Un ro­bo en una ca­sa sa­ca a la luz el ca­dá­ver de un hom­bre mo­mi­fi­ca­do

El la­drón sa­lió hu­yen­do al ver el cuer­po del fa­lle­ci­do, de 90 años, en un pi­so de Cam­bre

La Voz de Galicia (Lugo) - - Galicia - E. SIL­VEI­RA, A. MAHÍA

La úl­ti­ma vez que vie­ron a Mi­guel Val­due­za fue en di­ciem­bre. Eran vís­pe­ras de Na­vi­dad y el hom­bre, viu­do y de 90 años, mar­cha­ba a su pue­blo na­tal en Cas­ti­lla pa­ra vi­vir allí sus úl­ti­mos días acom­pa­ña­do de su fa­mi­lia. Des­de en­ton­ces, to­dos sus ve­ci­nos del nú­me­ro 6 de la ca­lle Po­lí­gono, en Cam­bre, es­ta­ban con­ven­ci­dos de que allí se­guía. Has­ta que ayer, a eso de las seis de la tar­de, al­guien vio sa­lir des­pa­vo­ri­do de su do­mi­ci­lio a un jo­ven des­ali­ña­do. Aun­que ex­tra­ña­do, en un prin­ci­pio no le dio im­por­tan­cia. Sí se la dio su ve­cino del ter­ce­ro, que mi­nu­tos des­pués, al lle­gar del tra­ba­jo, se en­con­tró con la puer­ta de Mi­guel re­ven­ta­da y abier­ta. Lla­mó a la Po­li­cía Lo­cal de Cam­bre y unos agen­tes se pre­sen­ta­ron en el in­mue­ble. En­tra­ron y, al abrir la puer­ta del sa­lón, se en­con­tra­ron el cuer­po del hom­bre ya en pro­ce­so de mo­mi­fi­ca­ción. El asun­to pa­só a ma­nos de la po­li­cía ju­di­cial de la Guar­dia Ci­vil y del Juz­ga­do de Ins­truc­ción nú­me­ro 1 de A Co­ru­ña.

Mi­guel Val­due­za vi­vió to­da la vi­da en el ter­ce­ro iz­quier­da del nú­me­ro 6 de la ca­lle Po­lí­gono, en el Tem­ple (Cam­bre). An­tes de ju­bi­lar­se, tra­ba­ja­ba co­mo se­cre­ta­rio en la des­apa­re­ci­da em­pre­sa Cros, en Cu­lle­re­do. Te­nía un hi­jo, tam­bién ve­cino de Cam­bre y con el que te­nía po­co con­tac­to. En­viu­dó ha­ce mu­chos años y des­de en­ton­ces vi­vía so­lo. «Pe­se a te­ner 90 años, se le veía bas­tan­te bien. Ba­ja­ba y subía las es­ca- le­ras con nor­ma­li­dad y rea­li­za­ba las ta­reas de ca­sa sin ayu­da», se­gún una de sus ve­ci­nas. «Na­die po­drá de­cir una ma­la pa­la­bra de él», con­ta­ba otra.

Mu­dan­za

El pa­sa­do mes de di­ciem­bre pa­re­cía que aban­do­na­ba su pi­so de to­da la vi­da pa­ra mo­rir en su pue­blo na­tal, una al­dea de Cas­ti­lla-León. Su fa­mi­lia lo vino a re­co­ger y allá se fue. «Pe­ro de­bió de ha­ber re­gre­sa­do a las po­cas se­ma­nas sin que na­die en el ba­rrio ni en el edi­fi­cio se en­te­ra­se», sos­pe­cha su ve­cino. «Co­mo si vol­vie­se so­lo pa­ra mo­rir», in­te­rrum­pe otro.

