Na­die re­cla­mó has­ta aho­ra el cuer­po de la mu­jer fa­lle­ci­da en Cu­lle­re­do

El Ayun­ta­mien­to se hi­zo car­go de su cre­ma­ción y las ce­ni­zas re­po­sa­rán en Feáns

La Voz de Galicia (Lugo) - - GALICIA - AL­BER­TO MAHÍA

Ma­ría del Ro­sa­rio tu­vo que mo­rir en ca­sa y guar­dar­lo en se­cre­to du­ran­te sie­te años pa­ra de­jar una hue­lla im­bo­rra­ble en el nú­me­ro 45 de la ave­ni­da Mi­guel Gon­zá­lez Gar­cés de Cu­lle­re­do. Aho­ra que fa­lle­ció, to­do el mun­do ha­bla de ella en el edi­fi­cio de 15 vi­vien­das en el que ha­bía re­si­di­do con su ma­dre an­tes de fa­lle­cer en el pa­si­llo de su ca­sa. Te­nía 49 años cuan­do fue vis­ta por úl­ti­ma vez y era ese ti­po de ve­ci­nas que «era co­mo no te­ner­la». No le re­cuer­dan con­ver­sa­cio­nes ni se es­cu­cha un co­ti­lleo so­bre su vi­da pri­va­da. «Era edu­ca­da por­que siem­pre sa­lu­da­ba, pe­ro na­da más que eso», di­ce una de sus ve­ci­nas. Tre­men­da­men­te re­ser­va­da, Ma­ría del Ro­sa­rio ya no es­tá, pe­ro pa­re­ce que nun­ca ha­ya es­ta­do.

Sin pa­dres, sin her­ma­nos, sin pa­re­ja, sin amis­ta­des pa­ra to­da la vi­da, su cuer­po apa­re­ció el lu­nes y ayer a úl­ti­ma ho­ra na­die acu­dió a los juz­ga­dos o a la Guar­dia Ci­vil pa­ra ocu­par­se de las hon­ras fúnebres. Ni fa­mi­lia­res ni co­no­ci­dos.

Co­mo na­die lo hi­zo, el Ayun­ta­mien­to de Cu­lle­re­do se ocu­pó de or­ga­ni­zar y cos­tear los gas­tos de su cre­ma­ción. Sus ce­ni­zas re­po­sa­rán a par­tir de hoy en el co­lum­ba­rio del ce­men­te­rio co­ru­ñés de Feáns. Cla­ro que, si al­guien apa­re­ce, po­drá re­cla­mar la ur­na. Y si es fa­mi­liar, re­cla­mar tam­bién sus bie­nes, en ca­so de que los ten­ga.

De lo más in­só­li­to del ca­so de Ma­ría del Ro­sa­rio es que du­ran­te es­tos sie­te años en los que, se­gún la Guar­dia Ci­vil, ha es­ta­do muer­ta en su ca­sa, el al­qui­ler del pi­so se se­guía pa­gan­do re­li­gio­sa­men­te. 400 eu­ros ca­da uno de los do­ce me­ses del año. Más de 30.000 eu­ros sa­lie­ron de su cuen­ta co­rrien­te sin nin­gún ti­po de pro­ble­ma. Has­ta que, un día, a la in­mo­bi­lia­ria co­ru­ñe­sa a la que per­te­ne­cía la vi­vien­da no le lle­gó la men­sua­li­dad co­rres­pon­dien­te. Fue es­te mis­mo año. Ahí le lan­za­ron una or­den de em­bar­go. Le cor­ta­ron la luz y el agua. Pe­ro no fue esa la ra­zón por la que la Guar­dia Ci­vil acu­dió el lu­nes al do­mi­ci­lio de Ro­sa­rio, sino por la lla­ma­da de un ve­cino.

Has­ta en­ton­ces, que la puer­ta de su ca­sa es­tu­vie­se sie­te años ce­rra­da, que su co­che per­ma­ne­cie­se in­tac­to, sin ce­rrar y cu­bier­to de pol­vo en el ga­ra­je, o que sus ven­ta­nas es­tu­vie­sen mugrientas so­lo hi­zo su­po­ner que se ha­bía ido y que el pi­so no lo ha­bían vuel­to a al­qui­lar.

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