ton­ces se pro­du­ce el fe­nó­meno de la mo­mi­fi­ca­ción».

Be­ni­to Ló­pez de Aba­jo lo ex­pli­ca de for­ma grá­fi­ca: «Es co­mo un ja­món. El ja­món no es más que una pa­ta de cer­do mo­mi­fi­ca­da. Se cu­ra con una bue­na ven­ti­la­ción y la tem­pe­ra­tu­ra ade­cua­da». En el ca­so del cuer­po hu­mano, tem­pe­ra­tu­ras al­tas y una bue­na ai­rea­ción, ex­pli­ca, ha­cen que se des­hi­dra­te el ca­dá­ver, que se sus­pen­dan los pro­ce­sos de pu­tre­fac­ción y que se ini­cie la mo­mi­fi­ca­ción. «La pér­di­da de lí­qui­dos ha­ce que se aper­ga­mi­ne la piel. Que­da co­mo una sus­tan­cia muy du­ra», aña­de.

Con re­la­ti­va fre­cuen­cia se en­cuen­tran ca­dá­ve­res mo­mi­fi­ca­dos en los ce­men­te­rios. Ocu­rre por las con­di­cio­nes par­ti­cu­la­res de es­tos re­cin­tos. «Hay al­gu­nos ce­men­te­rios en los que su­ce­de, nor­mal­men­te por­que hay pe­que­ñas do­sis de ra­diac­ti­vi­dad, que eli­mi­na las bac­te­rias y fa­vo­re­ce la mo­mi­fi­ca­ción».

Sin pu­tre­fac­ción no hay olor

Pre­ci­sa­men­te el pro­ce­so de mo­mi­fi­ca­ción que ex­pe­ri­men­tó su cuer­po fue lo que evi­tó que el ca­dá­ver de Ro­sa­rio fue­se des­cu­bier­to por sus ve­ci­nos de Cu­lle­re­do. Los cuer­pos mo­mi­fi­ca­dos no des­pren­den olor, de ma­ne­ra que los ve­ci­nos no pu­die­ron des­cu­brir que la mu­jer ha­bía muer­to. El mo­ti­vo de es­te fe­nó­meno es que «el olor lo pro­du­cen los ga­ses de la pu­tre­fac­ción» y, en con­se­cuen­cia, si no hay pu­tre­fac­ción, no hay mal olor.

Una vez que se al­te­ran las con­di­cio­nes en las que ha apa­re­ci­do el cuer­po mo­mi­fi­ca­do pue­den ocu­rrir dos co­sas. Si el pro­ce­so de mo­mi­fi­ca­ción es­tá ya con­clui­do, el cuer­po pue­de tar­dar en des­com­po­ner­se aun en el ca­so de que las con­di­cio­nes am­bien­ta­les se al­te­ren. Si, por el con­tra­rio, el pro­ce­so de mo­mi­fi­ca­ción no se ha com­ple­ta­do, la des­com­po­si­ción del ca­dá­ver pue­de ser más rá­pi­da.

La mo­mi­fi­ca­ción de un cuer­po fa­ci­li­ta mu­chas ve­ces la la­bor de in­ves­ti­ga­ción de los fo­ren­ses, por­que en mu­chos ca­sos per­mi­te co­no­cer con ma­yor fa­ci­li­dad la cau­sa que pro­vo­có la muer­te de esa per­so­na.

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