Ci­ga­la cuo­ta ce­ro: efec­tos co­la­te­ra­les

La Voz de Galicia (Lugo) - - ECONOMÍA - Jo­sé Pino

Al re­gre­so de la de­le­ga­ción es­pa­ño­la de Bru­se­las, en di­ciem­bre pasado, pa­tro­nea­da por la mi­nis­tra de Agri­cul­tu­ra, se les pre­gun­tó por las im­pre­sio­nes del re­par­to de cuo­tas y es­bo­za­ron una me­dia son­ri­sa pa­ra re­pro­du­cir el fa­mo­so so­ni­que­te: «Es­ta­mos con­ten­tos; po­dría ha­ber si­do peor».

Me­dio año des­pués, fi­na­li­za­das las cos­te­ras de la ba­ca­la­di­lla, la xar­da y de va­rios pes­ca­dos más, el ma­ris­co de ve­rano ¿dón­de an­da­rá? Pues en el mis­mo si­tio, no les que­pa la me­nor du­da, con una di­fe­ren­cia: no po­de­mos pes­car­lo, ya me di­rán si pu­do ha­ber si­do peor...

La ci­ga­la fres­ca del Can­tá­bri­co es un re­fe­ren­te ve­ra­nie­go pa­ra los mu­chos tu­ris­tas que vi­si­tan el no­roes­te. Pa­ra Ma­rín y A Co­ru­ña ha si­do y es signo de iden­ti­dad, re­cla­mo in­dis­pen­sa­ble en ju­lio y agos­to. Son mu­chos los pe­re­gri­nos que se des­vían de San­tia­go has­ta la Ciu­dad de Cris- tal atraídos por su en­can­to gas­tro­nó­mi­co. La si­ja­li­ña do día es tan par­te del es­cu­do co­ru­ñés co­mo la To­rre de Hér­cu­les. To­do un Bar­ce­lo­na CF de la era Guar­dio­la vino a la Marina ce­le­brar un cam­peo­na­to de Li­ga atraí­do por sus ma­ris­cos fres­cos; en la fac­tu­ra, una bue­na par­ti­da era ci­ga­la de los ca­la­de­ros del Or­te­gal. No se en­tien­de una bo­da o tiem­po de co­mu­nio­nes en lu­ga­res em­ble­má­ti­cos co­mo Chi­co­lino, en tie­rras del Bar­ban­za, el Me­són de Pas­to­ri­za, en Ar­tei­xo, o el Lou­zao en Vi­vei­ro —ca­paz cual­quie­ra de ellos de ab­sor­ber la pro­duc­ción se­ma­nal de una flo­ta del arras­tre del día— sin tan apre­cia­da y re­cla­ma­da vian­da. Y es que de un plu­ma­zo nos han qui­ta­do el ape­lli­do a la es­pe­cie, ci­ga­las se­gui­rá ha­bien­do, por su­pues­to, pe­ro ya na­die lee­rá en las car­tas que son del Can­tá­bri­co, igual que des­apa­re­cie­ron las del Jun­di­ña, por nau­fra­gio, al me­nos de mo­men­to es­tas úl­ti­mas.

A Co­ru­ña lle­gó a te­ner una flo­ta des­ti­na­da por en­te­ro a es­ta es­pe­cie, los co­no­ci­dos y fa­mo­sos fon­do­ne­ros, tam­bién co­no­ci­dos por «la mar­cha ver­de» en ana­lo­gía a la fa­mo­sa pro­tes­ta pa­cí­fi­ca que Ma­rrue­cos di­ri­gió ha­cia el te­rri­to­rio saha­raui. El efec­to de los bar­cos era el mis­mo: en fi­las lar­gas, al cru­ce, des­pa­cio, re­co­rrien­do los fon­dos del can­til... El re­sul­ta­do: el Mu­ro aba­rro­ta­do de las re­cor­da­das ca­jas de ma­de­ra de la es­tre­lla.

¿Qué ha pasado en­ton­ces pa­ra que no se pue­da pes­car? ¿No hay? ¡Có­mo no va a ha­ber si el año pasado fue el de ma­yor cap­tu­ras de los úl­ti­mos trein­ta! La ex­pli­ca­ción es muy sen­ci­lla: una flo­ta con una cuo­ta de 400 ki­los por barco al año no pue­de ir más que dos días al año a pes­car­la (que es pa­ra lo que les da esa can­ti­dad), y mu­chos bar­cos ya no acu­den. ¿Con­clu­sión? No fi­gu­ran des­em­bar­cos en los dia­rios ofi­cia­les y el aná­li­sis que ha­ce la Co­mi­sión Eu­ro­pea es que, si no se des­car­ga es que no hay. Y si no hay, ha­brá que ve­dar­la. Me­jor, la prohi­bi­mos pa­ra re­cu­pe­rar­la. ¡Oi­ga us­ted! Por esa re­gla de tres, la ca­ba­lla que pes­ca­mos de más año tras año —y por la que so­por­ta­mos una mul­ta— ha­brá que au­men­tar­la en gra­do su­mo, vis­tas las de­cla­ra­cio­nes de de­sem­bar­co. Pues va a ser que las ma­te­má­ti­cas de Bru­se­las no con­tem­plan la pro­pie­dad tran­si­ti­va. Des­de lue­go, la me­jor ma­ne­ra de re­cu­pe­rar una es­pe­cie no va a ser au­men­tan­do la cuo­ta de otras de su mis­mo há­bi­tat, co­mo es el ra­pe. Un año de ra­pe en abun­dan­cia, pue­de ser una de­ba­cle pa­ra la ci­ga­la. Y tam­bién pa­ra no­so­tros, obli­ga­dos a des­car­tar la es­pe­cie de ma­yor va­lor co­mer­cial.

Una co­sa es una re­duc­ción drás­ti­ca y otra muy dis­tin­ta ve­nir­se de Bru­se­las sin una es­pe­cie su­je­ta a cuo­ta. Y en­ci­ma pe­sa so­bre nues­tras ca­be­zas la prohi­bi­ción por tres años. Pu­do ha­ber si­do peor, se­gún nues­tros re­pre­sen­tan­tes... Dios los guar­de mu­chos años.

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