«Voy a ha­cer otra pe­lí­cu­la, pe­ro que no lla­me na­die, que es­tá to­do ocu­pa­do»

El ci­neas­ta re­ci­be ma­ña­na el pre­mio de la Se­ma­na de Ci­ne de Be­tan­zos y el do­min­go par­ti­ci­pa­rá en las Xo­ci­vi­ga

La Voz de Galicia (Lugo) - - Cultura - RO­DRI GAR­CÍA A CO­RU­ÑA / LA VOZ

Ama­ne­ce que no es po­co se pro­yec­tó el pa­sa­do miér­co­les en el ci­ne Al­fon­set­ti de Be­tan­zos. Al aca­bar, su di­rec­tor, Jo­sé Luis Cuer­da (Albacete, 1940), par­ti­ci­pa­ba en la inau­gu­ra­ción de un fes­ti­val que es­tá pro­yec­tan­do sus pe­lí­cu­las y que él mis­mo ce­rra­rá ma­ña­na sá­ba­do. Y el do­min­go, a las 22.30 ho­ras, es­ta­rá en la Pla­za Ma­yor de O Car­ba­lli­ño en la pro­yec­ción de El bos­que ani­ma­do con la que Xo­ci­vi­ga rinde homenaje a Fer­nan­do Rey en el cen­te­na­rio de su na­ci­mien­to. Des­pués de sor­tear el or­va­llo que ayer caía so­bre A Co­ru­ña —«¿Pe­ro hoy no sa­lía aquí el sol?»— Cuer­da se mos­tra­ba sa­tis­fe­cho del re­ci­bi­mien­to en Be­tan­zos: «Es gen­te muy ca­ri­ño­sa y co­mo la pri­me­ra pe­lí­cu­la que se pu­so fue Ama­ne­ce

que nos es po­co, que tie­ne mu­cho te­rreno ga­na­do, se ale­gra­ron».

—Cuan­do pre­sen­tó en A Co­ru­ña «To­do es si­len­cio», di­jo que no ha­ría una se­gun­da par­te de «Ama­ne­ce...» por­que ha­bía vuel­to a ver­la y a la me­dia ho­ra ha­bía tres que ya se ha­bían muer­to... —Pue­de ser. No me acuer­do de eso exac­ta­men­te pe­ro es ve­ro­sí­mil... Aho­ra mis­mo ten­go el pro­yec­to de ha­cer una pe­lí­cu­la. Ya es­tá en mar­cha. No quiero pu­bli­ci­tar­lo mu­cho por­que sino me lla­ma to­do el mun­do pi­dien­do y ya no ten­go tra­ba­jo a es­tas al­tu- ras: es un re­par­to enor­me pe­ro es­tá cu­bier­to.

—¿De qué va esa pe­lí­cu­la? —Se lla­ma Tiem­po des­pués. Es una his­to­ria que trans­cu­rre en el año 9917, mil años arri­ba o mil años aba­jo, que no quiero pi­llar­me los de­dos [ri­sas]. El mun­do ha que­da­do re­du­ci­do a un edi­fi­cio em­ble­má­ti­co en el que es­tá el es­ta­blish­ment, don­de hay una re­pre­sen­ta­ción de to­das las ac­ti­vi­da­des, du­pli­ca­das, pa­ra que ha­ya li­bre com­pe­ten­cia ....

—¿To­do el mun­do ahí me­ti­do? —To­do el mun­do del es­ta­blish­ment, pe­ro en las afue­ras hay mi­les y mi­les de pa­ra­dos y hay uno de esos que lo quie­re es ven­der una li­mo­na­da que ha­ce muy bue­na y quie­re en­trar en el edi­fi­cio pa­ra ven­der­la. No le de­jan en­trar, por­que de­ja­ría de ser un pa­ra­do. En­ton­ces el al­cal­de le di­ce que tie­ne una je­fa de ga­bi­ne­te muy gua­pa y muy lis­ta, y que en vez de ven­der li­mo­na­da lo que pue­de ha­cer es enamo­rar­se de ella, que se ha­ga su novio y en­tra. El hom­bre tie­ne mie­do de no enamo­rar­se y el al­cal­de le pro­po­ne el mé­to­do em­pí­ri­co: «La chi­ca se des­nu­da, tú la aca­ri­cias y te enamo­ras». «¿Y si la aca­ri­cio y no me enamo­ro?». «Pues en­ton­ces es que eres gi­li­po­llas...». No sé si es­to es co­rrec­to o no. Yo siem­pre di­go que lo que pa­sa en las pe­lí- cu­las es co­sa de los per­so­na­jes, no es que yo di­ga que ha­ya que usar el mé­to­do em­pí­ri­co, lo di­cen los per­so­na­jes. Yo creo un mun­do y pa­ra que no se de­rrum­be tie­ne que es­tar bien he­cho. —En una úni­ca es­ce­na de «To­tal» cuen­ta una his­to­ria de amor... —En­te­ra. Es­toy con­ten­tí­si­mo de eso. Un trá­ve­lin con En­ri­que­ta Car­ba­llei­ra y Mi­guel Án­gel Re­llán en el que él em­pie­za di­cien­do que se ha enamo­ra­do de ella, por­que se le po­ne un nu­do en la gar­gan­ta. Ella di­ce que tam­bién le quie­re y es una his­to­ria de amor que ter­mi­na con una pa­no­rá­mi­ca en la que la voz en off di­ce que fru­to de aque­llos amo­res des­gra­cia­dos, por­que aca­ban di­cien­do «ya no te quiero», «ve­te a la m...», na­ció Ju­li­to. Es de las co­sas que he he­cho de las que es­toy más con­ten­to. —Lo de cul­ti­var vino es que es­to so­lo se lle­va con un par de co­pas... —No, no. En mi ca­sa nun­ca se be­bía vino, mi padre odia­ba a los be­be­do­res. Era ju­ga­dor de pó­ker pro­fe­sio­nal, que es una co­sa pa­ra la que hay que es­tar muy lú­ci­do. De he­cho, los Cuer­da nos fui­mos a vi­vir a Ma­drid por­que mi padre le ga­nó a un cons­truc­tor un pi­so en el Pa­seo de La Habana, a es­tre­nar, y nos fui­mos pa­ra allá. —¿Ju­gan­do al pó­ker? —Sí. Un pi­so que ven­di­mos lue­go en 73 millones de pe­se­tas. Fue una bue­na mano. A mí me pa­re­ce el di­ne­ro me­jor ga­na­do y más hon­ra­da­men­te por­que tú lo que le ga­nas a otro es lo que él quie­re ga­nar­te a ti. No hay re­la­ción eco­nó­mi­ca que sea más lim­pia. —¿Jue­ga al pó­ker? —Sí, pe­ro soy ma­lo y la com­pa­ra­ción es mi padre, que era de los me­jo­res de Es­pa­ña y de eso vivía. En­ton­ces es­ta­ba prohi­bi­do pe­ro iban to­dos a ju­gar.

ÓS­CAR CE­LA

Cuer­da ya ha com­ple­ta­do el re­par­to de su pró­xi­mo fil­me.

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