Un án­gel que no en­cuen­tra el cie­lo

Pe­dro An­ge­li­na, un in­mi­gran­te ni­ge­riano que de­vol­vió ha­ce tres años en Sevilla un ma­le­tín con más de 3.000 eu­ros en efec­ti­vo, bus­ca aho­ra tra­ba­jo en San­tia­go

La Voz de Galicia (Lugo) - - El Tiempo - MA­RIO BERAMENDI

A ve­ces, la cau­sa­li­dad se en­cuen­tra es­con­di­da a la vuel­ta de la es­qui­na. Es­tá ahí, aga­za­pa­da, como esos ani­ma­les que se ca­mu­flan pa­ra con­fun­dir­se con la ma­le­za. El 1 de di­ciem­bre del 2014 era, en apa­rien­cia, un día cual­quie­ra en Sevilla. Ha­bía ama­ne­ci­do con sol, como de cos­tum­bre. Na­da ha­cía pre­sa­giar al­go ex­traor­di­na­rio. El cla­xon de los co­ches so­na­ba en los atas­cos, se ha­bían col­ga­do ya las lu­ces de Na­vi­dad y en las cris­ta­le­ras de los ba­res col­ga­ban los car­te­les con el nú­me­ro de la lo­te­ría en rojo. Pe­ro a Pe­dro An­ge­li­na Ineg­be­no­sum, un in­mi­gran­te ni­ge­riano re­si­den­te en la ciu­dad des­de ha­cía 15 años, le aguar­da­ba la suer­te sin sa­ber­lo. Fal­ta­ban po­cos mi­nu­tos pa­ra las do­ce del me­dio­día y, de re­pen­te, mien­tras ca­mi­na­ba por la ca­lle, vio có­mo del te­cho de un co­che apar­ca­do se caía un ma­le­tín ne­gro. No se atre­vió a abrir­lo: pen­só que tal vez po­dría con­te­ner ex­plo­si­vos o dro­ga. Lla­mó a la co­mi­sa­ría del ba­rrio de Tria­na y una pa­tru­lla acu­dió a los po­cos mi­nu­tos al lu­gar.

Una sor­pre­sa

Cuan­do los agen­tes abrie­ron el ma­le­tín se en­con­tra­ron 3.150 eu­ros en efec­ti­vo, va­rios che­ques de dis­tin­tas en­ti­da­des ban­ca­rias pen­dien­tes de co­bro, así como diez ta­lo­na­rios y una li­bre­ta. Así cons­ta en el par­te po­li­cial fir­ma­do por el ins­pec­tor Ma­nuel Calleja, y que Pe­dro An­ge­li­na guar­da en una car­pe­ta de plás­ti­co como si fue­ra un te­so­ro.

La do­cu­men­ta­ción que ha­bía en el ma­le­tín per­mi­tió ha­llar al pro­pie­ta­rio del di­ne­ro, un se­vi­llano de unos 42 años. A Pe­dro le ob­se­quia­ron con dos bi­lle­tes de 50 eu­ros como re­com­pen­sa a su ges­to, pe­ro él in­sis­te en que re­cha­zó el di­ne­ro. Pron­to sa­lió en to­dos los me­dios lo­ca­les, que lo en­tro­ni­za­ron como el rey de la no­ble­za. En la ca­lle pen­sa­ron otra co­sa. «La gen­te que me en­con­tra­ba me lla­ma­ba idio­ta por no ha­ber­me que­da­do con los bi­lle­tes», re­cuer­da.

Tal vez al­gu­nos de los ve­ci­nos que se rie­ron de él son los que pre­gun­tan lue­go si la fac­tu­ra va con o sin IVA, los que con­tra­tan sin se­gu­ro o los que pa­gan en b. Esa par­te de la so­cie­dad que ba­na­li­za el frau­de y que no cas­ti­ga elec­to­ral­men­te la co­rrup­ción. Es­te ni­ge­riano, na­ci­do en La­gos ha­ce aho­ra 38 años y que lle­va ca­si 20 vi­vien­do en Es­pa­ña, so­lo quie­re un tra­ba­jo, jus­to lo que le fal­tó los úl­ti­mos años en Sevilla. Allí re­ci­bió mu­chas pal­ma­das en la es­pal­da, al­gu­nos abra­zos, pe­ro po­ca ayu­da. Cuan­do no hay di­ne­ro de por me­dio, los tro­nos son efí­me­ros, y así lo pu­do com­pro­bar Pe­dro, que vio có­mo su co­ro­na de hé­roe se de­rre­tía en tiem­po ré­cord, igual que un he­la­do al sol en una so­bre­me­sa de ve­rano. Es­te in­mi­gran­te se ha mu­da­do a San­tia­go en bus­ca de un em­pleo; los do­min­gos ejer­ce de mo­na­gui­llo en la Ca­te­dral en la mi­sa de do­ce, y en el com­pos­te­lano ba­rrio de Os Con­chei­ros ya se ha ga­na­do la sim­pa­tía de los ve­ci­nos. Su vi­da es­tá sal­pi­ca­da de con­tra­tiem­pos, pe­ro Pe­dro siem­pre son­ríe.

Mien­tras apu­ra un ca­fé y un bo­llo, ha­bla de sus pa­dres y de su her­ma­na, que vi­ven en La­gos. Como ca­tó­li­co ve con preo­cu­pa­ción el avan­ce de Bo­ko Ha­ram, pe­ro su prin­ci­pal ob­se­sión aho­ra es ha­llar un em­pleo. Por eso abre una bol­sa, don­de es­tá la car­pe­ta con el in­for­me po­li­cial, re­cor­tes de pren­sa y un cu­rrícu­lo don­de fi­gu­ra su tra­yec­to­ria la­bo­ral en Es­pa­ña.

Su his­to­ria es un fiel re­fle­jo de la cri­sis. Peón de la cons­truc­ción en los años del bum in­mo­bi­lia­rio, pu­do tra­ba­jar como ope­ra­rio de lim­pie­za y como frie­ga­pla­tos jus­to después de la cri­sis, pe­ro des­de el 2011 ape­nas ha tra­ba­ja­do. Di­ce que es li­cen­cia­do en Me­di­ci­na por La­gos, pe­ro no le con­va­li­dan el tí­tu­lo, y que lle­gó a co­la­bo­rar en va­rios pro­gra­mas de Los Mo­ran­cos. El otro día, se­gún cuen­ta, apo­yó una bol­sa del su­per­mer­ca­do en la ca­lle y cuan­do vol­vió ha­bía des­apa­re­ci­do. Qué cruel pa­ra­do­ja. En el mis­mo país en el que de­vol­vió un ma­le­tín con 3.150 eu­ros le han ro­ba­do una com­pra que cos­tó me­nos de diez.

PA­CO RO­DRÍ­GUEZ

Pe­dro An­ge­li­na es ca­tó­li­co y du­ran­te años fue mo­na­gui­llo en una pa­rro­quia de Sevilla.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.