«El gallego es esen­cial­men­te res­pe­tuo­so y con un sen­ti­do co­mún apa­bu­llan­te»

La Voz de Galicia (Lugo) - - Galicia -

Ma­ría Emi­lia Ca­sas es una ga­lle­ga de Monforte de Le­mos muy vin­cu­la­da a sus orí­ge­nes que man­tie­ne un con­tac­to per­ma­nen­te con su tie­rra, a la que ase­gu­ra lle­var siem­pre «en el co­ra­zón». —¿Qué es Ga­li­cia pa­ra us­ted? —To­do. Mi mundo. Mi for­ma­ción. Mis re­cuer­dos. Mi fa­mi­lia ori­gi­na­ria. Mi pa­dre y mi ma­dre eran de Monforte de Le­mos. Vi­ví mu­cho en Ga­li­cia de ni­ña. Des­de Ga­li­cia me aso­mé al mundo. Tu­ve la suer­te de per­te­ne­cer a una fa­mi­lia que me edu­có siem­pre en la ne­ce­si­dad del tra­ba­jo y en que no obs­tan­te ser mu­jer te­nía que bus­car­me la vi­da por mí mis­ma. Ser una pro­fe­sio­nal cua­li­fi­ca­da y sol­ven­te. Me ayu­dó mu­cho que el de­seo de mi fa­mi­lia fue­ra el mío, y tam­bién que años des­pués mi ma­ri­do y mis hi­jos me apo­ya­ran y me ani­ma­ran siem­pre a vol­car­me ple­na­men­te en mi tra­ba­jo en el mundo de la ju­di­ca­tu­ra. —Tie­ne us­ted has­ta una ca­lle en Monforte de Le­mos. ¿Re­con­for­ta sen­tir­se re­co­no­ci­da en su tie­rra? —Sí. Es al­go im­pre­sio­nan­te. Son re­co­no­ci­mien­tos que se lle­van en lo más pro­fun­do y es al­go tan es­pe­cial que es muy di­fí­cil tras­la­dar con pa­la­bras la emo­ción. Se da ade­más la cir­cuns­tan­cia de que yo ten­go una ca­lle y mi abue­lo ma­terno tie­ne otra en Monforte de Le­mos. En épo­cas di­fí­ci­les y de gran ten­sión siem­pre en­con­tré res­pe­to en los mon­for­ti­nos y en per­so­nas de to­da Ga­li­cia. —Us­ted ala­ba ha­bi­tual­men­te el sen­ti­di­ño gallego. ¿Co­mo en­tien­de esa ex­pre­sión? —Sin de­mé­ri­to pa­ra los na­ci­dos en otras par­tes, el gallego es un ser esen­cial­men­te res­pe­tuo­so, con un sen­ti­do co­mún apa­bu­llan­te, nun­ca da­do a al­ha­ra­cas o a po­ner su mé­ri­tos o éxi­tos en con­tra­po­si­ción de otros que no los ten­gan. Lle­ván­do­los no con ocul­ta­ción, pe­ro sí con hu­mil­dad y con un sen­ti­do de la la­bo­rio­si­dad ejem­plar. Y muy aman­te de su tie­rra. Un gallego nun­ca de­ja de ser gallego. —Por la pro­fe­sión de re­gis­tra­dor de su pa­dre ha vi­vi­do us­ted en mu­chos si­tios dis­tin­tos. ¿Le ha ser­vi­do esa vi­da erran­te pa­ra co­no­cer me­jor a los es­pa­ño­les? —Sí. Aun­que siem­pre vol­vía­mos a Ga­li­cia, me ha per­mi­ti­do co­no­cer muy pro­fun­da­men­te el país. Otros mo­dos de vi­da y de en­ten­der la vi­da en los que in­flu­yen des­de el cli­ma has­ta cos­tum­bres an­ces­tra­les que siem­pre he res­pe­ta­do. Pe­ro que mi fa­mi­lia no in­cor­po­ró a su mo­do de ser, por­que se­guía­mos con nues­tras cos­tum­bres ga­lle­gas, res­pe­tan­do siem­pre las aje­nas. Co­no­cer otros si­tios so­lo ge­ne­ra be­ne­fi­cios y apren­di­za­je.

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