Lo me­jor de «La is­la»

La Voz de Galicia (Lugo) - - Alta Definición - San­dra Fa­gi­nas

El miér­co­les pa­sa­do vi­mos el fi­nal de La is­la, el pro­gra­ma de La Sex­ta que nos ha de­ja­do a to­dos bo­quia­bier­tos. Na­da que ver con el show te­le­vi­si­vo de la com­pe­ten­cia, al que el pre­fi­jo de «so­bre­vi­vir» le que­da muy exa­ge­ra­do. Por no ha­blar del fin úl­ti­mo al que as­pi­ran to­dos los con­cur­san­tes: ha­cer­se con un pas­tón y una fa­ma pre­ci­pi­ta­da.

La is­la, en cam­bio, nos ha en­gan­cha­do por lo con­tra­rio, por mos­trar­nos la du­re­za de sus par­ti­ci­pan­tes (no son con­cur­san­tes) que so­lo se re­tan a sí mis­mos por la ex­pe­rien­cia. Sin nin­gu­na co­mo­di­dad, sin agua, sin co­mi­da… No sé si los es­pec­ta­do­res, tan he­chos al «ru­xe­rru­xe» de los ma­los ro­llos, ele­gi­rán que­dar­se con este nuevo for­ma­to, mu­cho más en­fo­ca­do co­mo reality a mos­trar la reali­dad ex­tre­ma, has­ta el pun­to de que son los pro­pios par­ti­ci­pan­tes quie­nes gra­ban su día a día. Tal vez la ma­yo­ría es­co­jan la yin­ca­na del otro show, al que no hay que qui­tar­le otros mé­ri­tos, pe­ro vis­to con los ojos del ver­da­de­ro in­te­rés, La is­la ha sor­pren­di­do por la au­ten­ti­ci­dad: por la hos­ti­li­dad de la vi­da «esen­cial» y por la aven­tu­ra de ver có­mo se des­pier­ta el ins­tin­to de su­per­vi­ven­cia. Eso sí, de to­do lo que ha ofre­ci­do el pro­gra­ma yo me que­do con el fi­nal: la emo­ción des­bor­da­da has­ta el llan­to por abrir un sim­ple gri­fo de agua y la emo­ción de po­der oír a los tuyos al otro la­do del te­lé­fono. Qué po­co cues­ta ser «fe­liz» y cuán­to nos com­pli­ca­mos.

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