«Soy un hom­bre du­ro»

La Voz de Galicia (Lugo) - - | | | 59 El Tiempo - JOR­GE CA­SA­NO­VA Ra­fael Ló­pez On­có­lo­go

Tie­ne as­pec­to de tí­mi­do y con­cien­zu­do el doc­tor Ra­fael Ló­pez (Vi­la­mar­tín de Val­deo­rras 1959), uno de los ga­lle­gos que más sa­ben so­bre el cán­cer. Es un adic­to al tra­ba­jo y cuan­do le pre­gun­to si es de los que guar­dan unas pan­tu­flas en el des­pa­cho, don­de ha­bla­mos, me mues­tra los gas­ta­dos y có­mo­dos zue­cos de go­ma que lle­va pues­tos. No to­do va a ser cir­cuns­pec­ción.

—¿Por qué se hi­zo mé­di­co? —En reali­dad que­ría ser in­ge­nie­ro. Y co­mo los de pue­blo nos te­nía­mos que ir fue­ra, es­tu­dié el COU [equi­va­len­te al se­gun­do de Ba­chi­lle­ra­to ac­tual] en Ma­drid, en un co­le­gio ma­yor y allí ha­bía es­tu­dian­tes de Me­di­ci­na que fue­ron los que me in­cul­ca­ron la vo­ca­ción. Lue­go qui­se vol­ver a es­tu­diar a San­tia­go, pe­ro no me de­ja­ron, afor­tu­na­da­men­te.

—Por las dis­trac­cio­nes. —Eso es. Es­tu­dié en la Au­tó­no­ma de Ma­drid. Eran muy bue­nos y muy du­ros.

—¿Y la on­co­lo­gía? —El cán­cer siem­pre me atra­jo. En­ton­ces era una es­pe­cia­li­dad nue­va y aun­que ha­bía más muer­te que otra co­sa y muy po­cos tra­ta­mien­tos, la in­ves­ti­ga­ción ya te­nía mu­cho fu­tu­ro. Aho­ra es­ta­mos em­pe­zan­do los me­jo­res años, es una ex­plo­sión de co­no­ci­mien­to. Y aún lo se­rá más, aun­que ci­ca­tri­ces te­ne­mos.

—Hay tan­tos con­se­jos pa­ra pre­ve­nir el cán­cer que ha­ría fal­ta lle­var en­ci­ma una li­bre­ti­ta. ¿Us­ted los si­gue to­dos? —Yo fui fu­ma­dor. Y de­jé de fu­mar. Ese es el con­se­jo prin­ci­pal. Y lue­go, te­ner al­go de sen­ti­do co­mún: un par de va­sos de vino son car­dio­sa­lu­da­bles, pe­ro un par de li­tros, no. Co­mer más fru­tas y ver­du­ras y me­nos car­ne. A mí me gus­ta mu­cho co­mer y aquí en Ga­li­cia te­ne­mos mu­cha suer­te con el pes­ca­do. Por cier­to, ten­dría que ba­jar un po­co de pe­so.

—¿Va us­ted al mé­di­co? —Po­co. Ya sa­be lo que di­cen, que los mé­di­cos so­mos los peo­res pa­cien­tes. —Si le di­go Hei­sen­berg, ¿de quien se acuer­da? —Del per­so­na­je de la se­rie Brea­king Bad. —Un ejem­plo de có­mo cam­bia pa­de­cer un cán­cer en Es­ta­dos Uni­dos y en España. —Ese es uno de los gran­des pro­ble­mas que te­ne­mos. Ya le lla­man to­xi­ci­dad fi­nan­cie­ra. Los tra­ta­mien­tos son ca­rí­si­mos. Es nues­tro gran re­to de fu­tu­ro. Es­ta­mos fren­te a un cam­bio de ci­clo. An­tes un fár­ma­co aten­día a mu­chos pa­cien­tes, aho­ra se va a pe­que­ños ni­chos y el efec­to es el en­ca­re­ci­mien­to de los fár­ma­cos. Es­to tie­ne que abor­dar­se de for­ma glo­bal, un Es­ta­do so­lo, no pue­de.

—¿Qué le gus­ta ha­cer cuan­do sa­le del hos­pi­tal? —Yo tra­ba­jo mu­cho. En ca­sa tam­bién. Ten­go una me­sa y un or­de­na­dor y allí tra­ba­jo. Me gus­ta­ba ha­cer de­por­te, pe­ro he te­ni­do mu­chas le­sio­nes. Así que aho­ra sal­go a ca­mi­nar. Por San­tia­go no hay mu­chos si­tios, pe­ro por mi pue­blo sí. El año pa­sa­do hi­ce una ru­ta que no co­no­cía has­ta Ba­bia, don­de na­ce el Sil. Muy bo­ni­ta.

—¿Cuán­tos ki­ló­me­tros? —25 más o me­nos. —Es­tá us­ted en for­ma. ¿Ha he­cho el Ca­mino? —No. Mi mu­jer lo ha he­cho tres o cua­tro ve­ces y la pri­me­ra ya me di­jo que no era pa­ra ha­cer­lo con la pa­re­ja, ja ja. Pe­ro sí, me gus­ta­ría ha­cer­lo.

—¿Co­ci­na? —Sí. Me re­la­ja mu­cho. Yo soy el que más co­ci­na en mi ca­sa. Y me en­can­ta los fi­nes de se­ma­na ir al mer­ca­do a com­prar al­gún pes­ca­do. Me gus­tan los cho­cos y los ca­la­ma­res y me sa­le bien el arroz ne­gro. Cuan­do fue lo del Pres­ti­ge, mis hi­jos de­cían que ha­cía arroz con cha­pa­po­te.

—¿Le gus­ta el fút­bol? —No, pe­ro me en­can­ta el baloncesto. Soy del Obra y voy a ver­lo. Cuan­do es­tu­dia­ba, en Ma­drid se vi­vía una ex­plo­sión cul­tu­ral. De to­do ti­po. Y se veía po­co fút­bol y mu­cho baloncesto.

—¿Cuál es la mu­jer más gua­pa que ha co­no­ci­do? —Pues... (no le sa­le el nom­bre, pe­ro al fi­nal lo ha­lla­mos). Mar Flo­res. So­lo la sa­lu­dé una vez en un pla­tó de te­le­vi­sión y me que­dé im­pre­sio­na­do. Crea­ba al­go a su al­re­de­dor.

—De pe­que­ño le da­rían al­gu­na cha­pa­rre­ta. ¿De cual se acuer­da? —De ro­bar ce­re­zas y es­tro­pear al­gu­na co­si­lla. Pe­ro en­ton­ces eran zapatillas las que vo­la­ban. Y en el co­le­gio tam­bién me acuer­do del pro­fe­sor que me da­ba con una re­gla en la mano abier­ta. Por ha­blar ga­lle­go.

—¿Es de lá­gri­ma fá­cil o de los que nun­ca llo­ran? —Soy un hom­bre du­ro. La ver­dad es que es­ta pro­fe­sión tam­bién te en­du­re­ce.

—Dí­ga­me una can­ción. —Me­jor le di­go un dis­co: Rosalía de Cas­tro, de Aman­cio Pra­da. —¿Qué es lo más im­por­tan­te en la vi­da? —Ser fe­liz, es­tar bien con uno mis­mo, ha­cer el bien... dor­mir sin re­mor­di­mien­tos.

ILUS­TRA­CIÓN PIN­TO & CHINTO

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