En mar­zo, cuan­do to­dos da­ban por bueno que Mi­guel es­ta­ba en Cas­ti­lla, los ve­ci­nos del edi­fi­cio co­men­za­ron a sen­tir mal olor. Pro­ce­día de su vi­vien­da. Lla­ma­ron a la au­to­ri­dad y, cuan­do es­ta se pre­sen­tó, tras com­pro­bar que la puer­ta es­ta­ba bien ce­rra­da y su­po­ner que el pro­pie­ta­rio se en­con­tra­ba en su pue­blo na­tal, tal y co­mo le ha­bían con­fia­do los ve­ci­nos, acha­ca­ron el he­dor a la exis­ten­cia de ali­men­tos po­dri­dos que pu­die­se ha­ber de­ja­do Mi­guel an­tes de mu­dar­se.

«No era un olor in­so­por­ta­ble, pe­ro sí al­go mo­les­to, aun­que so­lo du­ró unos días», re­cuer­da uno de los re­si­den­tes en el in­mue­ble, don­de con­ti­nua­ron con­ven­ci­dos de que Mi­guel se en­con­tra­ba le­jos. Pa­sa­dos aque­llos días de mal olor, no se vol­vió a no­tar na­da. Tam­po­co ayer se no­ta­ba. Ni si­quie­ra con la puer­ta abier­ta de par en par. Su cuer­po apa­re­ció en el sa­lón y to­das las puer­tas y ven­ta­nas del pi­so es­ta­ban ce­rra­das.

Na­die acier­ta a adi­vi­nar cuán­do se hu­bie­se des­cu­bier­to el ca­dá­ver si no hu­bie­se apa­re­ci­do el la­drón. «Era un hom­bre que no re­ci­bía ape­nas vi­si­tas y to­do el mun­do pen­sa­ba que se ha­bía mu­da­do», des­ta­ca un re­si­den­te. A eso de las seis de la tar­de, un ma­lan­dro que bus­ca­ba al­go que ro­bar en es­te edi­fi­cio de tres plan­tas se pre­sen­tó en la vi­vien­da de Mi­guel y for­zó la puer­ta. En­tró y sa­lió. Su­po­nen fuen­tes de la in­ves­ti­ga­ción que el de­lin­cuen­te, al en­trar en el sa­lón y ver el ca­dá­ver, sa­lió co­rrien­do sin abrir ni un ca­jón. Ni si­quie­ra hi­zo una lla­ma­da anó­ni­ma a la Guar­dia Ci­vil pa­ra con­tar lo que ha­bía vis­to. Fue el ve­cino del ter­ce­ro de­re­cha el que mar­có el nú­me­ro de la Po­li­cía Lo­cal cuan­do, al re­gre­sar del tra­ba­jo, vio la puer­ta for­za­da y abier­ta. No se atre­vió a en­trar. Es­pe­ró a los agen­tes y fue­ron es­tos los que des­cu­brie­ron el cuer­po sin vi­da de Mi­guel.

La no­ti­cia co­rrió por el ba­rrio co­mo la pól­vo­ra. To­do el mun­do co­no­cía al fa­lle­ci­do. «Fue­ron mu­chos años vi­vien­do co­mo ve­ci­nos y to­dos los días lo veía­mos sa­lir a pa­sear so­lo», re­cuer­da una per­so­na que lo co­no­cía.

Un ca­so si­mi­lar muy cer­cano

Es­ta muer­te se co­no­ce ape­nas 15 días des­pués de la de una mu­jer de 56 años que apa­re­ció en las mis­mas cir­cuns­tan­cias. Muer­ta y so­la en su ca­sa, si bien es­ta úl­ti­ma lle­va­ba cer­ca de sie­te años fa­lle­ci­da. Ocu­rrie­ron una muy cer­ca de la otra, en mu­ni­ci­pios ve­ci­nos. En­tre la ca­sa de Mi­guel, en Cam­bre, y la de Ro­sa­rio, en Cu­lle­re­do, hay al­re­de­dor de unos tres ki­ló­me­tros.

En aque­lla oca­sión, el ca­dá­ver se des­cu­brió por­que se ha­bía ago­ta­do el di­ne­ro en su cuen­ta y, por tan­to, se de­jó de pa­gar el al­qui­ler del pi­so en el que vi­vía.

EDUAR­DO PÉ­REZ

Mo­men­to en el que el ca­dá­ver del hom­bre es in­tro­du­ci­do en un fur­gón de los ser­vi­cios fu­ne­ra­rios.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.