«Ga­né 1.200 eu­ros en la ru­le­ta. Fui tan es­tú­pi­do que no lo re­ti­ré y per­dí to­do»

El nú­me­ro de jó­ve­nes que acu­den a ca­si­nos y bin­gos se tri­pli­ca des­de el 2014

La Voz de Galicia (Lugo) - - SOCIEDAD - MA­TEO CASAL, R. R. RE­DAC­CIÓN / LA VOZ

«Me pa­re­ce un mo­do de ocio co­mo otro cual­quie­ra. Hay gen­te que se gas­ta 20 eu­ros yén­do­se de ca­ñas, yo me los gas­to du­ran­te una ho­ra en el ca­sino». Quien ha­bla es un jo­ven de 20 años que pre­fie­re man­te­ner­se en el ano­ni­ma­to. A Da­niel, su nom­bre fic­ti­cio, le gus­ta pro­bar suer­te en la ru­le­ta o ju­gar al pó­ker an­tes de sa­lir de fies­ta. No es una ex­cep­ción. Otros, con la ma­yo­ría edad re­cién es­tre­na­da o in­clu­so al­gu­nos menores, pre­fie­ren echar unos car­to­nes en el bin­go. Los ca­si­nos y bin­gos es­tán cam­bian­do de pú­bli­co. Si la cri­sis ha cau­sa­do un re­plie­gue de las ge­ne­ra­cio­nes ma­du­ras, es­tos ne­go­cios tienen su re­le­vo en los más jó­ve­nes, que los con­tem­plan co­mo una al­ter­na­ti­va pa­ra su tiem­po li­bre.

Se­gún el informe Per­cep­ción so­cial so­bre el jue­go de azar en Es­pa­ña 2017, rea­li­za­do por la Uni­ver­si­dad Car­los III de Ma­drid y la Fun­da­ción Co­de­re, se ob­ser­va que el nú­me­ro de jó­ve­nes de en­tre 18 y 24 años que han ido al ca­sino al­gu­na vez en el úl­ti­mo año se tri­pli­có des­de el 2014. Es­te au­men­to tam­bién se per­ci­be en el bin­go, que ca­da vez más cha­va­les ven co­mo una al­ter­na­ti­va de ocio. «Con 18 años lle­gué a la Uni­ver­si­da­de de San­tia­go. Sa­lía­mos de cla­se e íba­mos a sa­lo­nes de apues­tas de­por­ti­vas. Y lue­go ya pa­sa­mos a la ru­le­ta», di­ce D. P., un jo­ven de ape­nas 19 años. El psi­có­lo­go Ma­nuel La­ge afir­ma que los chi­cos «abren bo­ca con las apues­tas de­por­ti­vas y lue­go se lan­zan a otras de ma­yor cuan­tía: bus­can emo­cio­nes más fuer­tes en bin­gos y ca­si­nos».

«La vez que más ga­né fue­ron 1.200 eu­ros en la ru­le­ta on-li­ne. Mi pri­mo y yo úni­ca­men­te apos­ta­mos cin­co eu­ros ca­da uno. Pe­ro fui­mos lo su­fi­cien­te­men­te es­tú­pi­dos co­mo pa­ra no re­ti­rar­lo y per­der to­do», ex­pli­ca Da­niel, que ocul­ta su ver­da­de­ro nom­bre.

Las fa­mi­lias no sue­len ser cons­cien­tes de la gra­ve­dad de es­tos com­por­ta­mien­tos. «Mi pa­dre sa­be que voy y se lo to­ma co­mo al­go que no es ma­lo, siem­pre que lo lle­ve con ca­be­za y mo­de­ra­ción. En el mo­men­to que no sea así, no me de­ja­ría ir», di­ce Da­niel. Pa­ra Ja­vier González, res­pon­sa­ble del Gru­po de Au­toa­yu­da Lu­do­pa­tía Pon­te­ve­drés (Ga­lup), fal­ta con­trol pa­ren­tal. «Es­pe­ran a ver si se en­de­re­zan, pe­ro al fi­nal es muy di­fí­cil. Sin la ayu­da de un gru­po o aso­cia­ción es ca­si im­po­si­ble que un jo­ven sal­ga de la lu­do­pa­tía», re­sal­ta.

Co­pas du­ran­te las par­ti­das

Es­ta es una de las prác­ti­cas más desea­das por los jó­ve­nes en ca­si­nos y bin­gos. En­cuen­tran atrac­ti­vo el tra­to prio­ri­ta­rio que re­ci­ben. «Cuan­do vie­nen a po­ner­se a tra­ta­mien­to se con­si­de­ran por en­ci­ma de la gen­te que tie­ne otras lu­do­pa­tías», afir­ma Jo­sé Re­co­uso, psi­có­lo­go de la Aso­cia­ción Ga­lle­ga de Lu­dó­pa­tas Reha­bi­li­ta­dos (Aga­lu­re). Les pue­den ofre­cer co­pas du­ran­te las par­ti­das. «Son la éli­te, el Ja­mes Bond del jue­go», ex­pli­ca. A los jó­ve­nes les gus­ta mu­cho el tra­to de los cru­pie­res: per­so­nal, di­rec­to, dis­cre­to y res­pe­tuo­so.

A es­tos cha­va­les en te­mas de bin­go y ca­sino se les ofre­ce una fal­sa re­la­ción de con­trol gra­cias a las ma­te­má­ti­cas. Y tienen esa idea arrai­ga­da. «Se les ven­de el pó­ker o el black­jack co­mo una ac­ti­vi­dad de co­no­ci­mien­to. Pe­lí­cu­las co­mo Los Pe­la­yos les ha­cen creer que existen mé­to­dos pa­ra ga­nar, cuan­do la ru­le­ta es un jue­go de azar», ex­pli­ca Jo­sé Re­co­uso.

Pa­ra el jo­ven anó­ni­mo de so­lo 20 años la per­cep­ción es dis­tin­ta. «Pien­so que el pó­ker y el black­jack es­tán di­rec­ta­men­te re­la­cio­na­dos con las ma­te­má­ti­cas», di­ce muy se­gu­ro de sí. Ex­pli­ca que cuan­do le dan sus dos car­tas de la ba­ra­ja de pó­ker ya sa­be qué pro­ba­bi­li­da­des tie­ne de ga­nar la par­ti­da. Sean cuá­les sean las otras que sal­gan, ya jue­ga con ese co­no­ci­mien­to. «En la ru­le­ta elec­tró­ni­ca es dis­tin­to. Es su­pe­rar a la má­qui­na y eso me sube la adre­na­li­na», cuen­ta.

Co­mo cual­quier ac­ti­vi­dad gra­ti­fi­can­te o pla­cen­te­ra, y más a es­tas eda­des, pue­de ge­ne­rar adic­ción: se­xo, com­pras, mó­vil... Y co­mo ex­pli­ca D. P., de 19 años: «Me gus­ta por el mor­bo de ga­nar, ni si quie­ra es por el di­ne­ro».

«En­cuen­tran atrac­ti­vo el tra­to prio­ri­ta­rio de es­tos sa­lo­nes. Son la éli­te, el Ja­mes Bond del jue­go» Jo­sé Re­co­uso Psi­có­lo­go del cen­tro Aga­lu­re «Abren bo­ca con apues­tas de­por­ti­vas y se lan­zan a jue­gos de ma­yor cuan­tía. Bus­can emo­cio­nes más fuer­tes» Ma­nuel La­ge Psi­có­lo­go

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