De­ci­dir quién ser

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinión - ISAAC PE­DROU­ZO

Fui tan ig­no­ran­te que de­ci­dí sal­tar­me eso de la ado­les­cen­cia y par­te de la ju­ven­tud. No con­ser­vo nin­gún ami­go de esa épo­ca, hoy no me re­co­no­ce­rían, gas­té las úl­ti­mas dos dé­ca­das en cons­truir mi per­so­na­je. Uno no pue­de es­co­ger a la li­ge­ra quién quie­re ser. Có­mo quie­re ser.

Co­no­cí a Ma­riano en la ba­rra de un bar. En la ba­rra de un bar es don­de la vi­da te da los peo­res con­se­jos. Las me­jo­res de­cep­cio­nes. To­dos los jue­ves, a las 19.00 ho­ras, Ma­riano lle­ga­ba a la ba­rra del bar que hace es­qui­na en esa ca­lle don­de es­tán to­dos los ba­res. Siem­pre pe­día un bo­te­llín de cer­ve­za, sin im­por­tar la mar­ca, y co­lo­ca­ba a su la­do un pe­que­ño despertador de me­si­lla de no­che fi­jan­do la alar­ma pa­ra que so­na­se jus­to diez mi­nu­tos des­pués. Tiem­po jus­to pa­ra fu­mar un ci­ga­rri­llo ne­gro con la mi­tad del cuer­po en la ace­ra y la otra mi­tad den­tro del lo­cal. Con el oí­do mi­ran­do al despertador. Cuan­do es­te so­na­ba, Ma­riano en­tra­ba man­so y, co­mo si la iner­cia lo hi­cie­se por él, se be­bía el bo­te­llín de un so­lo tra­go in­do­len­te. Di­ce mi abue­la que de un so­lo tra­go se te pue­de ir la vi­da en­te­ra. Ha­cía lo mis­mo en ca­da bar de la ca­lle de los ba­res. Dis­tin­tos si­tios, mis­ma me­cá­ni­ca.

Po­cas pa­la­bras y sa­ber es­tar, era el per­so­na­je que aquel hom­bre del­ga­do y ali­ña­do a su pro­pia ma­ne­ra ha­bía de­ci­di­do ser, in­ter­pre­ta­do de ma­ne­ra óp­ti­ma. Cual­quier di­rec­tor le con­ce­de­ría el pa­pel sin du­dar.

No­so­tros ju­gá­ba­mos a ser Ma­riano los vier­nes, pe­ro al quin­to bar, en el quin­to bo­te­llín, so­lo con­se­guía­mos unas náu­seas que ni aquel agu­je­ro en el sue­lo que al­guien bau­ti­zó co­mo re­tre­te, era ca­paz de qui­tar­nos. Al­cohol de pe­nal­ti y ta­ba­co ne­gro. El in­fierno no es­ta­ba muy le­jos.

Del sex­to bar nos echa­ban sin mu­cho es­fuer­zo y en el sép­ti­mo ya no éra­mos ca­pa­ces ni de su­bir los dos pe­que­ños es­ca­lo­nes de la en­tra­da.

De­ci­di­mos que, qui­zás, nues­tra na­tu­ra­le­za era sa­lir de ca­ñas sin más. Sin despertador ni ci­ga­rri­llos —ne­gros al me­nos— tra­tan­do de ser al­guien que no po­día­mos ser. Al fin y al ca­bo so­lo éra­mos un par de jó­ve­nes ago­tan­do prue­bas, au­di­cio­nes y cas­tings en­tre ne­ga­ti­vas del se­xo opues­to, a ve­ces del mis­mo in­clu­so, por aque­llo del «y si… ». Vol­vi­mos a ver a Ma­riano al­gu­nos años des­pués. Más del­ga­do, mu­cho más vie­jo. La ca­mi­sa le que­da­ba gran­de y el cin­tu­rón te­nía dos agu­je­ros nue­vos. Es­ta­ba apo­ya­do en la ba­rra del bar, dor­mi­do, con el despertador y el bo­te­llín a su la­do. Pe­ro cuan­do so­nó la alar­ma no be­bió ni fu­mó. So­lo de­tu­vo el tim­bre y se fue al si­guien­te bar de­jan­do la cer­ve­za in­tac­ta co­mo si aque­lla tra­di­ción se vol­vie­se trai­ción. Es­ta­ba har­to de vi­vir. Har­to de be­ber. Ma­riano ya no sa­bía quién ser el día que se le mu­rió el per­so­na­je.

Yo lle­vo dos dé­ca­das cons­tru­yen­do el mío, pe­ro, por si aca­so, me he com­pra­do un pe­que­ño despertador. Nun­ca so­bra un plan b, ni un bo­te­llín.

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