Me­mo­rias: el tre­me­bun­do so­ne­to

La Voz de Galicia (Lugo) - - Opinión - HE­ME­RO­TE­CA ÁN­XEL FO­LE

Se­pan mis es­ti­ma­dí­si­mos lec­to­res que una edi­to­rial de fa­ma me hi­zo el encargo de es­cri­bir un li­bro de me­mo­rias. Así que ya soy me­mo­ra­ble, li­te­ral­men­te. Y re­sul­ta que no sé por dón­de em­pe­zar; así, li­te­ral­men­te. Pe­ro por al­go se em­pie­za. Y re­sul­ta que ya lo es­toy es­cri­bien­do... Aquí, en la vi­lla de Ba­ra­lla, a trein­ta ki­ló­me­tros de Lu­go. Son las on­ce de la ma­ña­na y se anun­cia un buen día de sol, des­pués de una no­che de he­la­da ca­si mor­tí­fe­ra... Can­ta un ga­llo, un ga­lli­to, con un ki­ki­ri­kí in­ve­ro­sí­mil­men­te agudo. Tie­ne que ser un ga­lli­to muy jo­ven, ape­nas sa­li­do del cas­ca­rón. Co­mien­zan a agol­pár­se­me los re­cuer­dos en la me­mo­ria, co­mo si los fa­bri­ca­se la má­qui­na de es­cri­bir con su te­cle­teo... Aque­lla ma­ña­na de mi ado­les­cen­cia tam­bién ha­bía una ma­ña­na así. Una vez más ten­dre­mos que de­cir que Lu­go es tan frío co­mo Ba­ra­lla.

¿Con­for­mes? Pues aque­lla ma­ña­na del año die­ci­nue­ve o vein­te yo leí el tre­me­bun­do so­ne­to. Lo ha­bía de­ja­do en ca­sa un ami­go ma­yor de mi her­mano De­si­de­rio. Un ami­go y com­pa­ñe­ro del va­seo por las ta­ber­nas. Yo re­gre­sa­ba de las cla­ses de La­tín, con los li­bros de­ba­jo del bra­zo. El so­ne­to es­ta­ba im­pre­so en una pos­tal de co­lo­res, que traía el re­tra­to del co­mu­nis­ta Trots­ki. La pos­tal es­ta­ba to­can­do una de aque­llas pe­sa­dí­si­mas es­cri­ba­nías de bron­ce de an­ta­ño, que re­pre­sen­ta­ba un bar­co de dos chi­me­neas. Las chi­me­neas eran el tin­te­ro y el de­pó­si­to de los pol­vos de se­car. El hu­mo de las chi­me­neas tam­bién era de bron­ce; es de­cir, só­li­do. Las ta­pa­de­ras de los res­pec­ti­vos re­ci­pien­tes.

Y me pu­se a leer el poe­ma. Era un so­ne­to en ver­sos ale­jan­dri­nos. Pa­re­cía que olía a pól­vo­ra y que ci­cha­ba san­gre por to­das las le­tras.

No ol­vi­da­ría aquel so­ne­to en to­da mi vi­da. He­lo aquí:

«Tiem­blen en sus al­cá­za­res los ti­ra­nos del mun­do. / La hu­ma­ni­dad do­lien­te, pá­li­da de llo­rar, en un ron­co ge­mi­do, pa­vo­ro­so y pro­fun­do, / se des­bor­da re­bel­de co­mo un trá­gi­co mar. / El ejem­plo de Ru­sia, va­le­ro­so y ro­tun­do, / des­per­tó las con­cien­cias del so­por se­cu­lar, / y, cla­man­do ven­gan­za con­tra el agro in­fe­cun­do, / se le­van­tan los pue­blos a mo­rir o triun­far. / Tiem­blen nues­tros ti­ra­nos an­te la luz que cie­ga, / tiem­blen an­te la púr­pu­ra del pe­li­gro que lle­ga, / tiem­blen an­te la có­le­ra del pue­blo ven­ga­dor... / No ha­brá para el ver­du­go pie­dad en nues­tros pe­chos... / Su­cum­bi­rán los dés­po­tas y ro­da­rán des­he­chos / los tro­nos en la glo­ria del fue­go re­den­tor».

