«Con sie­te años me sen­tía co­mo una au­tén­ti­ca prin­ce­sa del pue­blo»

La Voz de Galicia (Lugo) - - La Voz De Lugo -

«Era muy di­ver­ti­do». «Yo me sen­tía co­mo una au­tén­ti­ca prin­ce­sa, una prin­ce­sa del pue­blo». Así re­cuer­da Ma­cú Ló­pez su es­tan­cia en el cas­ti­llo de Na­via, en una vi­vien­da con tres dor­mi­to­rios, uno de ellos era el an­ti­guo co­me­dor, que trans­for­ma­ron cuan­do la abue­la se fue a vi­vir con ellos.

Los sie­te ve­ci­nos com­par­tían los ser­vi­cios co­mu­ni­ta­rios que ha­bía en ca­da una de las plan­tas y se ba­ña­ban, se­gún re­cuer­da Ma­cú Ló­pez, en ba­rre­ños con el agua que ca­len­ta­ban en las co­ci­nas.

«Al cas­ti­llo ve­nían a ju­gar to­dos los ni­ños del pue­blo. Co­rría­mos por el pa­tio y por las es­ca­le­ras, subía­mos a la to­rre y nos lo pa­sá­ba­mos ge­nial». «Mi ma­dre —aña­dió— siem­pre apa­re­cía con bo­ca­di­llos de pan con miel pa­ra to­dos a la ho­ra de me­ren­dar».

Un re­cin­to con le­yen­das

La for­ta­le­za tam­bién pro­por­cio­nó al­gún dis­gus­to en las tar­des de jue­gos. Uno de los her­ma­nos de Ma­cú, que vi­vió en el cas­ti­llo has­ta los 17 años, se ca­yó des­de un agu­je­ro que hay en la to­rre ha­cia el ex­te­rior. Es­tu­vo tiem­po in­cons­cien­te a cau­sa del gol­pe.

Pe­tro­ni­la Yá­ñez, la ma­dre de Ma­cú y una de las pri­me­ras lu­cen­ses que se sa­có el car­né de con­du­cir en los años 60, co­ci­na­ba en el cas­ti­llo pa­ra los al­ba­ñi­les que cons­tru­ye­ron la ca­sa a la que se tras­la­da­ron cuan­do ella cum­plió los sie­te años. El al­qui­ler de la vi­vien­da del cas­ti­llo si­guie­ron man­te­nién­do­la. La uti­li­za­ban co­mo dor­mi­to­rio al­gu­nos de los em­plea­dos del ase­rra­de­ro que re­gen­ta­ba su pa­dre.

Des­de que de­ja­ron la vi­vien­da, na­die vol­vió a ha­bi­tar­la. Ló­pez Yá­ñez te­nía in­te­rés en vol­ver a en­trar en la for­ta­le­za pa­ra ver có­mo es­tá por den­tro, re­fres­car la me­mo­ria de su in­fan­cia y com­par­tir esos mo­men­tos con sus hi­jos, pe­ro aho­ra la puer­ta es­tá ce­rra­da a cal y can­to.

Es­te pe­rió­di­co in­ten­tó ac­ce­der al in­te­rior de la for­ta­le­za pa­ra com­pro­bar có­mo eran las ca­sas, pe­ro no fue po­si­ble.

La puer­ta, que nun­ca es­tu­vo ce­rra­da has­ta ha­ce po­co, so­lo se abre aho­ra cuan­do es­tán en Na­via los dos úl­ti­mos in­qui­li­nos, que vi­ven en Barcelona. Uno de ellos fue el que cam­bió la que es­ta­ba, muy de­te­rio­ra­da por el pa­so del tiem­po, y co­lo­có en el ac­ce­so a la for­ta­le­za una de ma­de­ra que des­en­to­na con el en­torno ya bas­tan­te de­gra­da­do.

Ma­cú re­cuer­da que tam­bién ha­bía mul­ti­tud de le­yen­das en torno al cas­ti­llo lo que le da­ban un ha­lo ma­yor de mis­te­rio­so. Le con­ta­ban en su in­fan­cia que ha­bía en el fon­do del pa­tio un ce­men­te­rio en el que en­te­rra­ban en su mo­men­to a los ha­bi­tan­tes de es­ta for­ta­le­za.

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