An­ti­cha­vis­ta de al­ta cu­na con san­gre y vo­ca­ción de li­ber­ta­dor

LEO­POL­DO LÓ­PEZ UN SÍM­BO­LO DE LA OPO­SI­CIÓN DE­MO­CRÁ­TI­CA

La Voz de Galicia (Lugo) - - Internacional - PE­DRO GAR­CÍA OTE­RO

Tie­ne fa­ma de per­fec­cio­nis­ta y de ob­ce­ca­do. Tan­to que fue con­tra la opi­nión de to­dos sus co­la­bo­ra­do­res —se­gún se co­men­ta— cuan­do pla­ni­fi­có La Sa­li­da, un es­ce­na­rio de pro­tes­tas con­tra Ni­co­lás Ma­du­ro. Es­to le cos­tó, has­ta aho­ra, tres años y cin­co me­ses de pri­sión, que con­ti­núan, aún den­tro de su ho­gar, en Caracas, al pie del Ávi­la, la her­mo­sa mon­ta­ña que li­mi­ta la ciu­dad ha­cia el nor­te, en una de las ur­ba­ni­za­cio­nes más ex­clu­si­vas de la ca­pi­tal ve­ne­zo­la­na.

Tam­bién se di­ce que no es ca­paz de mi­li­tar en un par­ti­do po­lí­ti­co que no acep­te su au­to­ri­dad ab­so­lu­ta, y que ha te­ni­do en­tre ce­ja y ce­ja ser pre­si­den­te de Ve­ne­zue­la des­de que es­ta­ba en la ni­ñez. Y si hu­bie­ra unas elec­cio­nes pre­si­den­cia­les hoy, Leo­pol­do Ló­pez Men­do­za, (Caracas, 29 de abril de 1971), las ga­na­ría sin nin­gu­na du­da. Las en­cues­tas le dan en­tre el 50 y el 60 por cien­to de res­pal­do de la po­bla­ción, mien­tras Ni­co­lás Ma­du­ro, el cha­vis­ta con ma­yor res­pal­do, tie­ne ape­nas el 15% de acep­ta­ción.

Leo­pol­do es un ora­dor brillante, ca­ris­má­ti­co, que se ga­na a las mul­ti­tu­des, es­pe­cial­men­te a las fe­me­ni­nas, con su por­te y con su ca­pa­ci­dad de di­bu­jar es­ce­nas con la pa­la­bra. Tie­ne, ade­más, la ca­pa­ci­dad de crear fra­ses que se con­vier­ten en le­mas pa­ra sus se­gui­do­res, co­mo «Fuer­za y fe» o «el que se can­se pier­de», que han sido sos­te­ni­das co­mo un man­tra des­de que se en­tre­gó al Estado, el 18 de fe­bre­ro de 2014, y que han sido re­pe­ti­das has­ta la sa­cie­dad a lo lar­go de es­tos 100 días de pro­tes­tas con­tra el Go­bierno de Ma­du­ro.

Pa­ra de­ses­pe­ra­ción del cha­vis­mo, Ló­pez, ade­más, es ta­ta­ra­nie­to de Con­cep­ción Ames­toy Bo­lí­var, so­bri­na de Si­món Bo­lí­var, el li­ber­ta­dor de Ve­ne­zue­la y tó­tem sa­gra­do del mo­vi­mien­to de Hu­go Chá­vez, que hace 18 años se hi­zo con el po­der en Ve­ne­zue­la y hoy se re­sis­te con mil ar­gu­cias a ser des­alo­ja­do del Go­bierno. Se di­ce que es­te an­te­ce­den­te, y la fuer­te pre­sen­cia de su fa­mi­lia, lo im­pul­san a la po­lí­ti­ca des­de la in­fan­cia.

Jo­ven de la al­ta so­cie­dad ca­ra­que­ña, Ló­pez es­tu­dió Eco­no­mía en el Ken­yon Co­lle­ge de Ohio y un más­ter en Po­lí­ti­cas Pú­bli­cas en Har­vard. Cam­bió una vi­da có­mo­da en Es­ta­dos Uni­dos (le ofre­cie­ron di­ver­sos em­pleos en agencias es­ta­ta­les y mul­ti­la­te­ra­les que re­cha­zó) por su re­gre­so a Ve­ne­zue­la, don­de, jun­to con Julio Borges (hoy pre­si­den­te de la Asam­blea Na­cio­nal), y su al­ter ego Hen­ri­que Ca­pri­les (el otro po­lí­ti­co me­jor va­lo­ra­do del país, con quien sos­tie­ne una re­la­ción de amor-odio), creó Pri­me­ro Jus­ti­cia (PJ). En ese par­ti­do no du­ró mu­cho tiem­po, y en el 2009 fun­dó Vo­lun­tad Po­pu­lar, que jun­to con PJ es hoy el gran sos­tén de la lu­cha con­tra el Go­bierno de Ni­co­lás Ma­du­ro.

Co­mo al­cal­de de Cha­cao, uno de los mu­ni­ci­pios de Caracas, lo­gró una po­pu­la­ri­dad tan fuer­te en to­do el país que Hu­go Chá­vez, cons­cien­te de que era el enemi­go con más ca­ris­ma, lo­gró in­ha­bi­li­tar­lo po­lí­ti­ca­men­te en el 2005, por ocho años, ale­gan­do al­go tan ni­mio co­mo un tras­pa­so de par­ti­das pa­ra pa­gar­le el suel­do a los bom­be­ros de su mu­ni­ci­pio, sin so­me­ter­lo a un jui­cio.

Pe­ro la ti­rria que le te­nía Chá­vez se vol­vió un ver­da­de­ro cal­va­rio con Ma­du­ro en el jui­cio al que le so­me­tió por una ma­ni­fes­ta­ción con­tra la Fis­ca­lía Ge­ne­ral de la Re­pú­bli­ca, en 2014, por la que fue acu­sa­do de «aso­cia­ción pa­ra de­lin­quir» y con­de­na­do a 14 años de cár­cel. El pro­ce­so es­tu­vo tan vi­cia­do que des­de Am­nis­tía In­ter­na­cio­nal has­ta la ONU lo con­si­de­ron ile­gal.

Sin em­bar­go, des­de que fue de­te­ni­do ha sido irre­duc­ti­ble. Lo han man­te­ni­do ais­la­do e in­clu­so se lle­gó a ru­mo­rear que ha­bía muer­to, pe­ro el Go­bierno tu­vo que des­men­tir­lo. Siem­pre ha sos­te­ni­do, se­gún sus cercanos, que La Sa­li­da, no fue un error, y que le hu­bie­ra aho­rra­do al país tres años de su­fri­mien­tos, una afir­ma­ción que tie­ne aho­ra más va­li­dez que nun­ca, con la pro­tes­ta po­pu­lar con­tra Ma­du­ro con­ver­ti­da en una gue­rra ci­vil en­cu­bier­ta.

CAR­LOS G. RAWLINS

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