La vio­len­cia de los ni­ños ha­cia sus pro­ge­ni­to­res ca­si se du­pli­có en Ga­li­cia en los úl­ti­mos dos años

La Voz de Galicia (Lugo) - - A Fondo -

La otra ca­ra de la mo­ne­da de la vio­len­cia fa­mi­liar es la que ocu­rre de aba­jo a arri­ba: cuan­do los hi­jos pe­gan a los pa­dres. Los da­tos de que se dis­po­nen in­di­can que en­tre el 2014 y el 2015 las de­nun­cias au­men­ta­ron ca­si un 90%, de los 160 ca­sos del 14 a los 298 del ejer­ci­cio si­guien­te. To­da­vía no se pu­bli­ca­ron las ci­fras del 2016 en es­te ca­pí­tu­lo. Por pro­vin­cias, hay un ma­yor equi­li­brio que en el ca­so con­tra­rio: 132 ex­pe­dien­tes ju­di­cia­les en A Co­ru­ña, 31 en Lu­go, 21 en Ou­ren­se (una ci­fra por­cen­tual­men­te ba­ja) y 114 en Pon­te­ve­dra.

La Fun­da­ción ANAR dis­po­ne de un te­lé­fono pa­ra los adul­tos (600 50 51 52) y ha de­tec­ta­do un au­men­to. En el 2012 el 10% de las lla­ma­das eran pa­ra de­nun­ciar agre­sio­nes de los hi­jos, pe­ro aho­ra su­po­nen el 15 % de los avi­sos re­ci­bi­dos. «Los pa­dres lla­man de­ses­pe­ra­dos —di­cen des­de ANAR— por­que sus hi­jos no son ca­pa­ces de cum­plir las le­yes y nor­mas de la so­cie­dad. Tien­den a ser im­pul­si­vos y a no pen­sar en las con­se­cuen­cias de sus ac­tos». En Ga­li­cia, en el 2015 se in­coa­ron ca­si 500 pro­ce­di­mien­tos ju­di­cia­les por le­sio­nes de me­no­res (de 14 a 18 años), de los que 295 fue­ron en la pro­vin­cia de A Co­ru­ña. Las le­sio­nes, no en el ám­bi­to fa­mi­liar sino fue­ra de ca­sa, son el de­li­to que más co­me­ten los jó­ve­nes. Le si­guen los hur­tos (259) y los de­li­tos le­ves con­tra el patrimonio (254). Me­re­cen una men­ción apar­te los 62 ca­sos de abu­so se­xual (44) y agre­sión se­xual, que in­clu­ye las vio­la­cio­nes (18).

Ro­sa Sán­chez cree que «los ni­ños que aca­ban me­ti­dos en pro­ble­mas mu­chas ve­ces son ni­ños mal edu­ca­dos, en el sen­ti­do de que no re­ci­bie­ron una bue­na edu­ca­ción. Son in­ca­pa­ces de afron­tar cual­quier frus­tra­ción y no tie­nen ob­je­ti­vos ni lí­mi­tes, no asu­men nin­gu­na res­pon­sa­bi­li­dad ¡Pe­ro si mu­chos ni si­quie­ra sa­ben qué pedir a los re­yes, por­que lo tie­nen to­do!».

Con­duc­tas de ries­go

A es­to se su­man las con­duc­tas de ries­go: «Mu­chos jó­ve­nes be­ben de una ma­ne­ra com­pul­si­va, sa­len pa­ra em­bo­rra­char­se rá­pi­da­men­te. Lo que no en­tien­do es qué ha­ce un ni­ño o ni­ña de 12, 13 o 15 años en la ca­lle a las seis de la ma­ña­na», re­cal­ca la abo­ga­da.

Las me­di­das pe­na­les que se de­cre­tan pa­re­cen in­su­fi­cien­tes, o al me­nos in­efi­ca­ces: «Los tra­ba­jos en fa­vor de la co­mu­ni­dad pa­ra los me­no­res pue­den no re­sol­ver el pro­ble­ma. Es po­si­ble que el jo­ven no se res­pon­sa­bi­li­ce de lo que ha he­cho, ni re­pa­re el da­ño cau­sa­do, que sea so­lo un trá­mi­te».

La ven­ta­ja que hay es que «en los ca­sos de me­no­res de 14 a 17 años [an­tes no tie­nen res­pon­sa­bi­li­dad pe­nal] los jue­ces tie­nen mu­cha man­ga an­cha, por­que el fin de la pe­na es fun­da­men­tal­men­te re­edu­car y pue­den im­po­ner me­di­das de dis­tin­to ti­po aten­dien­do a las cir­cuns­tan­cias del ca­so y del pro­pio jo­ven».

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