El fa­quir en la ca­sa de so­co­rro

El día que Ubal­do en­tró en la en­fer­me­ría no iba a pin­char­se, sino a que le qui­ta­sen la agu­ja. Su bí­ceps aca­ba­ba de pa­gar una apues­ta de cin­co pe­se­tas

La Voz de Galicia (Lugo) - - El Tiempo -

El nom­bre de Ubal­do Fa­gi­nas, alias el Ca­ba­llo, lim­pia­bo­tas de pro­fe­sión, fa­quir en su tiem­po li­bre y de­te­ni­do por «ma­lean­te» al­gu­nos años atrás, apa­re­ció en la sec­ción de su­ce­sos el día que se le fue la mano con una agu­ja de za­pa­te­ro en un bar de A Co­ru­ña. «Pa­ra ga­nar una apues­ta de cin­co pe­se­tas [...], se de­jó tras­pa­sar el múscu­lo bí­ceps iz­quier­do» y «tu­vo que ser con­du­ci­do a la ca­sa de so­co­rro». Por aquel en­ton­ces, el au­to­mar­ti­rio era un show de lo más po­pu­lar, y la tras­ta­da, a la que La Voz le de­di­có unas lí­neas, se re­pro­du­jo has­ta en al­gún dia­rio de Ma­drid. Así que a uno de los re­dac­to­res que por aquel en­ton­ces se en­car­ga­ban de la úl­ti­ma pá­gi­na del pe­rió­di­co le pi­có la cu­rio­si­dad y fue en bus­ca del per­so­na­je. «Con él pa­sa­mos un buen ra­to char­lan­do de sus pe­ri­pe­cias», ex­pli­ca­ba al prin­ci­pio de la en­tre­vis­ta que le hi­zo des­pués de lo­ca­li­zar­lo. «—Ba­ra­to se ex­po­ne us­ted. »—¡Bah! Ya es­toy acos­tum­bra­do. »—¿Es que lo hi­zo más ve­ces? »—Mu­chí­si­mas más». Pa­ra de­mos­trar­lo, Ubal­do en­se­ña unos bra­zos «acri­bi­lla­dos» en los que se ven «res­tos de vie­jas he­ri­das ya ci­ca­tri­za­das». «Yo he ga­na­do bas­tan­te di­ne­ro de­ján­do­me pin­char», di­ce.

¿Y no due­le tan­to re­jo­na­zo? «Hay una se­gun­da na­tu­ra­le­za ocul­ta que no da pa­so al do­lor e im­pi­de que la san­gre bro­te de la he­ri­da»... Ex­pli­ca que le «to­có pa­ra Áfri­ca» cuan­do tu­vo que ha­cer el ser­vi­cio mi­li­tar y que allí vio «có­mo los in­dí­ge­nas se tra­ga­ban sa­bles, pa­sa­ban por en­ci­ma de cris­ta­les con los pies des­cal­zos y se atra­ve­sa­ban el cuer­po con agu­jas. Y en­ton­ces yo me di­je: ‘‘Si ellos lo ha­cen, ¿por qué no ha­cer­lo yo tam­bién’’ [...]. Ha­blé con uno de aque­llos fa­qui­res y me qui­sie­ron ini­ciar en su cien­cia. ‘‘La co­sa es fá­cil —me di­je­ron—. De­bes su­ges­tio­nar­te di­cién­do­te que no tie­ne por qué do­ler ni san­grar. Te po­nes se­rio, co­mo au­sen­te de es­te mun­do, y con fe lo con­si­gues. To­do es obra de una se­gun­da na­tu­ra­le­za’’».

Ubal­do lo pin­ta sen­ci­llo, sí. Ni re­cuer­da cuán­tas ve­ces se ha atra­ve­sa­do. Y siem­pre le ha sa­li­do bien, ase­gu­ra. En­ton­ces, ¿qué fa­lló el día de au­tos?

«—Aho­ra ya no es­toy tan prác­ti­co co­mo an­tes. Ade­más de que el otro día ve­nía un po­co car­ga­do de tin­to [...]. El pul­so es­ta­ba al­te­ra­do y en vez de cla­var­la has­ta ca­si el fi­nal, la cla­vé en­te­ra y se me co­ló den­tro. Cuan­do lle­gué al hos­pi­tal ya la te­nía ca­si en el hom­bro. ¡Qué sus­to!».

«Soy do­nan­te»

El en­tre­vis­ta­dor le pre­gun­ta si des­pués del mal tra­go, en el fu­tu­ro, se pen­sa­rá dos ve­ces lo de agu­je­rear­se. Pe­ro no. Aun­que bueno... De algo sí es­tá arre­pen­ti­do: «De que no se ha­ya apro­ve­cha­do la san­gre que se per­dió al ope­rar­me, por­que me hu­bie­ra ga­na­do unas pe­se­ti­tas [...]. Soy do­nan­te [...], ¿sa­be? Me pa­gan una pe­se­ta por ca­da gra­mo, y co­mo el pin­cha­zo no due­le...».

Se acer­ca el fi­nal de la con­ver­sa­ción y el pe­rio­dis­ta apro­ve­cha pa­ra re­sol­ver otra cu­rio­si­dad:

«—Ubal­do, ¿por qué le lla­man a us­ted el Ca­ba­llo?

»—Es que re­lin­cho muy bien. Lo ha­go co­mo un ver­da­de­ro ca­ba­llo».

Inevi­ta­ble­men­te, «ha­cien­do un mo­vi­mien­to ra­ro y es­ti­ran­do el cue­llo», se arran­ca con una de­mos­tra­ción dig­na de «la me­jor ye­gua». Y des­pués se em­ba­la: «Por la no­che me con­fun­den con un ca­ba­llo, con perdón y me­jo­ran­do lo pre­sen­te. Lo apren­dí a ha­cer ha­ce mu­cho tiem­po y me prac­ti­qué cuan­do, en oc­tu­bre úl­ti­mo, en 31 días, vi­ne a pie des­de Za­mo­ra a La Co­ru­ña. Y aho­ra, cuan­do veo a cual­quier co­no­ci­do en la ca­lle, re­lin­cho de bro­ma y ya sa­ben que les pi­do pa­ra al­ga­rro­bas»...

El lim­pia­bo­tas fa­quir, atra­ve­sán­do­se la me­ji­lla pa­ra el fo­tó­gra­fo de La Voz.

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