«... El ejem­plo de Ru­sia, va­le­ro­so y ro­tun­do, des­per­tó las con­cien­cias del so­por se­cu­lar...». El ejem­plo de Ru­sia y el so­por se­cu­lar... Aque­llas dos fra­ses for­ma­ron en mí conciencia his­tó­ri­ca para siem­pre... Es­tá­ba­mos a di­ciem­bre del año die­ci­nue­ve... El pa­sa­do mes de oc­tu­bre se ha­bían cum­pli­do dos años de la re­vo­lu­ción co­mu­nis­ta en Ru­sia, del asal­to al poder por los co­mu­nis­tas o bol­che­vi­ques. Ca­si coin­ci­dien­do con la huel­ga ge­ne­ral re­vo­lu­cio­na­ria en Es­pa­ña en el es­tío de aquel año del die­ci­sie­te. Tu­ve la va­ga im­pre­sión, más bien la creen­cia, de que aque­llas fe­chas se­rían un hi­to en mi vi­da y en la his­to­ria del mun­do.

¿Y aquel Trots­ki del re­tra­to de la pos­tal...? Pues era un cau­di­llo bol­che­vi­que. De gafas y con ca­ra fea... Re­cor­da­ba ha­ber leí­do que ha­bía es­ta­do en Es­pa­ña unos años an­tes, na­da menos que en Ma­drid y en la cár­cel Mo­de­lo. Era un bol­che­vi­que. En Lu­go a los bol­che­vi­ques se les lla­ma­ba más bien «bol­che­vis­tas» o «bol­che­vi­quis­tas».

Hi­ce un es­fuer­zo por re­cor­dar al­gu­nas lec­tu­ras re­cien­tes de dia­rios y re­vis­tas. Qui­zás fue­se ami­go de aquel Le­nin de la cal­va, o de aquel Bu­ja­rin, o de aquel Ka­me­nev del go­rro de piel.

Tal vez aque­llos bol­che­vi­ques del asal­to al Pa­la­cio de Invierno en Pe­tro­gra­do fue­sen ami­gos de Ju­lián Bes­tei­ro, Lar­go Ca­ba­lle­ro o An­drés Sa­bo­rit, miem­bros del Co­mi­té Re­vo­lu­cio­na­rio de la huel­ga ge­ne­ral del die­ci­sie­te. Va­ya usted a sa­ber...

En di­ciem­bre de 1920 fa­lle­ció en Ma­drid Be­ni­to Pé­rez Gal­dós. Una gran mul­ti­tud de gen­tes de to­das las cla­ses so­cia­les asis­tió a su se­pe­lio. Pé­rez Gal­dós era una gran fi­gu­ra na­cio­nal. Los pe­rió­di­cos equi­pa­ra­ban su per­so­na­li­dad con la de Bal­zac y la de Tols­tói... Lu­go con­ta­ba con un nue­vo Cam­po de Fe­ria y con la nue­va pla­za de San­ta Ma­ría. To­do el mun­do ha­bla­ba del al­cal­de don Án­gel Ló­pez y del ase­si­na­to del due­ño de un pues­to en el Ras­tro de Ma­drid, lla­ma­do El Fe­de­ral. Se de­cía que sus ase­si­nos ha­bían si­do vis­tos en nues­tra ca­pi­tal. En to­da la ciu­dad se can­ta­ba mu­cho el cu­plé El gi­ta­ni­llo.

El día de Re­yes de di­cho año del vein­te me re­ga­la­ron una plu­ma es­ti­lo­grá­fi­ca con su es­tu­che. Era la pri­me­ra que usa­ba en mi vi­da. Lo pri­me­ro que se me ocu­rrió fue co­piar con ella el tre­me­bun­do so­ne­to re­vo­lu­cio­na­rio. Lo co­pié en un plie­go de pa­pel de bar­ba, el cual guar­dé en una car­pe­ta. Pe­ro per­dí la car­pe­ta... Era igual: me ha­bía que­da­do en la me­mo­ria.

Así que pu­de re­ci­tar sin va­ci­la­ción el re­fe­ri­do so­ne­to, mu­chos años des­pués en el curso de una char­la na­da menos que en el sa­lón de se­sio­nes del Ayun­ta­mien­to de Lu­go...

Por aquel tan le­jano mes de enero del año vein­te, los chi­qui­llos to­da­vía ju­ga­ban a las for­cas en Lu­go...

—¡Tram­po­so!... ¡Dou­che un­ha tor­ta que te es­ma­go!

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