«El día que vol­ví a su­bir­me a un tren me sen­té y em­pe­cé a llo­rar»

La Voz de Galicia (Lugo) - - A FONDO - JOR­GE CA­SA­NO­VA SAN­TIA­GO / LA VOZ

Has­ta ha­ce unos días, Ana no sa­bía si acu­dir al ho­me­na­je de ca­da 24 de ju­lio: «Vuel­ves siem­pre con un sa­bor agri­dul­ce. Re­cuer­do la suer­te que tu­ve, pe­ro vi­ves tam­bién el do­lor de los que per­die­ron a sus se­res que­ri­dos... Es muy du­ro». Ana Belén era la úni­ca via­je­ra del Al­via re­la­cio­na­da con Angrois an­tes del si­nies­tro: sus pa­dres son de la pa­rro­quia y aún viven cer­ca: «Va­mos de vez en cuan­do, pe­ro me cuesta». Ana es­tu­vo un año de ba­ja tras el ac­ci­den­te, pe­ro, co­mo la ma­yo­ría de las víc­ti­mas, tie­ne heridas psi­co­ló­gi­cas que no aca­ba de cu­rar. Si­gue a tra­ta­mien­to psi­co­ló­gi­co. Y su ma­ri­do tam­bién: «Él lo vivió de otro mo­do, des­de la es­ta­ción, don­de me es­pe­ra­ba con los ni­ños».

Po­co a po­co, Ana ha ido re­cu­pe­ran­do el sue­ño. Ne­ce­si­ta pas­ti­llas, pe­ro al me­nos ya no se des­pier­ta so­bre­sal­ta­da en me­dio de la no­che ca­si nun­ca. Con el tren, ha si­do más di­fí­cil: «Me lo pe­día el psi­có­lo­go, que hi­cie­ra al­gún via­je. Un día fui has­ta Pa­drón. Un tra­yec­to de un cuarto de ho­ra. Pe­ro en cuan­to me sen­té, me eché a llo­rar». El chi­rri­do de las rue­das, el pi­ti­do de la má­qui­na, la bas­cu­la­ción de los va­go­nes: «Fue ho­rri­ble». «La pri­me­ra vez que vol­ví a una es­ta­ción veía cómo la gen­te subía al tren y me pre­gun­ta­ba cómo lo ha­cían de for­ma tan des­preo­cu­pa­da, sin re­pa­rar en que po­dían te­ner un ac­ci­den­te», re­cuer­da.

El día 24 de ju­lio del 2013, Ana Belén vol­vía de Ali­can­te. Era un via­je que ha­cía con fre­cuen­cia, por­que tra­ba­ja­ba allí. Tie­ne po­cos re­cuer­dos del ac­ci­den­te. Per­dió el co­no­ci­mien­to. Des­per­tó en la os­cu­ri­dad: es­ta­ba en­te­rra­da en­tre ma­le­tas, pe­ro po­día res­pi­rar con una cier­ta co­mo­di­dad: «Cuan­do qui­se mo­ver­me, no pu­de. Fue una sen­sa­ción muy ra­ra». Lo si­guien­te que re­cuer­da es el cam­po de Angrois y a unos fa­mi­lia­res que ve­nían a ayu­dar­la. Ya han pa­sa­do cua­tro años y to­da­vía le tiem­bla un po­co la voz cuan­do re­to­ma el re­la­to. El ac­ci­den­te tu­vo una consecuencia po­si­ti­va: Ana consiguió un tras­la­do a Galicia y pue­de es­tar to­dos los días con su fa­mi­lia. Eso ha si­do lo me­jor. La pe­ri­pe­cia política y ju­di­cial no la ha ayu­da­do mu­cho, aun­que es de las que ve el futuro con es­pe­ran­za y cree que fi­nal­men­te ha­brá una co­mi­sión de in­ves­ti­ga­ción. Lo peor, esa sen­sa­ción de cul­pa que no se sos­tie­ne en na­da: «Cuan­do veo a esa gen­te que su­fre tan­to y que yo sa­lí bien, no pue­do evi­tar sen­tir­me así».

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