El Mun­do Celta sa­cu­de Ortigueira

La vi­lla despide hoy con mo­rri­ña el fes­ti­val más po­pu­lo­so en años

La Voz de Galicia (Lugo) - - AL SOL - ANA F. CU­BA

La mú­si­ca y, so­bre to­do, la ava­lan­cha de gen­te sa­cu­de Ortigueira des­de el jue­ves. El Mun­do Celta rom­pe por unos días la quie­tud de la vi­lla. «Dos al año es­ta­rían ge­nial», «yo fir­mo uno así al mes», «es el em­pu­jón que ne­ce­si­ta­mos pa­ra re­sis­tir el res­to del año». Co­mer­cian­tes y hos­te­le­ros opinan, «en­can­ta­dos» del aba­rro­te de es­ta edi­ción, la nú­me­ro 33: «Ya no nos acor­dá­ba­mos de al­go así, son mu­chos y gas­tan, vuel­ve la alegría», «re­mon­ta­mos». La vi­da te atra­pa en ca­da es­qui­na, en un ir y ve­nir que no ce­sa en­tre la acam­pa­da de Mo­rou­zos, al pie mis­mo de la pla­ya, y el pue­blo.

«Es­ta­mos en­can­ta­dos, la gen­te de aquí ha­ce que te en­cuen­tres co­mo en ca­sa. La acam­pa­da, la mú­si­ca, el am­bien­te...». Álvaro, San­dra y Álex se sien­ten «tan bien tra­ta­dos» que no quie­ren re­gre­sar a Fuen­la­bra­da. Otras cua­tro ma­dri­le­ñas, es­tu­dian­tes de Ar­qui­tec­tu­ra, Enfermería, ADE y De­re­cho, por­ta­ban ayer a me­dio­día los bár­tu­los por la ave­ni­da que atra­vie­sa Ortigueira, de vuel­ta ya, tras dos días «de buen ro­llo, muy guay, has­ta los ba­ños es­tán lim­pios, no co­mo en otros fes­ti­va­les». La co­mu­nión de los fol­kies con el pue­blo or­te­gano, aquel al que es­can­da­li­za­ban en los ini­cios, en 1978, es to­tal. Los de­trac­to­res, po­cos, al me­nos los que le­van­tan la voz, lo re­du­cen a «un ma­cro­bo­te­llón y las ace­ras con olor a ori­nes». Pe­ro la ma­yo­ría, in­clui­dos quie­nes no se be­ne­fi­cian eco­nó­mi­ca­men­te del Mun­do Celta, ven más ven­ta­jas que per­jui­cios. «Ves otras ca­ras, cha­va­les muy edu­ca­dos, mu­chos se dis­fra­zan de pe­rro­flau­tas pa­ra ve­nir, pe­ro ya qui­sie­ra yo que los de cor­ba­ta se com­por­ta­ran así», co­men­ta una ve­ci­na. «Boas noi­tes fes­ti­va­lei­ros», sa­lu­dó la Es­co­la de Gai­tas de Ortigueira, pro­fe­ta en ca­sa, en el con­cier­to del vier­nes. So­na­ron las gai­tas y las pan­de­re­tas, y tam­bién el xi­ló­fono, la trom­pa ga­lle­ga (Fran­cis), la gui­ta­rra (Ma­nel López), el ba­jo (Xa­vi Ma­ci­ñei­ra) y la mag­ní­fi­ca voz de Xiana (Quen pui­de­ra

na­mo­ra­la). Bo­tó el pú­bli­co, en­tre ova­cio­nes, con la in­ter­pre­ta­ción de Co­va da ser­pe. Y a cin­co jó­ve­nes leo­ne­ses se les pu­so «la piel de ga­lli­na con el Fo­gar de Breo­gán». Son re­pe­ti­do­res del Mun­do Celta, co­mo tan­tos. Las se­go­via­nas Isa­bel, pro­fe­so­ra, y Lourdes, em­plea­da de ban­ca, se es­tre­nan, en el fes­ti­val (cau­ti­va­das por el vio­lín del ir­lan­dés Paddy Glac­kin, de Us­her’s Is­land) y en la acam­pa­da (sin que­ja, por el mo­men­to).

El trán­si­to no se de­tie­ne y mien­tras mi­les de al­mas se en­tre­gan a la mú­si­ca tra­di­cio­nal ir­lan­de­sa (ano­che tam­bién ocu­rrió con las ban­das es­co­ce­sa, ja­po­ne­sa, ga­lle­ga y as­tu­ria­na; y la vís­pe­ra con la bre­to­na), otras tan­tas bu­llen por las ca­lles, del Can­tón a los jar­di­nes del Ma­le­cón, con las te­rra­zas lle­nas y olor a chu­rros, ke­bab y pa­ta­tas fri­tas. Y del pinar y el eu­ca­lip­tal de Mo­rou­zos al are­nal (ria­das a me­dio­día) y al en­torno ur­bano, a pie o en au­to­bús, día y no­che, sin des­can­so.

En las farmacias de Ortigueira, lo que más se de­man­da es­tos días es Ibu­pro­feno, ta­po­nes pa­ra los oí­dos, Al­max, pro­duc­tos pa­ra pi­ca­du­ras y am­po­llas, y «no de­ma­sia­dos» pre­ser­va­ti­vos. En los ba­res, se­gún la ho­ra, cer­ve­za, co­pas o ca­fé. Por las tar­des se ralentiza el tiem­po, has­ta que las gai­tas vuel­ven a to­mar las ca­lles (to­do se­gún el pro­gra­ma) y en la acam­pa­da se arran­ca al­guien con la gui­ta­rra (im­pro­vi­sa­ción). El vier­nes, el bos­que se po­bló de ver­sos y ayer es­pe­ra­ban al jo­ven can­tau­tor Pe­dro Pas­tor (hi­jo de Luis), otro festivalero, que tal vez in­ter­pre­tó La vi­da ple­na, con­tra los pre­jui­cios y el mie­do —«se ha que­da­do una tar­de pre­cio­sa pa­ra pa­sear por las con­cien­cias»—.

CÉ­SAR TOI­MIL

Por la tar­de mi­les de per­so­nas aba­rro­ta­ron el centro.

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