«El efec­to emo­cio­nal de la vic­to­ria de Trump fue pa­re­ci­do al del 11-S»

Es­ta­dou­ni­den­se de fuer­tes raí­ces afri­ca­nas, Co­le se ha con­ver­ti­do en una de las vo­ces más só­li­das de la li­te­ra­tu­ra ac­tual

La Voz de Galicia (Lugo) - - Cultura - BEA­TRIZ PÉREZ BAR­CE­LO­NA / E. LA VOZ

Teju Co­le (Mí­chi­gan, 1975) es un es­cri­tor y fo­tó­gra­fo es­ta­dou­ni­den­se de raí­ces ni­ge­ria­nas. Sus li­bros Ciu­dad abier­ta y Ca­da día

es del la­drón han sido edi­ta­dos en cas­te­llano por Acan­ti­la­do. Co­le, que se re­co­no­ce in­flui­do por la mi­ra­da crí­ti­ca de Su­san Son­tag (su co­lum­na en The New York Ti­mes lle­va por nom­bre So­bre

la fo­to­gra­fía, en ho­nor a ella) y por la pre­ci­sión lé­xi­ca de Flau­bert, re­fle­xio­na en su obra so­bre la vi­da, el amor y el ar­te.

—Ha di­cho al­gu­na vez que «la es­cri­tu­ra es so­lo la mi­tad de la his­to­ria, la otra mi­tad, a ve­ces la más im­por­tan­te, es la ima­gen». ¿Có­mo se com­ple­men­tan?

—Ciu­dad abier­ta [2012] con­tie­ne mu­chas des­crip­cio­nes de imá­ge­nes y fo­to­gra­fías; sin em­bar­go, no con­tie­ne imá­ge­nes. Ca­da día

es del la­drón [2007], pu­bli­ca­do en se­gun­do lu­gar en Es­pa­ña, aun­que lo es­cri­bí an­tes, sí tie­ne fotos en su in­te­rior. Aquí las imá­ge­nes desem­pe­ñan un pa­pel ca­si do­cu­men­tal en el li­bro, pe­ro es un tru­co, ya que se tra­ta de fic­ción y, de he­cho, las fotos las to­mé mu­chos años des­pués de ha­ber es­cri­to el tex­to. Es de­cir, en ca­da uno de mis li­bros las fotos tie­nen un pa­pel dis­tin­to. Tam­bién he pu­bli­ca­do una co­lec­ción de ensayos, que aún no ha apa­re­ci­do en es­pa­ñol, que con­tie­ne fotos mías y en es­te ca­so tie­ne una fun­ción pu­ra­men­te do­cu­men­tal. Las fotos de mi cuar­to li­bro, que se pu­bli­ca­rá es­te año, son to­das mías, y es al­go muy dis­tin­to: no es do­cu­men­tal, tam­po­co fic­cio­nal, sino que tie­ne un tin­te me­di­ta­ti­vo, fi­lo­só­fi­co, au­to­bio­grá­fi­co. Me in­tere­sa ver qué pue­den dar­me las fo­to­gra­fías, pe­ro en ca­da pro­yec­to es di­fe­ren­te.

—Su do­ble na­cio­na­li­dad, ni­ge­ria­na y es­ta­dou­ni­den­se, apa­re­ce en su obra, por ejem­plo en Ca­da día es

del la­drón, que re­fle­xio­na so­bre el re­gre­so a La­gos (Ni­ge­ria). —Sí, cla­ro. Con el pa­so del tiem­po la iden­ti­dad de ca­da uno va cambiando. Hace seis o sie­te años, te hu­bie­ra di­cho que la mi­tad de mi vi­da es­ta­ba en Ni­ge­ria y la otra mi­tad, en EE.UU. Pe­ro aho­ra lle­vo más años en Nor­tea­mé­ri­ca. Sin em­bar­go, el ni­ño que lle­vo den­tro, mi in­fan­cia, no pue­de des­apa­re­cer. El in­glés es la len­gua de mi obra, pe­ro el yo­ru­ba fue mi pri­mer idio­ma. Sien­to que en EE.UU. ten­go siem­pre la men­ta­li­dad de al­guien que es de fue­ra, pe­ro cuan­do re­gre­so a Ni­ge­ria me su­ce­de lo mis­mo. Aun­que yo, co­mo in­di­can mis li­bros, via­jo mu­cho, así que apren­do a sen­tir­me en ca­sa en si­tios muy dis­tin­tos. —En Ciu­dad abier­ta, un psi­quia­tra ca­mi­na sin rum­bo por Man­hat­tan mien­tras ahon­da en lo que sig­ni­fi­có el 11-S. ¿Có­mo es el mun­do tras es­tos aten­ta­dos? —Yo es­tu­ve esa ma­ña­na en Man­hat­tan. Fue al­go tan gran­dio­so, tan su­rrea­lis­ta, que no te lo crees. Ese cam­bio tar­da mu­cho en ha­cer efec­to y de he­cho es­cri­bí Ciu­dad abier­ta unos cin­co des­pués por­que pa­ra en­ton­ces ya es­ta­ba pre­pa­ra­do pa­ra pen­sar y re­fle­xio­nar so­bre el due­lo in­te­rior co­lec­ti­vo, por­que la reac­ción in­me­dia­ta sue­le ser com­ba­tir a los te­rro­ris­tas, el na­cio­na­lis­mo… Sin em­bar­go, po­co a po­co em­pie­zas a agi­li­zar to­do tu tra­ba­jo in­te­rior. Esos aten­ta­dos fue­ron una gran lec­ción so­bre có­mo el te­rreno que pi­sa­mos en nues­tra vi­da es muy po­co es­ta­ble, nos pue­de su­ce­der cual­quier co­sa y los nor­te­ame­ri­ca­nos tu­vi­mos la sen­sa­ción de que el mun­do no es es­ta­ble. Fue un cam­bio muy trau­má­ti­co en nues­tro or­den cons­ti­tu­cio­nal. Es­toy en EE.UU. des­de 1992 y el 11-S y la elec­ción de Trump han sido qui­zás los acon­te­ci­mien­tos que más han cam­bia­do mi con­cep­ción de la vi­da. Pa­re­ce una com­pa­ra­ción un po­co alo­ca­da, pe­ro el efec­to emo­cio­nal es pa­re­ci­do. No se pue­de con­fiar en na­die.

MAR­TIN LENGEMANN

Co­le con­si­de­ra que Oba­ma fue una de­cep­ción, y re­cuer­da que hi­zo la gue­rra con dro­nes.

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